¡Agradar y complacer a Dios no es tan complicado!

A Dios se le puede agradar y satisfacer fácilmente.

Complacer a nuestro Creador y Redentor no es tan complicado.

La voluntad de Dios, lo que él quiere, está expresada con claridad en su palabra escrita. Y ahora, con Jesucristo Su Hijo, El Espíritu Santo en nosotros y Su Palabra escrita, la Biblia, sus demandas nos son asequibles y ligeras.

Complacer, agradar y contentar a Dios, según Miqueas 6:8, no es tan complicado ni tan engorroso. Dios no nos pide demasiadas cosas ni nada que nos sea imposible de realizar. Sus deseos y sus mandatos, que no son muchos ni tan complejos, están al alcance de nuestra voluntad.

Dios no quiere grandes sacrificios ni nos hace peticiones que nos sean gravosas e imposibles de ejecutar (Miqueas 6:6-7).

No nos pide todos nuestros bienes ni nuestros productos, ya pocos o ya muchos.

No nos pide ahora que sacrifiquemos nuestros animales para que esté contento con nosotros.

No está interesado en que le entreguemos a nuestros hijos en holocausto por causa de nuestros pecados.

¡A Dios no lo compramos con lo más preciado que poseamos! Arrancarle aprobación a Dios no es tan intrincado. La complicación siempre ha estado, está y estará en nosotros pecadores; nunca en él. Él no pide mucho de nosotros.

Dios sabe que nosotros complicamos lo que es sencillo y por eso que se esmera en facilitarnos las cosas.

Dios, por tanto, ha declarado lo que es bueno y sus demandas a nosotros están clarísimas. Agradarle, en consecuencia, sí es posible. Mucho más si es que nosotros creemos y seguimos a Jesucristo Su Hijo y tenemos en nuestro ser Su Espíritu, El Espíritu Santo.

Miqueas 6:8 es un texto clave y sencillo para demostrar que Dios no nos pide demasiadas ni tampoco cosas imposibles. Obviamente, lo único que Dios quiere de nosotros es lo bueno y eso lo ha declarado clara y contundentemente.

El texto de Miqueas nos presenta tres acciones nobles a realizar para agradar a Dios. Dos de la acciones están relacionadas con nuestro prójimo, con la gente que nos rodea y con la gente con la que nos relacionamos. La tercera acción está relacionada exclusivamente para con Dios.

Tanto las demandas relacionadas con los seres humanos como la relacionada con Dios están íntimamente relacionadas y son interdependientes entre sí. Ante Dios, no hay la una sin las otras, y viceversa.

Veámoslas:

1. Hacer justicia.

Dios quiere que hagamos justicia. Hacer justicia es lo mismo que hacer lo bueno, lo justo, lo recto, lo honesto a todos las personas que nos rodean. Nuestra conducta y nuestras obras para con nuestro prójimo y nuestros semejantes tienen que ser dignas y apropiadas.

Dios quiere que nosotros seamos justos en nuestra manera de ser y que esa nuestra justicia sea visible en nuestras buenas obras, que él ha preparado para que nosotros los cristianos andemos en ella. Nosotros no debemos ser conocidos por obrar con injusticia, sino por hacer obras buenas y justas.

2. Amar misericordia.

Dios espera de nosotros bondad, gracia y buena voluntad para con quienes nos rodean. Nosotros no estamos llamados ni a desear ni a hacer mal a nadie.

Nosotros nos compadecemos por los sufrimientos y los males que le acontecen a nuestro prójimo. Ese nuestro “amar misericordia” nos impulsa a socorrer y a levantar al caído.

Darle apoyo, consuelo y soporte concreto a los desvalidos y a los atribulados es esencial para agradar a Dios. Nosotros tenemos que ser buenos y bondadosos.

Nosotros estamos aquí para mostrarle a nuestros semejantes que Dios es bueno. Quienes nos rodean tienen que ver la bondad de Dios en nosotros y en la forma en que nosotros tratamos a quienes se relacionan con nosotros.

3. Humillarnos ante Dios.

Dios quiere que vivamos humillados ante él. Y claro que sí tenemos que vivir constantemente humillados y reverentes ante nuestro Dios.

Él es tan gran grande, tan bueno, tan maravilloso y tan todo, que … solamente la postración humilde y agradecida ante Dios en Jesucristo Su Hijo es la manera correcta de vivir.

Conducirnos y obrar sumisos, rendidos, reverentes y obedientes a Dios siempre es la manera correcta y adecuada de cautivarle y agradarle. Alegremos el corazón de nuestro Hacedor viviendo humillados ante él de corazón, hijos de Dios.

Las tres demandas de Dios son diáfanas, transparentes, claramente visibles.

Propongámonos darle alegría a Dios haciendo lo que él nos pide.

Hagámoslo de todo corazón.

Es justo y correcto que lo hagamos sincera y genuinamente.

Es coherente, racional e inteligente hacer lo que Dios pide.

Todos los seres humanos tenemos que vivir agradando a Dios y los cristianos muchísimo más.

Dios nos ha salvado por medio de Jesucristo Su Hijo y nos ha dado su Espíritu Santo para motivarnos y movernos hacia amarle y deleitarle.

¡Hagámosle el bien a nuestros semejantes y cumplamos así la petición que Dios nos hace!

