La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

#FeActiva

#FeComunitaria

#FeEIntercesión

#FeMisionera

#SoberaníaDivinaYFe

Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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Los pastores y misioneros laicos y el valor de su trabajo en las iglesias bautistas independientes de Perú.

Los pastores laicos son el gran valor infravalorado humanamente por los pastores, los líderes y las iglesias, pero no por Dios, que los usa grandemente en la conducción y el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo en muchísimos lugares de este mundo.

Definición.

Un pastor laico en el contexto peruano es un pastor que no se ha formado teológicamente para cumplir el oficio pastoral o misionero. Este tipo de pastores no ha tenido un llamado subjetivo (un llamado divino, una vocación) al pastorado, y no se ha formado para eso, y tampoco ha determinado vivir de ese trabajo. En consecuencia, la gran mayoría de los pastores laicos no está dedicado por entero a la labor pastoral y tampoco vive de ella. Ellos, mayormente, son hermanos en Cristo, que creen, aman y sirven a Jesucristo en su obra. Es justamente por eso mismo que asumen el reto de pastorear. Su disposición los hace aceptar la responsabilidad de liderar y pastorear la grey de Dios porque entienden que es él quien los llama a hacerlo.

Historia.

Históricamente, la palabra “laico” viene del griego “laos”, que significa pueblo. La palabra se usaba para hacer una distinción entre el pueblo y sus líderes, ya en el área política como religiosa.

Con el tiempo, esa palabra se usó para identificar a los ministros de las Iglesias que fueron nombrados sin haber sido ordenados como aquellos que sí eran ministros de carrera.

En el contexto occidental, la iglesia católica y las iglesias protestantes tienen ministros ordenados de carrera y ministros laicos, que no han tenido esa tipo de ordenación por no haber optado tal carrera ni esa preparación.

Las iglesias independientes (que no tienen nada que ver con el gobierno político ni con una jerarquía religiosa), que se administran a sí mismas, también tienen ministros de carrera y ministros laicos.

Los pastores y misioneros laicos y las iglesias bautistas independientes de Perú.

En el circulo bautista independiente de Perú, que es donde yo me muevo, hay también esos dos tipos de ministros: los de vocación y carrera, y los laicos, que aunque no son de vocación ni carrera, sirven como pastores en un buen numero de congregaciones.

Los pastores de vocación y carrera son pocos, muy pocos. Este tipo de pastores se forman en los seminarios y en los institutos bíblicos, ya de iglesias asociadas o de iglesias individuales. Estos pastores trabajan mayormente en las iglesias de las ciudades, porque son ellas las que normalmente les pueden pagar un salario regular. Estos pastores son atraídos a las ciudades por las ventajas que estas ofrecen a los ciudadanos.

Los pastores laicos, que son una gran mayoría, se encuentran administrando iglesias en los lugares aledaños de la grandes ciudades, y en los pueblos pequeños del campo, tanto de la costa como de la sierra y de la selva del Perú. Estos pastores no viven de pastorear las congregaciones, ellos tienen su propia fuente de ingresos y no dependen de esa labor para el sustento de sus familias. Son lo que se conoce como pastores bi-vocacionales. Son contados con las manos los pastores laicos que reciben ofrendas de las iglesias en las que sirven o de otras iglesias.

La gran contribución espiritual de los pastores y misioneros laicos en la obra de Dios en Perú.

Su contribución es inobjetable y quiero alistarla en forma clara y específica:

1. Liderazgo. Estos pastores cubren una función indispensable. Todo grupo humano necesita liderazgo y las iglesias de nuestro Señor no son la excepción. Los pastores y misioneros laicos encabezan y administran las iglesias. Son ellos los que conducen a la grey de Dios hacia su crecimiento cualitativo y cuantitativo. Sin ellos, las congregaciones no tendrían quien las dirija, administre y represente, y correrían el riesgo de desaparecer de un buen número de localidades.

2. Enseñanza. Su otra contribución clave es la enseñanza y la predicación. Toda congregación requiere de instrucción y son estos pastores quienes suplen tal necesidad.

3. Ejemplo e identificación. Para los hermanos de la congregación, en un sentido, les es mucho más fácil identificarse con un pastor laico. La razón es comprensible, pues cada uno de ellos ve que él vive, trabaja y lucha en la misma manera que lo hacen ellos. En consecuencia, mirarlo como un modelo y ejemplo es muy natural.

