Modelados por el Maestro: La teología de mentoreo y restauración de obreros en Bernabé.

Los seres humanos tenemos la tendencia a enfocarnos en los hombres que resaltan y que lideran los procesos transformadores y a pasar por alto a quienes son cruciales en ellos, pero no tan visibles. Nos fijamos en los primeros, pero nos olvidamos de los segundos, terceros, cuartos, etc.

Los cristianos no estamos exentos de esa miopía de la condición humana. Admiramos a Pablo —y a otros como él—, pero obviamos a Bernabé —y a quienes son como él—. Es parte de nuestra humanidad hacer así. Nos fijamos en quien está adelante, pero desatendemos a quienes lo impulsaron y promovieron para llegar hasta allí.

Bernabé es un ejemplo. Él, en el relato bíblico, es un discípulo de segunda línea y hasta de tercera, pero con un carácter y un rol decisivo en el crecimiento del evangelio y de la iglesia de Jesucristo en los diferentes pueblos y ciudades del otrora poderoso Imperio Romano. Su contribución personal fue determinante en la vida de la Iglesia de Jerusalén y la vida de los apóstoles, y en la vida de la Iglesia de Antioquía y de Pablo, y en la vida de Juan Marcos.

1. Un nombre que revela el corazón

Bernabé significa «hijo de consolación» y es un sobrenombre, no un nombre. Su nombre de pila era José, y solo se lo menciona con ese nombre el día en que se le apodó «Bernabé» (Hechos 4:36). Fueron los apóstoles quienes le pusieron ese sobrenombre. Ese detalle no es menor, ya que ellos eran hombres de probada percepción espiritual.

Los apóstoles le apodaron «Hijo de consolación» por la profunda sensibilidad de su corazón. La fe en Cristo potenció su tierno y compasivo corazón. La evidencia concreta de esa potencialización fue la venta de su heredad y la entrega de lo obtenido a los pies de los apóstoles, para que fuese distribuido a los necesitados de la congregación de Jerusalén (Hechos 4:36-37).

¡Bernabé valoraba a la gente, no a las cosas ni al dinero!

¡Las personas le eran más importantes que sus posesiones!

Bernabé nunca más fue llamado por su nombre José. Su sobrenombre, que reflejaba su corazón y su bondadosa personalidad, ocupó el lugar de su nombre.

2. El puente de aceptación para Saulo

Fue gracias a Bernabé que Saulo, el perseguidor de la iglesia, una vez convertido a Jesucristo y bautizado por Ananías, fue aceptado e integrado a la iglesia de Jerusalén. Al principio, los discípulos miraban a Pablo con desconfianza. El propio Ananías, quien lo bautizó en Damasco, hizo patente su temor respecto a Pablo al propio Jesucristo antes de bautizarlo (Hechos 9:13-14).

El pasado de Pablo como Saulo el perseguidor era un lastre que dificultaba a los discípulos creer que él era «verdadero» discípulo (Hechos 9:26). La intervención de Bernabé y el respeto que se le tenía por su carácter fueron determinantes para que los discípulos de Jerusalén lo recibiesen como hijo de Dios (Hechos 9:27). Bernabé no se amilanó por el pasado de Saulo; sino que creyó y se entusiasmó por la obra de Jesucristo en él.

3. Discernimiento y mentoría en Antioquía

Los apóstoles, los ancianos y la iglesia de Jerusalén confiaban en la bondad, la fe, la vista y la sensibilidad espiritual de Bernabé. Es justo por eso que lo enviaron hasta Antioquía para supervisar la obra de los cristianos dispersos entre los gentiles de la ciudad de Antioquía (Hechos 11:22).