¡Nunca permitamos que nuestro alma se eleve soberbiamente ni delante de los hombres y muchísimo menos delante Dios!

¡Reconozcamos la grandeza y la inmensidad de Dios y obedezcámosle y sirvámosle humildemente ahora y por la eternidad! Amén y amén.

 

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¿Qué tiene que hacer el pecador para ser salvo? – Una interpretación no calvinista ni arminiana de Romanos 10:8-13.

“Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.” (Romanos 10:8-13).

¿Qué es lo que tiene que hacer el hombre pecador para apropiarse de la salvación que Dios ha obrado para él por medio de Jesucristo?

Encontraremos la respuesta en este párrafo, que está ubicado justo luego de los textos bíblicos en los que Pablo expone la diferencia que hay entre la justicia de Dios, que viene por la fe, y la justicia humana o justicia propia, que viene por lo que uno mismo hace, aun cuando es en “obediencia” a la mismísima ley de Dios (Romanos 10:5-6).

Los judíos están perdidos porque no tienen ni siguen la justicia de Dios que es por fe, sino su propia justicia, la justicia humana, que depende de sus obras, de sus acciones. (Romanos 9:1-5; 10:1-5).

Los cristianos, al contrario, son salvos porque se han apropiado y han hecho suya la justicia de Dios por la fe. Ellos no dependen de sus obras para su salvación, sino de la obra que Dios ha hecho por medio de Jesucristo. (Romanos 10:6-7).

La obra de salvación de Dios es imposible para el ser humano, cualquiera que sea. El hombre no puede salvarse por sí mismo en ninguna manera. Pablo afirma clarísimamente esta irrefutable verdad.

Ningún ser humano subió al cielo para traer a Jesucristo a la tierra; Dios lo hizo. Ninguno descendió tampoco al abismo para resucitar a Cristo de entre los muertos; fue Dios quien sí lo hizo. (Dios hizo esto mismo con su ley, la cual, según Deuteronomio 30:11-14, fue puesta al alcance de Israel, para que la obedeciese). En consecuencia, la obra de salvación ya está realizada por Dios mismo por medio de Jesucristo. (Romanos 10:8-9).

Esa salvación ya realizada y consumada está cerca de todo ser humano y el escritor bíblico es contundente en su afirmación. (Romanos 10:6-8).

A continuación, Pablo muestra cómo el pecador, ya judío o ya gentil, puede apropiarse de la salvación de Dios en Cristo Jesús, ya que la misma está cerca de él, a su alcance.

1. El pecador debe confesar con su boca que Jesús es el Señor. La acción que le corresponde al pecador es confesar. Esta palabra de Dios se repite dos veces en los versículos 9 y 10. ¿Qué significa confesar? Confesar es declarar, manifestar, revelar, admitir y reconocer verbal, abierta y públicamente una idea, una convicción, un hecho o una persona. En este caso específico, lo que se confiesa y se declara oralmente es que Jesús es el Señor, es decir, el que manda, el que gobierna, el que reina. ¿Quién es la persona que confiesa esto? La instrucción es clarísima. Es el pecador mismo quien tiene que hacer la confesión. Esta confesión es un acto de fe propiamente humano (no una obra, aunque los calvinistas la quieran ver como tal).

2. El pecador debe creer en su corazón que Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos. La palabra creer o su derivado se encuentra tres veces en los versículos 9 al 11. ¿Qué significa creer en este párrafo? Creer en este párrafo y en la Biblia, no es un acto ciego, irracional o ignorante. El creer bíblico tiene conocimiento (que viene de oír sobre Dios y sus hechos), convicción (que es obrada por el Espíritu Santo) y acción (que es la expresión visible y externa de creer). En consecuencia, el pecador, por el acto de creer, acepta y reconoce verbalmente con su boca que Jesucristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos por la obra y el poder de Dios. El creer es un acto interno, del corazón, pero se manifiesta por medio de confesar e invocar, lo cual se hace por medio de la boca.

3. El pecador debe invocar el nombre del Señor. La palabra invocar se encuentra dos veces en los versículos 12 y 13. Invocar significa “llamar o clamar a alguien por ayuda y socorro”. Esta invocación y clamor es específico y singular en este contexto, pues se llama a Jesús, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

¿Para qué se llama, se clama o se invoca a Jesús? Básicamente, el pecador lo llama, clama o invoca pidiéndole misericordia, perdón y salvación. En lo fundamental, aunque son varios los calvinistas que niegan esto que escribiré, los pecadores, al invocar el nombre del Señor, oran a él pidiéndole que los perdone, los salve y les de vida eterna. (Los calvinistas cuestionan a la oración como medio de salvación y, hasta cierto punto, tienen algo de razón. Orar no salva, pero es por medio de orar que pedimos que Dios nos salve en Jesús Su Hijo. Si no invocamos a Jesús en oración para que nos salve, ¿cómo es que lo haremos?).

Estos tres actos humanos son propios y personales, pero no son obras para ganar o merecer la salvación (la salvación nunca se gana o se merece). Los pecadores confiesan, creen e invocan a Jesús para pedir su salvación (que él ha ejecutado y realizado) porque reconocen por fe que él es el Señor y Salvador resucitado por Dios.

El párrafo que estamos estudiando garantiza y asegura firmemente la salvación de todo hombre o mujer que realice personal, voluntaria y genuinamente las tres acciones alistadas.