4. Confianza y familiaridad. Los pastores laicos son muy bien conocidos por la congregación. La cercanía y la confianza, que son vitales para que los hermanos se acerquen y escuchen y hagan caso a sus pastores, están presentes desde mucho antes de que los pastores laicos lleguen a cubrir esa posición.

5. Ahorro financiero. La mayoría de los pastores laicos no dependen del salario que puede pagarle o no la congregación. De lo que conozco, solo hay un reducido grupo de estos pastores que recibe una ofrenda acorde con lo que sería un salario promedio aceptable en Perú, pero la gran mayoría de ellos no recibe ni siquiera el salario mínimo vital. En consecuencia, las congregaciones pueden invertir sus ingresos en acondicionar su infraestructura y en la extensión de evangelio en otros lugares.

El aporte de los pastores y misioneros laicos es el soporte de la existencia, la estabilidad y la expansión del evangelio de Jesucristo y de Su Iglesia en los pueblos y en las ciudades de todo tamaño a lo largo y ancho de este mundo. Necesitamos reconocer el valor de este mayoritario grupo de siervos de Dios y del trabajo que realizan silenciosa y diligentemente para Dios y para su iglesia en esta tierra.

La honra y la recompensa humana a los pastores y misioneros laicos por parte de las congregaciones bautistas independientes de Perú.

Los siervos de Dios nunca trabajan para Dios en Su Obra en función de salario y de recompensas. El móvil de su servicio y de su trabajo es la gratitud a Dios por su salvación en Cristo Jesús y su amor por Jesucristo, su evangelio y los pecadores necesitados.

El hecho de que los siervos de Dios no trabajen en la extensión del evangelio por dinero y por recompensas no significa que Dios no los retribuya ni que la iglesia no deba recompensarles. La Escritura enseña claramente que Dios sí los estimula con remuneración por medio de las congregaciones de sus hijos. Toda recompensa de Dios a sus siervos, ya laicos o ya profesionales (en buen sentido), le es otorgada por medio de la iglesia, que es la que se beneficia de su servicio.

La Biblia nos instruye con claridad respecto a cómo tenemos que mostrar nuestro aprecio a los siervos de Dios. (Los textos bíblicos que alistaré se aplican tanto a obreros laicos como a los obreros de vocación).

Esto es lo que debemos hacer para cumplir con dar honor a estos valiosos siervos de Dios:

1. Amarlos y valorarlos por el hecho de que trabajan en el ministerio pastoral o misionero (1 Tesalonicenses 5:12-13; 1 Timoteo 5:17-19; 3 Juan 8; Hebreos 13:7.; Colosenses 4:7-11; Filipenses 2:29-30; 1 Corintios 16:11; 1 Corintios 16:17-18).

2. Obedecerlos y ayudarles a cumplir con su trabajo (1 Corintios 16:15-16; Hebreos 13:7; Hebreos 13:17; Hechos 6:1-7; Colosenses 4:11).

3. Darles ofrendas y recompensas financieras en conformidad con la labor que realizan (Aun cuando este tipo de obreros no viven del evangelio). (1 Corintios 9:4-14; Gálatas 6:6; 1 Corintios 16:10; 2 Corintios 11:7-9; 12:13; Filipenses 4:10-20; 1 Timoteo 5:17-18).

4. Comprendámosles y no olvidemos que ellos son humanos imperfectos y pecadores como lo son aún todos y cada uno de los hijos de Dios (Hebreos 4:14-16; Hebreos 5:7-10; 1 Corintios 9:26-27; Gálatas 2:11-14).

5. Cuidemos su gozo y su ánimo al servir a Dios como pastor o misionero (Marcos 3:21, 31-32; 2 Corintios 11:23-29; 2 Timoteo 4:9-18; Hebreos 13:17).

6. Oremos fervientemente por su vida espiritual personal y familiar (Romanos 15:30-33; Efesios 6:18-20; Colosenses 4:3-4; 1 Tesalonicenses 4:25; 2 Tesalonicenses 3:1-5).