Bernabé reconoció que Dios estaba haciendo su obra en Antioquía. Su llegada y sus palabras de ánimo reflejaron su sensibilidad y su carácter espiritual. Hubo muchas conversiones durante su estadía. Él vio de inmediato el potencial de esa naciente iglesia y decidió quedarse allí para ministrar. Pero no se quedó solo, sino que fue hasta Tarso en busca de Saulo —Pablo—, a quien trajo para que trabajase junto a él discipulando a tantos como podían. Bernabé confió en Pablo, ya no solo como un discípulo, sino como un siervo, como un maestro, como un ministro del evangelio de Cristo.

4. El carácter restaurador frente al fracaso: El caso de Juan Marcos

Bernabé y Pablo ministraron juntos desde el inicio de la iglesia en Antioquía hasta el inicio de lo que se conoce como su segundo viaje misionero, que fue cuando se separaron y dejaron de andar y de servir juntos. ¿Por qué? La razón de la separación fue el corazón y el carácter bondadoso y restaurador de Bernabé. Él, a diferencia de Pablo, que se frustraba y perdía la confianza en los que daban muestra de debilidad, confiaba y creía en este tipo de cristianos.

Bernabé y Pablo se separaron por causa de Juan Marcos. Bernabé quería llevarlo en este segundo viaje, pero Pablo no. Juan Marcos los había abandonado en Panfilia en un viaje anterior y Pablo ya no confiaba en él. Bernabé, sin embargo, sí lo quería llevar consigo; él —más allá del parentesco: era su sobrino—, sí lo veía útil. El desacuerdo entre estos dos siervos de Dios fue tan fuerte, que no les quedó más remedio que separarse. Pablo se fue con Silas y Bernabé se la jugó por Juan Marcos y lo llevó con él a la obra (Hechos 15:36-41).

Bernabé confiaba en quienes otros ya no confiaban. Él no desechaba a quienes otros sí desechaban. Su carácter bondadoso y misericordioso, y su sensibilidad espiritual le hacían restaurar y curar a los caídos. Y eso es lo que hizo con Juan Marcos. Él viajó con Juan Marcos y Juan Marcos no volvió a abandonar la obra de Dios nunca más.

Dios no nos ha revelado la labor que realizó Bernabé en la vida de Juan Marcos al viajar con él. No sabemos qué es lo que hizo. Lo que sí sabemos, sin embargo, es el resultado final: Juan Marcos volvió a ser un obrero confiable y es el propio Pablo quien testifica esa confiabilidad en tres de sus cartas (Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11; Filemón 24). Aun Pedro testificó de la fidelidad de Marcos (1 Pedro 5:13).

5. El reflejo del Maestro

El impacto que me ha causado Bernabé en estos días es tremendo. Él es un seguidor e imitador leal de Jesucristo, nuestro Maestro. Él, en el caso específico de Juan Marcos, imitó a Jesucristo. Nuestro Señor sabía de antemano que sus principales discípulos, los doce, lo iban a negar terriblemente. Él se los dijo clara y directamente, pero ellos no se «veían» negándolo.

Jesús vio la negación pecaminosa de sus discípulos, pero no los desechó, ni los descartó para nunca más volverlos a usar. No, él no hizo eso —y Bernabé aprendió de su Señor—. Jesús intercedió por sus discípulos para que no se desalentasen —el momento post caída es terriblemente desalentador para todo verdadero discípulo—. Él también anticipó el arrepentimiento y la aptitud para el servicio en su oración intercesora.

La oración de Jesús por sus discípulos previendo su negación es clarísima y Bernabé la debe haber tenido en su memoria:

«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»

— Lucas 22:31-32 (RVR1960)

Conclusión

Bernabé, como Jesús, no desechaba, restauraba.

Bernabé no fue un hombre de primera plana, pero quienes estaban delante de él lo respetaban y valoraban. Todos veían la utilidad de Bernabé debido a la madurez de su carácter y a su sensibilidad espiritual.

Necesitamos la personalidad espiritual y el carácter de Bernabé. ¡Cultivémoslos con la ayuda de Dios, hermanos en Cristo! Amén.