Las expresiones “serás salvo” (9, 13) y “para salvación” son el resultado de confesar, creer e invocar a Jesús. La salvación del pecador que hace lo que Dios demanda respecto a Jesús está cierta y totalmente garantizada.

La salvación de Dios para el pecador es un hecho y los creyentes podemos confiar y creer en Jesús con la certeza de que “todo aquel que él creyere, no será avergonzado”, en ninguna manera.

La abundancia de la salvación para los pecadores que hacen las tres acciones que Dios quiere y demanda, ya sea judío o gentil, está certificada por el hecho mismo de que Jesucristo “es Señor de todos” los pecadores y “es rico”, suficiente y abundantemente rico para darle su salvación a todos.

La interpretación de este párrafo de Romanos 10:8-13 intenta ser estrictamente apegada a lo que está escrito.

La interpretación no quiere ser ni arminiana ni calvinista, sino bíblica.

Cada vez me convenzo que ambas posturas están erradas, pues, van en contra de lo claramente escrito.

Dios ha hecho la obra de salvación por medio de Jesucristo y tal obra no estaba en ninguna manera al alcance del ser humano. Empero, la apropiación, la obtención de la salvación sí requiere de la acción humana, que es fe, no obra.

Estas acciones de apropiación están claramente señaladas.

El pecador tiene que confesar que Jesús es el Señor.

El pecador tiene que creer que Dios levantó a Jesús de entre los muertos.

El pecador tiene que invocar el nombre del Señor.

Estás acciones, reitero, tienen que ser realizadas por todo pecador que quiere ser partícipe de la salvación de Dios en Cristo. Nadie puede hacerlo por él y nadie lo hará. Es su responsabilidad ejecutarlas. Él es quien tiene que realizarlas, sí o sí.

Finalizo esta exposición con este mi ruego:

“¡Que Dios siga haciendo llegar su salvación en Cristo a los pecadores por medio de sus mensajeros y que los pecadores que los escuchen se apropien y hagan suya la bendita salvación por medio de la fe en Jesús (confesándolo, creyéndolo e invocándolo), ya que él es el único que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación! Amén.”

 

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¡La prioridad de Dios es la salvación de todos los seres humanos, no su condenación!

El calvinismo es una mala sistematización de la doctrina bíblica. No solamente es mala, sino también la más peligrosa y dañina. La razón es sencilla: El calvinismo “tiene” como bandera la soberanía y gloria de Dios, y la apariencia de ser “rigurosamente bíblico”.

Pero, tristemente, no lo es. Aunque, desde los calvinistas piensan que sí.

El calvinismo distorsiona el carácter de Dios y pasa por alto la enseñanza general y evidente de la Escritura.

En este escrito voy a usar a la doctrina de la salvación de la humanidad como ejemplo de lo que afirmo. Los calvinistas enseñan que Dios tiene ya decidido de antemano la salvación de unos y la condenación de otros.

La Biblia es clarísima, sin embargo, en que lo que Dios más quiere de los seres humanos es su salvación. La evidencia de tal realidad son estos cuatro hechos:

  1. Dios le tiene paciencia a la humanidad y la soporta y busca su salvación. (Hechos 17:29-31).
  2. Dios ama a la humanidad y envío a Jesucristo, Dios Hijo, para salvarla de su condenación. (Juan 3:13-21).
  3. Dios sacrificó y ajustició a Jesucristo en reemplazo de los pecadores. (Romanos 5:6-8).
  4. Dios envío al Espíritu Santo y a la iglesia de Cristo a este mundo para predicar y anunciar el evangelio de salvación en Cristo a toda criatura a fin de que sean salvos por medio de creer en él y seguirle. (Hechos 1:8; 5:29-32).

Estos hechos son innegables y están absolutamente clarísimos en la Escritura, básicamente; y también en la historia de la humanidad.

La Biblia, asimismo, es diáfana en que Dios no quiere la muerte del impío ni su condenación. El fuego eterno de condenación, incluso, no fue preparado para los seres humanos, sino para el diablo y sus ángeles (Mateo 26:41).

Hay varios textos que afirman la inalterable verdad divina de que Dios no quiere condenar al pecador.

He aquí algunos de ellos:

  1. “Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos, ¿Por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ezequiel 33:11).
  2. “Porque no envío Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).
  3. “Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea” (Lucas 9:55-56).
  4. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Estas dos verdades complementarias son inconmovibles. Dios quiere salvar a todos los seres humanos. Esa es su prioridad. Dios no quiere condenar a los seres humanos. Esa no es su principal motivación. Los textos bíblicos son claros e irrefutables. No se puede quebrantar la palabra de Dios ocultando o negando lo brillantemente escrito.

El calvinismo enseña en última instancia, sin embargo, tanto el moderado como el más extremo, en una u otra manera, esta idea que es opuesta a lo que la Biblia dice sobre la salvación de la humanidad: Dios tiene desde antes de la fundación del mundo un grupo de seres humanos a los que no quiere ni va a salvar, sino condenar y que no hay nada ni nadie que lo pueda evitar, pues esa su condenación está establecida por su soberano decreto.

No juzgo la condición espiritual de mis hermanos en Cristo que son calvinistas. Si han creído en Cristo y lo siguen son salvos, sus pecados han sido perdonados y tienen vida eterna. Jesucristo verdaderamente los ha salvado. La salvación siempre es gracias a la obra de salvación que Dios ha realizado por medio de Su Hijo.