Esta manera de expresarle nuestro aprecio a los pastores y misioneros laicos por los que son y por lo que hacen por Dios y por su iglesia no son discutibles. Se tienen que obedecer gozosamente. Todo cristiano y toda iglesia de Dios debe obedecer la palabra de Dios y obrar conforme a ella.

Los encargados, eso sí, de encabezar y promover el aprecio y las recompensas para los pastores y misioneros laicos son los pastores y misioneros que están dedicados al ministerio tiempo completo, y que viven por tanto de la predicación y de la enseñanza del evangelio. Son ellos quienes deben promover el darle el lugar que les corresponde en la obra de Dios a estos siervos de nuestro Señor Jesucristo.

Una cosa más, quiero pedirles a los pastores y misioneros a los que Dios ha bendecido con congregaciones grandes y prósperas (porque están en lugares donde hay muchísima gente), que tengan mucho cuidado cuando Dios los bendice y les da el privilegio de predicarles y enseñarles a estos siervos de Dios en las conferencias o campamentos preparados para ellos. No les prediquen como si ellos fuesen ustedes y ministrasen en lugares como los vuestros. Anímenlos. No los critiquen ni los reprendan insensiblemente. Muchos de ellos tienen congregaciones pequeñas porque están en pueblitos pequeños. Ellos necesitan estímulo, no críticas destructivas ni comentarios desalentadores (He sido testigo de como este tipo de predicadores y maestros maltratan y desaniman a estos valiosos siervos de Dios). Les ruego que no hieran a estos hijos de Dios.

Conclusión.

Quiero terminar esta nota, la cual confieso que se ha extendido más de lo previsto, compartiendo el motivo que me impulsó a escribirla.

Me propuse escribir esta nota luego de pasar un tiempo con el pastor Florentino, quien es agricultor y sirve como pastor en la Iglesia Bautista Jesús mi Salvador de Leandro Campos, Zarumilla, Tumbes. Vi su trabajo y su fruto. Bautizó ocho nuevos discípulos mientras estuve allí. 

Dios me dio el privilegio de ser testigo de su obra por medio de Florentino en su iglesia de esa parte de mi país. Fue por eso que pensé en él y los que son como él. Dios me puso a los pastores y misioneros laicos en mi mente durante todo mi retorno a Trujillo, mi ciudad. No paré de pensar en ellos y es por eso que escribí.

Creo que Dios quiere que honre a esos sus siervos con esta mi nota. Este año cumpliré 39 años de servicio a Dios. En todos mis años he interactuado y servido con varios pastores y misioneros laicos.

Recuerdo a Segundo García, a Adislao Córdova, a Jacinto Córdova, Santos García, a Gilberto Peña, a Fernando Peña, Lucio Pinedo, Medardo Chanchari, a Manuel Guevara, Douglas Ferreyra, José Huamán, Luis Gallo, Franklin Armijos, y a muchos otros más.  Muchas gracias, hermanos por el trabajo que han realizado y que muchos de ustedes aún realizan para Dios y su iglesia. Dios los bendiga y los recompense por vuestra labor y sacrificio.

Oración: Dios y Padre de Jesucristo, abre nuestros ojos y nuestras bocas y nuestras manos para ver, hablar y dar honor visible y oportuno a tus pastores y misioneros laicos. Ayúdanos a amarlos, a cuidarlos, a valorarlos y a recompensarlos por la labor espiritual que realizan constantemente para ti en tus iglesias mientras están en este mundo. Amén y amén.

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Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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El Mayor Gozo: Ver Vidas Transformadas por Jesucristo y Su Evangelio.

El mayor gozo de quienes predican y enseñan el evangelio de Jesucristo es ver a la gente creyendo, creciendo, sirviendo y viviendo en Cristo y para Cristo.

Los predicadores son creyentes y siervos de Dios que también viven por Cristo y para Cristo. Sus vidas están consagradas a su Salvador y a la extensión del evangelio de salvación. Ellos aman a los que no siguen a Cristo y tienen compasión de su perdida condición. Les duele verles perdidos y es por eso que entregan sus vidas para llevarles el evangelio.

En consecuencia, los evangelizadores se alegran grandemente cuando ven conversiones a Cristo, y crecimiento en él, y servicio fiel, y obediencia.