Cada vez que veamos a un hombre de Dios de primera línea en la obra de Dios, como Pablo o como Juan Marcos, pensemos de inmediato en quienes desde la segunda línea, como Bernabé, los ayudaron a llegar hasta el lugar donde están.

¡Que Dios nos ayude a ser como Bernabé! Amén.

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El fantasma y el espíritu de Corinto hoy: Cuando la carnalidad y el sectarismo sustituyen a Jesucristo y a la Biblia sin siquiera notarlo.

La “corintización” de la Iglesia: El peligro moderno de colocar sin intención a los hombres y a sus palabras en el lugar de Jesucristo y Su Palabra escrita.

La Iglesia de Jesucristo, la verdadera, la única que existe, es una y está unida indivisiblemente con Su Cabeza y Su Salvador, Jesús, Dios hecho Hombre, quien también es singular y único, porque no existe y no hay nadie como él.

Los cristianos, forma personal e individual, y la iglesia de nuestro Señor, en forma congregacional, no nos identificamos (y no debemos identificarnos) con nadie excepto y únicamente Jesús de Nazaret. Para nosotros, nuestro punto de referencia y nuestra autoridad fundamental concreta e inamovible es Jesucristo y la palabra escrita de Dios, que es la Biblia. El Espíritu Santo que está en nosotros nos conduce a Cristo y a sus enseñanzas por la Biblia, que es de donde emana y fluye toda nuestra certeza y toda nuestra esperanza.

Nosotros respetamos a los siervos de Dios, valoramos a los que nos guiaron a Jesucristo, respetamos a quienes nos enseñan el evangelio y la palabra de Dios, apreciamos nuestra historia y a quienes Dios usó en ella para abrir el camino y traer la verdad del evangelio hasta nosotros, valoramos a los pensadores y teólogos post canon bíblico e incluso a los hombres de Dios mencionados en la Biblia y a quienes la escribieron, pero en primera y última instancia, nos identificamos únicamente con Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Nosotros no queremos imitar lo negativo y carnal que experimentó y vivió la iglesia que estaba en Corinto. En esa congregación de hijos de Dios la carnalidad se expresó dividiendo a la iglesia de Jesucristo en cuatro bandos: Unos, que apreciaban seguramente la autoridad, el dramatismo, el conocimiento y el trabajo sacrificado, se identificaban con Pablo; otros, que a lo mejor valoraban la elocuencia, el conocimiento del Antiguo Testamento, la osadía y la pasión, se decantaban con Apolos; y otros, que se enfocaban en los orígenes del evangelio, la cercanía con Jesucristo y el liderazgo sucesional, preferían a Cefas (Pedro); y finalmente, el otro bando, que prefería al propio fundador, al que le daba nombre a la iglesia y a quien se sacrificó por ella, prefería a Cristo mismo.

Los bandos mencionados por Pablo estaban dividiendo a la iglesia. Esto implica tristemente que la identificación de cada creyente corinto con el siervo de su preferencia no era saludable, sino dañina, perniciosa, nociva y terriblemente perjudicial. La Iglesia de Jesucristo es Una y Única. Dividirla, partirla, seccionarla, desmembrarla, fragmentarla, ya sabiéndolo, ya por ignorancia, ya por orgullo y soberbia, o ya por buena intención, es un gran mal, una afrenta y un agravio horroroso al único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre, quien se dio a sí mismo en la cruz para reconciliar y unir a los pueblos (gentiles y judíos) “… en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Efesios 2:11-16).

Ni los cristianos ni las iglesias deben identificarse ni ligarse a hombres de Dios de la historia, ni a interpretaciones y a dogmas, ni a denominaciones ni a movimientos históricos o modernos, como si fuesen Jesucristo. La vinculación de los discípulos de Jesucristo con él es y tiene que ser innegociable e inquebrantable. La lealtad exclusiva a Jesucristo y a la autoridad concreta de Su Palabra escrita e inspirada por el Espíritu Santo, La Biblia, guardan a los hijos de Dios y a la iglesia en la unidad espiritual que Dios ha dispuesto para ellos y que, aunque es firme e inalterable, tiene que ser guardada por todos nosotros cada día (Efesios 4:1-6).