La salvación tampoco depende de que tengamos el cien por cierto de la verdad de Dios que, por cierto, nos es imposible en este pasajero e imperfecto mundo. Gracias a Dios que es así, sino ningún ser humano podría ser salvo.

El calvinismo no representa fielmente la enseñanza de la Biblia. La desvirtúa, la quebranta, la altera y la estropea.

La Biblia enseña claramente que Dios quiere salvar a todos los seres humanos. Eso es lo que él busca y es por eso que envío a Jesucristo Su Hijo a esta tierra. La condenación de los seres humanos (de todos o de un gran sector de ellos) no es el plan original ni la prioridad de Dios.

Eso no significa, desde luego, que Dios no haya castigado, que no esté castigando, ni que no castigará a los seres humanos por sus pecados. No es así. Dios sí hace justicia y castiga a los pecadores. Aun cuando hacerlo no es su prioridad ni lo que quiere.

Reitero, la enseñanza bíblica es  esta: Dios ama a la humanidad y es por eso que obra por medio de Jesucristo y del Espíritu Santo y la predicación del evangelio su salvación, no su condenación.

El Calvinismo va en contra de esta verdad que está plasmada en la Biblia, en la historia de la humanidad y en la eternidad. Es doloroso que así sea. Pero no se puede dejar de denunciar a tan peligroso y contraproducente movimiento doctrinal .

El Calvinismo va en contra de lo que la Biblia dice sobre Dios y su salvación para todos los hombres a través de Jesucristo Su Hijo. Esa su enseñanza no es fiel a la Escritura aunque sus principales propulsores digan que sí.

Termino.

El calvinismo olvida que lo que a Dios más le alegra y regocija es el arrepentimiento y la salvación de un pecador. Dios sí está contengo con sus quienes ya son salvos. Él sí se deleita con quienes ya se han arrepentido y creído. Empero, su gozo es muchísimo mayor al ver la salvación de un pecador que se arrepiente.

¡Dejemos el Calvinismo y ocupémonos en darle alegría a Dios predicando y testificando su salvación en Jesucristo para que los pecadores se arrepientan y sean salvos! Amén.

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (San Lucas 15:7).

“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (San Lucas 15:10).

¡Admiremos y alabemos a Dios por su interés especial por los seres humanos!

Nuestra sentidos siempre tienen que estar alertas para experimentar a Dios en sus obras; para maravillarnos, alabarle, adorarle, temerle y glorificarle.

La obra más impresionante y por la que Dios gana todo nuestro ser y todo lo que tenemos, desde luego, es su obra se salvación de nuestros pecados y de nuestra condenación por medio de Jesucristo Su Hijo. No hay obra más persuasiva, seductora y convincente que esa para nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo desde que lo conocimos por medio de su evangelio.

Pero todas las demás, como la creación, el cuidado providencial del universo y, en especial, su enfoque en el bienestar de nosotros los seres humanos, son sorprendente e impresionantemente admirables. ¡Todos nosotros, sin excepción, somos objeto del amor de Dios y todo lo que hace a nuestro favor desde que existimos es la evidencia ineludible de ello!

El salmista estaba impresionado por cómo Dios se interesaba y privilegiada al ser humano. Dios tiene a los ángeles y al universo entero, que son mucho más hermosos, inmensos y superiores, pero le presta atención y distingue al ser humano, que es infinitamente pequeño y, tengo que escribirlo, el que más problemas y dolor y decepción le causa.

La perplejidad del salmista es también la mía.

Mi asombro y mi admiración por cómo Dios nos trata a nosotros los seres humanos afloró mientras estaba en el vuelo de la fotografía en el que he colocado el texto del Salmo 8:3-4. Desde el avión pude contemplar la inmensidad y la belleza silenciosa de los cielos y el resplandor saludable y memorable del sol que estaba en su ocaso.

Nosotros los seres humanos no tenemos excusa ante Dios.

No amarle, no obedecerle y no servirle no es una buena decisión. No alabarle, no adorarle, no temerle y no creerle ante tanta evidencia y grandeza nos pasará factura cuando nos presentemos y nos paremos ante él al terminar el mundo presente. ¿Qué le podremos decir que nos disculpe y nos justifique si es que no le hemos buscado ni agradado por medio de Jesucristo Su Hijo mientras estuvimos en esta tierra?

No hay nada, absolutamente nada que podamos argüir en nuestra defensa.

Solo el silencio terrorífico y avergonzado nos acompañará en ese supremo y temible instante.

Tal enmudecimiento convicto y culpable será mucho más atroz y sobrecogedor si es que hemos oído de Jesucristo y su salvación y lo hemos rechazado por el motivo que sea mientras Dios nos dio vida.

Pero no tiene que ser así.

Dios tiene amor e interés en cada uno de nosotros.

Dios nos buscó, nos busca y nos sigue buscando cada día y estar vivos es la evidencia concreta.

Dios dio a Jesucristo y lo sacrificó en la cruz del Calvario para que nosotros seamos salvos. Nosotros no podíamos obrar esa bendita salvación. Dios por amor sacrificó a Su Hijo en nuestro lugar (Romanos 5:6-8). La salvación nuestra está cerca, muy cerca de nosotros.

Ahora es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. ¡Hagámoslo! ¡No demoremos más!

