El fantasma y el espíritu de Corinto hoy: Cuando la carnalidad y el sectarismo sustituyen a Jesucristo y a la Biblia sin siquiera notarlo.

La “corintización” de la Iglesia: El peligro moderno de colocar sin intención a los hombres y a sus palabras en el lugar de Jesucristo y Su Palabra escrita.

La Iglesia de Jesucristo, la verdadera, la única que existe, es una y está unida indivisiblemente con Su Cabeza y Su Salvador, Jesús, Dios hecho Hombre, quien también es singular y único, porque no existe y no hay nadie como él.

Los cristianos, forma personal e individual, y la iglesia de nuestro Señor, en forma congregacional, no nos identificamos (y no debemos identificarnos) con nadie excepto y únicamente Jesús de Nazaret. Para nosotros, nuestro punto de referencia y nuestra autoridad fundamental concreta e inamovible es Jesucristo y la palabra escrita de Dios, que es la Biblia. El Espíritu Santo que está en nosotros nos conduce a Cristo y a sus enseñanzas por la Biblia, que es de donde emana y fluye toda nuestra certeza y toda nuestra esperanza.

Nosotros respetamos a los siervos de Dios, valoramos a los que nos guiaron a Jesucristo, respetamos a quienes nos enseñan el evangelio y la palabra de Dios, apreciamos nuestra historia y a quienes Dios usó en ella para abrir el camino y traer la verdad del evangelio hasta nosotros, valoramos a los pensadores y teólogos post canon bíblico e incluso a los hombres de Dios mencionados en la Biblia y a quienes la escribieron, pero en primera y última instancia, nos identificamos únicamente con Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Nosotros no queremos imitar lo negativo y carnal que experimentó y vivió la iglesia que estaba en Corinto. En esa congregación de hijos de Dios la carnalidad se expresó dividiendo a la iglesia de Jesucristo en cuatro bandos: Unos, que apreciaban seguramente la autoridad, el dramatismo, el conocimiento y el trabajo sacrificado, se identificaban con Pablo; otros, que a lo mejor valoraban la elocuencia, el conocimiento del Antiguo Testamento, la osadía y la pasión, se decantaban con Apolos; y otros, que se enfocaban en los orígenes del evangelio, la cercanía con Jesucristo y el liderazgo sucesional, preferían a Cefas (Pedro); y finalmente, el otro bando, que prefería al propio fundador, al que le daba nombre a la iglesia y a quien se sacrificó por ella, prefería a Cristo mismo.

Los bandos mencionados por Pablo estaban dividiendo a la iglesia. Esto implica tristemente que la identificación de cada creyente corinto con el siervo de su preferencia no era saludable, sino dañina, perniciosa, nociva y terriblemente perjudicial. La Iglesia de Jesucristo es Una y Única. Dividirla, partirla, seccionarla, desmembrarla, fragmentarla, ya sabiéndolo, ya por ignorancia, ya por orgullo y soberbia, o ya por buena intención, es un gran mal, una afrenta y un agravio horroroso al único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre, quien se dio a sí mismo en la cruz para reconciliar y unir a los pueblos (gentiles y judíos) “… en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Efesios 2:11-16).

Ni los cristianos ni las iglesias deben identificarse ni ligarse a hombres de Dios de la historia, ni a interpretaciones y a dogmas, ni a denominaciones ni a movimientos históricos o modernos, como si fuesen Jesucristo. La vinculación de los discípulos de Jesucristo con él es y tiene que ser innegociable e inquebrantable. La lealtad exclusiva a Jesucristo y a la autoridad concreta de Su Palabra escrita e inspirada por el Espíritu Santo, La Biblia, guardan a los hijos de Dios y a la iglesia en la unidad espiritual que Dios ha dispuesto para ellos y que, aunque es firme e inalterable, tiene que ser guardada por todos nosotros cada día (Efesios 4:1-6).

Pablo argumenta contra la identificación perniciosa y carnal que dividía a la iglesia de Corinto. Pablo no le atribuye maldad a los hermanos de esa congregación por la división que estaban causando, pero sí señala la causa en el corazón de ellos. Era su carnalidad, su infantilidad, su inmadurez, la que les empujaba y ligaba a los siervos de Dios en forma errónea y anti espiritual, dividiendo al Cuerpo de nuestro Señor, que es Uno y Único, no diverso ni desunido.

La iglesia, en forma general y los cristianos, en forma individual, no tienen porque ligarse ni identificarse con nadie, excepto Jesucristo. Cristo no está dividido. Los siervos de Dios, por más santos, leales, trabajadores, apasionados, elocuentes y poderosos que sean, no han sido crucificados por nosotros, sino Jesucristo y solo Jesucristo. Nuestro identificación espiritual y física por medio del bautismo no fue a nombre de quien nos guió, o nos enseñó, o nos acompañó en nuestro andar en Cristo, sino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, conforme a lo que mandó Jesucristo. Pablo tenía clarísimo ese hecho (1 Corintios 112-13) y nosotros también debemos tenerlo.

Escribo esta nota porque veo que existe una reactivación del espíritu corintio en algunos líderes y en un sector de los cristianos del presente. Hay una corriente que se ufana de su identificación con las palabras y enseñanzas de los líderes de una denominación, de una corriente teológica, de un movimiento histórico y de un énfasis practico la vida cristiana. El espíritu corintio no le hizo bien a la iglesia y a su misión ayer y tampoco le hace bien a la iglesia y su misión hoy. Resucitar el craso error de los creyentes de Corinto en la iglesia de hoy es una obra del enemigo de Cristo y de los hombres. Los cristianos tenemos que ser conscientes de que no hay bondad en la fragmentación que produce la inmadurez y la carnalidad corintia. No es la voluntad de Dios la “corintización” de los creyentes ni de la iglesia de Su Hijo. Evitémosla.

¿Cómo es que vamos a evitar la corintizacion carnal y desmembradora de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo?

1). Identificándonos única y exclusivamente con Jesucristo.

2) Respetando y valorando a todo siervo de Dios, pero sin darles el lugar que nos les corresponde.

3) No colocando a ninguna denominación, ni histórica ni actual, en el lugar ni en reemplazo de la iglesia del Nuevo Testamento ni de su ejemplo.

4) Valorando a los teólogos y a los personajes históricos que Dios ha usado para aclarar y definir algunas doctrinas bíblicas, pero sin colocarlos por encima de la Escritura.

5) Acudiendo a la Biblia para leerla y fundamentar todas y cada una de nuestras creencias y prácticas vitales e indiscutibles en ella y solo en ella.

El espíritu corintio, que consiste en identificarse carnal e inmaduramente con alguien o algo, como si fuese Jesucristo, divide la iglesia y estorba su crecimiento espiritual, su cumplimiento eficaz de la gran comisión y deshonra a Dios y a Jesucristo Su Hijo. La reactivación del corintianismo es una aberración que los cristianos y la iglesias de hoy tienen que desechar y evitar.

La reprensión de Pablo a los hermanos de Corinto en el pasado es un llamado de atención que quienes creemos en Jesucristo hoy tenemos que atender. Nuestra lealtad es a Cristo, no a sus siervos. Nosotros estamos llamados a obedecer la palabra de Dios, no la palabra de los hombres. Desterremos el fantasma divisor corintio y enfoquémonos en guardar la unidad de la fe y de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo vinculándonos e fusionándonos con él en base a su palabra inspirada en la Biblia, no a los hombres ni a sus enseñanzas, por más bonitas, lógicas e inteligentes que sean. Amén.

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