Dios me alegra el alma con este “mayor gozo” y lo testificaré con una experiencia personal.

“El mayor gozo” que puede experimentar un predicador del evangelio lo disfruto con frecuencia. En este escrito, sin embargo, me limitaré a un acontecimiento muy significativo. Mi “mayor gozo” lo disfrute al ver y pasar un lindo tiempo con el hermano José Palacios y su familia, el último fin de semana de setiembre. 

Conocí a José Palacios y a Segunda, su esposa, en 1988, al fin de mi primer año de estudios en el Seminario Bautista del Perú, cuando viajé a Moyobamba, para predicar y enseñar el evangelio y la palabra de Cristo en algunos pueblos de alrededor de esa ciudad. Me he encontrado con ellos después de más de tres décadas.

José y su esposa vivían y trabajaban en Ochamé, el primer pueblo en el que prediqué y enseñé. Ellos tenían tres hijos: José, Rosario y Juvenal. En Ochamé había una iglesia bautista, que fue formada por los hermanos en Cristo que migraron hasta allí desde la sierra de Piura. José y su esposa asistían de vez en cuando a las reuniones de la Iglesia. Ambos llegaron a creer en Jesús y a seguirle mientras servía yo a Dios allí.

José y Segunda se bautizaron y empezaron su vida en Cristo desde ese año hasta hoy. Ellos ya no viven en Ochamé. Dejaron esa parte de la selva de San Martín y migraron a Piura, en la costa de Perú, Ellos viven y trabajan ahora en Piura. En Piura, ellos son parte de la Iglesia Bautista Betel de Fe, en Las Dalias. Nuestros hermanos tienen a sus tres hijos, que ya son adultos, viviendo muy cerca de ellos. Su tres hijos han oído el evangelio desde pequeños, pero solo uno de ellos, José, ya está siguiendo a Cristo, nuestro Señor y Salvador. Oremos por esta pareja de esposas, para que tengan buena salud espiritual y física. Oremos también por sus hijos, para que sigan a Cristo fielmente.

Dios ha alegrado mi alma al permitirme ver, visitar, hablar y orar con esta preciosa familia. Estuve con ellos en mi último viaje a Piura. Disfrute y fui edificado al ver la forma en la que Dios ha hecho y hace su obra en todos ellos. La familia Palacios ha pasado momentos duros, pero sigue firme y fiel a nuestro Señor y Salvador. Ayudémosle con nuestras oraciones.

Los esposos Palacios me han hecho mucho bien. El trabajo en el Señor y para el Señor nunca es en vano. La palabra de Dios siempre, siempre da fruto, ¡sembrémosla en los corazones de los hombres en todo tiempo! Es una bendición grande ver a los hijos de Dios siguiendo y permaneciendo fieles a Cristo Jesús.

El apóstol Juan testificó el hecho gozoso de ver a los creyentes seguir fielmente el camino de Cristo en dos de sus tres epístolas:

“Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.” (2 Juan 1:4).

“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Juan 1:4).

Sus palabras no necesitan explicación y la alegría con la que escribió y la experiencia que he narrado las ilustran.

Los mensajeros del evangelio trabajamos duro para llevar el evangelio y ver vidas cambiadas por Jesucristo nos llena de regocijo. La escritura nos describe claramente en este siguiente texto: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmos 126‬:‭5‬-‭6‬).

El hermano José Palacios y su familia alegraron mi alma. Mi emoción y gozo fueron mayores cuando dijeron que “era su misionero, el misionero de la familia”. Me lo dijeron con un fuerte abrazo.

Estoy muy motivado a seguir mi labor de testigo de Jesucristo y su salvación. Quiero experimentando este “mayor gozo y regocijo” por más tiempo.

¡Muchas gracias por el privilegio que me has dado, Dios mío! ¡Ayúdame a predicar y a enseñar el evangelio de Cristo y la Biblia hasta que me recojas! Amén.

¡Cuiden a los hijos de Dios por medio de visitarles cotidianamente, siervos de Dios!

La visitación es una actividad clave para cuidar y apacentar a los miembros del cuerpo de Cristo con fruto permanente.