Nosotros los seres humanos somos privilegiados y distinguidos por Dios.

Solamente tenemos que tener los ojos abiertos por la fe para mirar a nuestro alrededor y verlo.

De tanta belleza y grandeza que Dios ha creado y tiene para cuidar, contemplar y deleitarse; nos prefiere a nosotros, y nos ama, busca, cuida y atiende diligentemente. Nosotros le importamos y mucho. ¡Qué bendecidos y aventajados que somos los seres humanos!

¡Creamos, obedezcamos, sirvamos, alabemos, … y glorifiquemos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo todos los días de nuestra vida!

¡Este universo temporal que ya pronto será transformado en el universo eterno en el que moraremos con Dios por siempre tiene que ser testigo de nuestra fe y de nuestro amor a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo! Amén.

 

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¡ Cuidado con la nueva Nehustan, Cristianos! – Las tradiciones humanas no son la palabra de Dios.

La perdición de los seres humanos es resultado de hacer lo contrario a lo que Dios dice, manda y enseña en su palabra.

Quebrantar la voluntad de Dios al ir contra ella es el origen de todos los males que aquejan a la humanidad.

Vivir y seguir otra palabra, excepto la palabra de Dios es un error craso y garrafal.

La voluntad de Dios está transparentemente expresada en la Biblia, que es su revelación y que ha sido comunicada por él en forma oral, al principio; en forma escrita, luego; y en forma encarnada en Jesucristo Su Hijo, al final. Hebreos 1:1-3 sentencia esto claramente:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyo heredero, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder; habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, …”

El diablo, que es el enemigo de Dios y de los hombres, que no crea nada y que no tiene nada propio de sí, excepto el mal, es el primer tergiverzador de la palabra de Dios por antonomasia (Génesis 3:1-5).

El éxito del diablo al distorsionar y oscurecer el claro sentido y propósito de la voluntad de Dios expresada en su palabra hizo que Adán y Eva incurriesen en desobediencia y acarreasen maldición y perdición a toda la humanidad (Génesis 3:6-24)..

La deformación de la palabra de Dios que inició el diablo (Génesis 3:1-5) se expresa hoy en toda tradición humana que -quita, cubre y añade- y que es puesta por encima de lo que Dios ha dicho clara y contundemente en las Sagradas Escrituras, el Antiguo y Nuevo Testamento, que es la Biblia.

Lo terrible de la tradición humana es que quienes la originan, y la escriben y la enseñan, la presentan como si “fuese” la palabra de Dios y así, con intención o sin intención, o con buena o con mala voluntad, socaban la autoridad de la verdadera palabra de Dios, desmereciéndola y reemplazándola por ella.

Las tradiciones humanas perversas, que son una tergiverzación y una deformación de lo que Dios dice, y que usurpan y asumen el lugar de la palabra de Dios en la vida de los seres humanos, han producido religiones falsas y todo sistema religioso que contradice lo que Dios ha revelado en la Biblia.

Jesucristo denunció a los judíos por el horrible pecado de vivir sus vidas en función de “mandamientos de hombres” (las tradiciones humanas). Él fue clarísimo y su dura reprensión a ellos es la evidencia:

“Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.” (Mateo 15:7-9).

El judaísmo de la época del Nuevo Testamento no hizo caso a Dios y no reconoció ni a Juan el Bautista ni a Jesús, que fueron enviados a ellos por él para su bien, porque estaban “enceguecidos” por sus “mandamientos de hombres”, que eran las tradiciones de sus maestros, las cuales poquito a poquito habían ocupado el lugar de la palabra de Dios.

El proceso paulatino de reemplazar la autoridad de Dios expresada en su palabra escrita por la autoridad del hombre expresada en “los mandamiento de hombres”, la tradición humana, ocurrió y ocurre aún hoy, y es un hecho verificable. Ni el liderazgo judío ni gran parte del pueblo judío de la época de Jesús fue consciente de que ya no vivían en función de las Sagradas Escrituras.

Las tradiciones humanas que ocupan el lugar de la palabra de Dios y usurpan su autoridad en la vida de los hombres son un gran mal y un instrumento de condenación en el mundo en todos los tiempos.

La tradición humana, aun la más “bíblica” posible y hasta la muy bien intencionada, cuando se le otorga la autoridad de palabra de Dios, es un instrumento del diablo para mantener a la humanidad alejada de Dios y que aleja, distrae, desgasta, divide y confunde a los hijos de Dios y a la iglesia de Cristo para que no se ocupen de Dios y de la misión que Jesucristo ha encomendado.

La historia bíblica y la historia de la humanidad testifican lo dañino y lo nocivo que es la tradición humana que reemplaza la palabra de Dios:

Por la tradición humana el judaísmo del Nuevo Testamento rechazó y crucificó a Jesucristo, y persiguió y se opuso violenta y mortalmente, asimismo, a los discípulos y a la Iglesia que él edificó.

Por la tradición humana el Catolicismo Romano se alejó de la enseñanza de Jesucristo y de los apóstoles y aumentó poquito a poquito doctrinas opuestas a lo que ellos enseñaron, tales como: la sucesión papal, el célibato, la salvación por cumplir sacramentos, el marianismo co-rredentor y co-mediador, la ambición política y su matrimonio con el poder político, etc.