Pablo argumenta contra la identificación perniciosa y carnal que dividía a la iglesia de Corinto. Pablo no le atribuye maldad a los hermanos de esa congregación por la división que estaban causando, pero sí señala la causa en el corazón de ellos. Era su carnalidad, su infantilidad, su inmadurez, la que les empujaba y ligaba a los siervos de Dios en forma errónea y anti espiritual, dividiendo al Cuerpo de nuestro Señor, que es Uno y Único, no diverso ni desunido.

La iglesia, en forma general y los cristianos, en forma individual, no tienen porque ligarse ni identificarse con nadie, excepto Jesucristo. Cristo no está dividido. Los siervos de Dios, por más santos, leales, trabajadores, apasionados, elocuentes y poderosos que sean, no han sido crucificados por nosotros, sino Jesucristo y solo Jesucristo. Nuestro identificación espiritual y física por medio del bautismo no fue a nombre de quien nos guió, o nos enseñó, o nos acompañó en nuestro andar en Cristo, sino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, conforme a lo que mandó Jesucristo. Pablo tenía clarísimo ese hecho (1 Corintios 112-13) y nosotros también debemos tenerlo.

Escribo esta nota porque veo que existe una reactivación del espíritu corintio en algunos líderes y en un sector de los cristianos del presente. Hay una corriente que se ufana de su identificación con las palabras y enseñanzas de los líderes de una denominación, de una corriente teológica, de un movimiento histórico y de un énfasis practico la vida cristiana. El espíritu corintio no le hizo bien a la iglesia y a su misión ayer y tampoco le hace bien a la iglesia y su misión hoy. Resucitar el craso error de los creyentes de Corinto en la iglesia de hoy es una obra del enemigo de Cristo y de los hombres. Los cristianos tenemos que ser conscientes de que no hay bondad en la fragmentación que produce la inmadurez y la carnalidad corintia. No es la voluntad de Dios la “corintización” de los creyentes ni de la iglesia de Su Hijo. Evitémosla.

¿Cómo es que vamos a evitar la corintizacion carnal y desmembradora de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo?

1). Identificándonos única y exclusivamente con Jesucristo.

2) Respetando y valorando a todo siervo de Dios, pero sin darles el lugar que nos les corresponde.

3) No colocando a ninguna denominación, ni histórica ni actual, en el lugar ni en reemplazo de la iglesia del Nuevo Testamento ni de su ejemplo.

4) Valorando a los teólogos y a los personajes históricos que Dios ha usado para aclarar y definir algunas doctrinas bíblicas, pero sin colocarlos por encima de la Escritura.

5) Acudiendo a la Biblia para leerla y fundamentar todas y cada una de nuestras creencias y prácticas vitales e indiscutibles en ella y solo en ella.

El espíritu corintio, que consiste en identificarse carnal e inmaduramente con alguien o algo, como si fuese Jesucristo, divide la iglesia y estorba su crecimiento espiritual, su cumplimiento eficaz de la gran comisión y deshonra a Dios y a Jesucristo Su Hijo. La reactivación del corintianismo es una aberración que los cristianos y la iglesias de hoy tienen que desechar y evitar.

La reprensión de Pablo a los hermanos de Corinto en el pasado es un llamado de atención que quienes creemos en Jesucristo hoy tenemos que atender. Nuestra lealtad es a Cristo, no a sus siervos. Nosotros estamos llamados a obedecer la palabra de Dios, no la palabra de los hombres. Desterremos el fantasma divisor corintio y enfoquémonos en guardar la unidad de la fe y de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo vinculándonos e fusionándonos con él en base a su palabra inspirada en la Biblia, no a los hombres ni a sus enseñanzas, por más bonitas, lógicas e inteligentes que sean. Amén.