Jesucristo partió a los cielos sin dejar a sus seguidores sin apacentadores. Él preparó a sus discípulos para que cumpliesen esa tarea. Empero, antes de encargarles a sus ovejas, él se aseguró de que sus apóstoles lo amaban. Es por eso que les preguntó si es que lo amaban. Una vez que él tuvo esa certeza, le dijo a Pedro, el líder de los apóstoles:

“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:17).

Los siervos de Dios tienen que cumplir esta su tarea por medio de visitarlos constantemente.

Visitar a los hermanos en Cristo en sus casas es una actividad clave para los pastores, misioneros y evangelistas que aman a los hijos de Dios y que cumplen con apacentar y cuidar la grey de Dios fielmente.

Los beneficios de cuidar a las ovejas del Señor por medio de visitas regulares son invaluables. Como todos los seres humanos, los cristianos tienen sus problemas y sus luchas; por tanto, recibir la visita de sus pastores y líderes los conforta y motiva.

La visitación hace que los apacentadores y los apacentados se conozcan, se aprecien y se vinculen en amor y en confianza mutua. Tanto los unos como los otros recibirán crecimiento espiritual como resultado de este encuentro espiritual, lo cual es vital para la buena marcha de toda la congregación.

La visitación a las ovejas tiene que ser bien aprovechada. Durante la misma, los apacentadores deben: 1) Enseñar una verdad o un texto bíblico. 2) Hacer preguntas a los hermanos y responder también las preguntas de ellos. 3) Tener un tiempo de intercesión junto a los hermanos visitados y orar por ellos y sus familias. 4) Escuchar y escuchar las inquietudes de los hijos de Dios. 5) Recalcar las metas y las actividades de la congregación.

Este tipo de visita tiene que estar en la agenda del trabajo diario de todo pastor y líder que ama a Cristo y a su iglesia. Debe ser anunciada personalmente y debe tener una duración de entre 20 a 30 minutos. Esta visita no debe ser confundida con la visita en razón de una invitación a comer o de crisis o emergencia. Esta visita es clave para cuidar y para discipular a los hermanos en Cristo.

Los miembros de la Iglesia no deben ver la visita pastoral como una actividad extraña del siervo de Dios. (Hay iglesias cuyos pastores y misioneros ni siquiera saben donde viven y trabajan los miembros de su congregación). El pastor tiene que ser conocido por realizar esta actividad fielmente.

Dios, por la labor que realizó, me da el privilegio de acompañar a los pastores cuando están realizando sus visitas a los miembros bajo su cuidado. En mi último viaje a Sullana, por ejemplo, acompañé al pastor Rubén Córdova a hacer visitas a algunos hermanos en sus hogares.

El pastor Rubén, al ir con él, me contó que en este caso, visitaríamos a hermanos ancianos que estaban enfermos. Visitamos en total a tres hermanos ancianos, dos mujeres y un varón. El varón estaba postrado en cama y no podía valerse por sí mismo. Gracias a Dios, uno de sus hijos lo cuida, con el apoyo de sus hermanos. Terminamos nuestra visita en cada hogar con oración. El gozo de los hermanos por la visita fue visible.

La visitación es una actividad valiosísima y no está siendo aprovechada suficientemente. Quienes lideran la iglesia del Dios viviente tienen que asumirla y realizarla con fiel cotidianidad.

Dios bendice mi alma al acompañar a los siervos de Cristo en esta su tarea cuando estoy con ellos por una conferencia, curso o campaña. En este mi último viaje me tocó ir con el pastor Rubén Córdova para esta crucial e indispensable actividad. Estoy muy agradecido a Dios por darme este tipo de experiencias.

He compartido este testimonio con el fin de estimular a los pastores, misioneros, evangelistas, maestros y líderes de la Iglesia a visitar, visitar y visitar tanto como tengan tiempo.

La visitación es vital para cumplir el mandato de apacentar la ovejas de Jesucristo.

Termino. Pero no sin escribir unos consejos claves: 1) Hay que tener una agenda de visitación preestablecida. 2) El siervo de Dios tiene que ser conocido por hacer visitas. 3) Hay que avisar a los hermanos sobre el día y la hora de la visita. 4) Hay que visitar cuando toda los hermanos están en casa. 5) Hay que visitar acompañados de al menos 1 a 3 hermanos. 6) Hay que evitar visitar en horarios de comida o de trabajo urgente. 7) Hay que mantener cada visita dentro de un tiempo determinado. 8) Hay que tener mucha prudencia y amabilidad al hacer las visitas.