Por la tradición humana el protestantismo no volvió totalmente a la Biblia luego de la Reforma del siglo XVI (31 de octubre 1517) sino que se mantuvo con tradiciones propias de la Iglesia Católica Romana, a saber: El bautismo de infantes, el ritualismo católico, la unión con el poder político y la persecusión violenta de los disidentes.

La tradición humana es peligrosa porque surge, al principio, como una explicación y una aplicación de la palabra de Dios a un asunto específico en un determinado momento histórico, pero después, con el tiempo, al usurpar el texto y la doctrina que intentó explicar y aplicar, se constituye en un estorbo para el crecimiento de los hijos de Dios y para el cumplimiento de la misión que tienen que cumplir.

Quienes creemos en Dios y creemos en Jesucristo Su Hijo, quien es Dios hecho Hombre, tenemos que anclar, fundamentar, alimentar y sustentar toda nuestra fe y toda nuestra vida y toda nuestra misión en la palabra escrita de Dios, que es la Biblia, la única escritura inspirada por Dios.

Nosotros, quienes seguimos a Cristo en esta época, tenemos mayor luz que nuestros antepasados en el Señor Jesucristo y no estamos obligados a sustentar nuestra fe en la tradición de los hombres o los mandamientos humanos, por más útiles y buenos que hayan sido en el contexto histórico en que fueron expresados.

Nosotros tenemos las Sagradas Escrituras completas y ya definidas en la Biblia y siempre podemos y debemos dirigirnos a ellas como fuente de autoridad para estar así siempre en la verdad y no desviarnos ni a diestra ni a siniestra.

Nosotros tenemos que vivir nuestra fe como lo hicieron nuestros antecesores primigenios. Nuestra referencia normativa para vivir a Cristo son nuestros hermanos del primer siglo, que fueron los primeros en seguirle en medio de la persecución religiosa política de su época.

La historia inspirada de la Iglesia y del Cristianismo original se encuentra en el Nuevo Testamento y hasta él tenemos que remontarnos cuando necesitamos un punto de referencia inquebrantable.

Voy a terminar esta nota, en la que me he explayado más de lo que quería.

Ninguna doctrina que no esté clara y consistentemente explicada y sustentada en la Biblia debe ser creída y seguida por los hijos de Dios y las iglesias de nuestro Señor Jesucristo.

Ninguna tradición que vaya en contra de lo que está claramente escrito en la Biblia por más razonable y lógica que sea debe ser aceptada y enseñada por quienes siguen a Jesucristo.

Ninguna tradición humana es el fundamento de los discípulos y de la iglesia de Jesucristo. No lo es ninguna tradición judía, ni aun el Antiguo Testamento “solo”. Tampoco lo es ninguna tradición católica, ya oriental u occidental. Tampoco tenemos que basar nuestra fe en a tradición reformada, ya sea luterana, o anglicana, o calvinista o de iglesias independientes.

Toda tradición humana a la que la iglesia, por la enseñanza de sus maestros y predicadores, equipara, sustituye o coloca por encima de la palabra escrita de Dios, “es” Nehustán y “tiene que ser” despedazada (2 Reyes 18:4; Números 21:9).

Los discípulos de Cristo y la iglesia que él edifica solamente se para y se sostiene en la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, la palabra de Dios, interpretada Jesus-céntricamente. Pablo expresa esta realidad en esta declaración:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio bien coordinado, va creciendo para un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efesios 2:19-22).

Si en algo tenemos que estar de acuerdo todos los cristianos y todas las iglesias de Cristo con las tradiciones cristianas que se han originado y que se originarán hasta que Dios nos recoja, es en esto:

“Solamente la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, la palabra escrita de Dios, es nuestra fuente de autoridad, para todo lo que creemos y vivimos. Amén.”

La gracia de Dios y yo.

“por gracias sois salvos.” (Efesios 2:5).

La gracia de Dios me maravilla, me impresiona.

No concibo mi vida sin la gracia de Dios.

Vivo y viviré en esta tierra hasta que la gracia de Dios lo determine. Es la gracia de Dios la que me sostiene y me da aliento para estar en pie aquí. Yo no tengo esperanza de vivir con Dios por la eternidad, asimismo, sin la gracia de Dios. Es la gracia de Dios la que me da esperanza de vivir eternamente en el mundo nuevo junto a Dios cuando todo termine.

La gracia de Dios me es indispensable.

¡Yo la necesito y la necesitaré siempre!

Y la gracia de Dios, a Dios gracias, está a mi alcance, a mi disposición … pero no solo para mí, sino para todo aquel que la necesite, que la requiera.

La gracia de Dios es abundante y suficiente. El alto, el ancho, el largo y la profundidad de la gracia de Dios es equivalente a Dios y a su inmensidad. La gracia de Dios es del tamaño de Dios.

Pienso mucho en la gracia de Dios.

Pero no siempre ha sido así.

Antes de mis veintidós años no pensaba en la gracia de Dios. No la tomaba en cuenta. Pensaba en mi buena suerte, en mi habilidad, en mi astucia, en mi capacidad. Sabía que era malo y no tan bueno, pero me veía en mejor condición que mis semejantes.

En aquel tiempo, yo no temía a Dios, ni lo respetaba. Tampoco pensaba en lo transitorio de la vida ni en la inmensidad de la eternidad. Vivía el momento sin pensar en nada más. No pensaba ni en la recompensa eterna por el bien, ni el castigo eterno por el mal.