Jesucristo quiere que sus siervos, que lo aman, apaciente por amor y voluntaria, sacrificada y diligentemente a su la grey que él compró con su sangre preciosa.

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” (1 Pedro 5:1-4).

¡Que Dios bendiga a la grey de Dios con siervos suyos que la apacientan y cuidan por medio de visitarlos!

¡Dios recompensará generosamente a quienes cumplen bien su labor de apacentar a los hijos de Dios!

¡Vivamos y hagamos discípulos en pro de la predicación del evangelio a toda criatura, discípulos de Jesús!

“La Gran Comisión es nuestro deber supremo en esta tierra.

En la fotografía en la que se lee el texto de Mateo 28:18-20, que encabeza este escrito se ve a cuatro personas. Tres de ellas son discípulos de Cristo y están evangelizando a una joven polaca.

Estos tres discípulos aprovecharon una caminata por la playa de Ostia di Lido, Roma, Italia, para anunciar el evangelio de Cristo.

La fotografía muestra un ejemplo concreto de cristianos cumpliendo con su deber supremo en su vida cotidiana.

Estos tres cristianos tuvieron la intención de evangelizar y aprovecharon ese su momento para hablar de Jesús a la jovencita polaca, que, por cierto, escuchó el evangelio con entusiasmo. (Ellos también evangelizaron a dos mujeres italianas que estaban cuidando a sus hijos en uno de los parques de la ciudad).

Dios nos ha dado a los cristianos la misión de Cristo y todos nosotros estamos llamados a cumplirla en todo tiempo.

Tenemos que vivir nuestra vida en esta tierra en función de la misión que Dios nos ha encomendado a nosotros por medio de Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador. Él nos dice a nosotros ahora lo mismo que le dijo a sus discípulos: “Como me envío el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). 

Los hijos de Dios y la iglesia de Jesucristo están en este mundo para cumplir el propósito de Dios. Cada uno de los hijos de Dios por medio de Jesucristo y toda la iglesia de Jesucristo tienen un propósito, un objetivo determinado por Dios para su vida en esta tierra. Su propósito, su objetivo, es cumplir la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es la salvación de los seres humanos.

Dios quiere salvar, no condenar. Dios no quiere que los hombres perezcan en condenación, sino que todos procedan al arrepentimiento. Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

Dios, en consecuencia de ese su deseo salvador, envió a Jesucristo para salvar a los pecadores.

Jesucristo vino a la tierra y dijo justamente que el propósito de su venida era dar su vida en rescate por muchos. La muerte, la sepultura y la resurrección de Jesucristo son vitales para la salvación de los seres humanos. En la muerte de Jesucristo, Dios mostró su amor por los pecadores porque él murió en remplazo de ellos, para salvarlos y rescatarlos así de toda su condenación.

Jesucristo, durante su ministerio en la tierra, aparte de la obra de salvación que realizó, enseñó y predicó la palabra de Dios e hizo discípulos. Los discípulos fueron formados y entrenados por Jesucristo para cumplir la misma misión que él vino a cumplir.

La última orden de Jesús a sus discípulos previo a irse a los cielos, fue: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

El cumplimiento de la misión de hacer discípulos es trascendental para asegurar la predicación y el anuncio del evangelio de Jesucristo a toda criatura en todo el mundo.

El objetivo de nuestra vida en esta tierra es la misión y su cumplimiento y es por eso que ésta está declarada y ratificada al fin de cada uno de los cuatro evangelios y al inicio del libro de Hechos.

Esta misión es el propósito de la existencia de todos y cada uno de los hijos de Dios. Los hijos de Dios por medio de Jesucristo constituyen hoy la Iglesia de Jesucristo y la misión de Jesús es también la misión de la Iglesia.

Todos debemos vivir en esta tierra cumpliendo la Gran Comisión intencionalmente en todo momento.

¡Apreciemos el privilegio de vivir en función de la Gran Comisión y aprovechemos cada oportunidad para anunciar el evangelio de Cristo a nuestros semejantes!

¡Qué Dios no ayude a vivir cumpliendo Su Misión! Amén.”