Empecé a pensar en la gracia de Dios porque conocí a Jesucristo en base a la Biblia. La gracia de Dios me permitió esa experiencia con Jesús. A partir de allí, la gracia de Dios hizo y hace maravillas en mí. Me quedó absorto y atónito al verla obrando en mi vida. Mi comprensión de la gracia de Dios se ha acrecentado y se acrecienta, por experimentarla y disfrutarla, y por mi lectura de la Biblia, que habla de ella.

La expresión “por gracia sois salvos” que está en Efesios 2:5 (y su contexto, que describe mi condición, y la de todo ser humano), me emociona, me conmueve, me llena de gratitud, de confianza y de esperanza.

Alabo a Dios y le agradezco por su gracia. Es ella la que me trajo a Cristo y a su camino; y es ella, también, la que me mantiene en esta fe y en esta esperanza hasta el fin de mis días en esta tierra.

Es imposible para mí mi salvación ante Dios.

No la puedo conseguir por mí mismo.

Soy pecador. Es mi tragedia, mi desgracia (pero no solo la mía).

Soy pecador en mi naturaleza. Soy pecador en mi mente. Soy pecador en mi actos y en mi reacciones. A mí no me enseñaron a hacer el mal, lo aprendí solito. Nadie me presionó ni me obligó a pecar, yo mismo, en forma voluntaria, lo hice.

Mi vida tiene acontecimientos pecaminosos que me abruman. Pienso en ellos siempre (estoy pensado en ellos mientras escribo). Al pensar en ellos, pienso también en que Dios me vio cometernos.

Si Dios ve todo, y es seguro que sí, no tengo excusa ante él. ¿Qué puedo decirle? ¿Cómo puedo justificarme? Es imposible. No tengo argumentos. No tengo nada que decir. Solo tengo que guardar silencio y agacharme avergonzado en su delante.

Dios sabe todo.

No puedo ocultarle lo que soy ni lo he hecho de malo.

La gracia de Dios en Jesucristo, sin embargo, hace posible que yo mismo ya no tenga que responder ante Dios por mis pecados. Dios mandó a Jesucristo a esta tierra para darnos en él su gracia y su bondad.

Dios envío a Jesucristo para salvarnos de nuestros pecados. Jesucristo murió por nuestros pecados. Él murió en reemplazo de los pecadores (de todos, no solo algunos). Él pagó el castigo que nos correspondía a nosotros por nuestros pecados.

Es gracias a la obra de Jesucristo a nuestro favor que está escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia, en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” (Romanos 5:1-2).

Necesitamos la gracia de Dios.

La gracia de Dios nos es indispensable.

Es imperativo que Dios nos trate y nos mire con gracia. Sin la gracia de Dios no tenemos opción de misericordia, de perdón de pecados, de vida eterna y de vivir junto a Dios en su gloria.

Pensemos más y más en la gracia de Dios, que en nuestros méritos o deméritos.

Enfoquémonos más en Cristo Jesús y en su obra gratuita de salvación a nuestro favor que en nuestra pecaminosidad y en nuestra imperfección.

No merecemos la salvación de Dios. No la podremos obtener nunca hagamos lo que hagamos. Y es por eso, justamente, que Dios nos ofrece su salvación y su vida eterna por gracia y solamente por gracia.

Dios nos regala su salvación y su perdón de pecados gratuitamente a través de la fe en Jesucristo. ¡Recibámosla! Estiremos nuestras manos y apropiémonos de ella por la fe en Jesús, nuestro bendito y fiel salvador.

Finalizo.

Estoy y estaré de pie ante Dios por su gracia. (Pero no solo yo).

Estamos en pie y estaremos en pie ante Dios como sus hijos benditos por la gracia de Dios en Cristo Jesús, no por nosotros mismos, sino a pesar de nosotros.

Descansemos en la gracia de Dios y sirvamos a Dios agradecidos durante todo el tiempo que todavía nos queda en este mundo.

No busquemos a Dios basados en nuestro mérito, sino en su gracia a través de la fe Jesucristo Su Hijo. No existe otra manera, sino solo la que Dios a determinado: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella.” (Efesios 2:8-10).

¡Qué Dios me ayude a valorar y vivir conforme a la gracia de Dios en toda área de mi vida en este mundo!

¡Muchas gracias doy a Dios por haberme hecho conocer su gracia por la fe en Jesucristo Su Hijo, quien es Dios hecho Hombre para unirnos con Dios!

Si has leído hasta aquí y tú todavía no has creído ni sigues a Jesús, empieza hoy y cree en él y síguelo. Solamente por la fe en Jesús disfrutarás y experimentarás la gracia bendita de Dios.

¡Percepción errónea y desaire mortal!

Existe una percepción errónea y un desaire mortal del que uno se arrepentirá por siempre.

No te burles, no te rías, no juegues y no menosprecies las noticias que anuncian el castigo divino.

No menosprecies el mensaje que anuncia lo qué pasará en el futuro.

…

En una ciudad antigua emblemática vivían dos jóvenes bastante afortunados.

Los dos jóvenes citadinos de nuestra historia estaban contentos. Les estaba yendo muy bien. Vivían en una ciudad moderna y próspera y ellos habían progresado con ella. Tenían novia y ya pronto se casarían con ellas; el compromiso ya estaba hecho.

Su presente era muy bueno y su futuro se veía promisorio.

Un día, sin embargo, el padre de sus prometidas, los buscó bastante urgido. Él llegó a ellos harto presuroso. Se veía sudoroso y cansado, pues había venido corriendo. Ellos lo vieron nervioso, angustiado, desesperado y con muchísimo miedo.

Se preocuparon por su condición.

Esa su preocupación, sin embargo, cambió tan pronto como Lot, su futuro suegro, les dio su mensaje. Él les dijo: “Levantaos, salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba.” (Génesis 19:14).

El contenido del mensaje les hizo pensar que su suegro estaba delirando, fuera de sí, y exagerando demasiado.

Lo vieron como una fanático “religioso”, que hablaba cosas irreales.

Estos dos muchachos no tomaron en serio a su suegro y tampoco a sus palabras. Ellos asumieron que el padre de sus prometidas estaba “bromeando”, y “burlándose” de ellos. Según su “percepción”, su suegro estaba alucinando y fantaseando. No veían ningún problema en el horizonte y a ningún “Jehová” que iba a “destruir” su ciudad.

Ellos no escucharon a su suegro. En ningún momento consideraron que su percepción era “errada”. En consecuencia, no hicieron caso de su suegro, no se preocuparon siquiera por tan urgente noticia. “Desairaron” y “desoyeron” el aviso que Dios les envío y no salieron de la ciudad.

Lo que ocurrió después con la ciudad y con ellos fue terrible.

Su suegro no estaba bromeando.

Jehová Dios estaba airado contra su ciudad y sus ciudadanos. Él verdaderamente iba a destruir su ciudad y había enviado su mensaje a ellos para que no pereciesen con ella.

Su percepción errónea y su desaire al mensaje que se les envió para salvarlos les fue mortal.

El juicio de Dios no fue una broma.

Dios no quiere condenar; Él quiere salvar. Él no advierte en vano. A estos dos jóvenes los atrapó el juicio de Dios por menospreciar y no escuchar la advertencia que recibieron.

La descripción de lo que Dios hizo con su ciudad es clarísima: “Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra.” (Génesis 19:24-25).

Estos dos muchachos “percibieron” el mensaje salvífico de su suegro como una burla a ellos. No sé porqué es que lo percibieron así. Seguro que Lot tenía algunos problemas como testigo de Dios y comunicador de su mensaje. Pero, ellos no tienen excusa, y si la tuvieron, ésta no los libró de perecer con su ciudad y sus conciudadanos.

Reírse, burlarse, jugar y menospreciar el destino eterno es muy peligroso. Tomar en poco el juicio de Dios por nuestra acciones pecaminosas es un error fatal. Caricaturizar la salvación de Dios y verla con desprecio y desaire nos traerá perjuicio temporal (en esta tierra) y eterno (en el mundo venidero).

Tomemos a estos jóvenes como un ejemplo de lo que no debemos hacer.

¡Percibir erróneamente a los mensajeros de Dios y su mensaje, y desairar a Dios y a su mensaje de salvación, nos acarreará condenación eterna!

¡Cuidado!

…

Dios existe y es nuestro creador. Él es bueno y misericordioso.

Nosotros somos pecadores y vivimos  alejados de él, desobedeciéndole y deshonrándole.

Nosotros merecemos el juicio y la condenación divina, pero Dios no quiere condenar ni castigar, él quiere perdonar y salvar.

Dios nos ha enviado a Jesucristo Su Hijo para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación. Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

Dios ofrece perdonar y quitar toda condenación a toda persona que cree en Jesús y le sigue genuinamente.

Creamos en su mensaje urgentemente. ¡Creamos y sigamos a Jesucristo Su Hijo!

Necesitamos la salvación de Dios y él está listo para salvarnos.

Cada día que pasa nos acercamos a nuestro encuentro eterno con Dios y solamente Jesucristo puede hacernos aceptables ante él.

Dios quiso salvar a dos de los jóvenes de Sodoma y de Gomorra, pero ellos menospreciaron su oferta de salvación y perecieron en la condenación de su ciudad.

No incurramos en su error craso.

Escuchemos con temor y reverencia el mensaje de la Biblia.

Dios ha enviado sus mensajeros a todo el mundo con su mensaje de salvación por medio de Jesucristo Su Hijo.

Si tú escuchas el evangelio de Jesús, créelo. Si tú escuchas que Jesús vino salvarte, recíbelo y síguele como discípulo.

Si te conviertes a Dios por medio de Jesucristo para servirle y adorarle de corazón serás salvo eternamente y la ira de Dios no te alcanzará jamás. El apóstol Pablo escribió estás palabras de quiénes creen y siguen a Jesucristo: “… y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera.” (1 Tesalonicenses 1:9-10).

¡Creamos a los mensajeros que hoy nos anuncian el juicio de Dios y su salvación por medio de Jesucristo! ¡Jesús es el único que nos libra de la ira venidera!

Si te burlas, si te ríes, si juegas, si menosprecias y si desaíras a los mensajeros y al mensaje de la salvación de Dios en Jesucristo que se te trae, te arrepentirás eternamente.

¡Todos tenemos que tomar muy en serio el evangelio de salvación de Dios en Cristo Jesús!

¡Evitemos la percepción errónea y el desaire mortal que consiste en no hacer caso al mensaje de salvación en Jesucristo que Dios nos envía por medio de sus mensajeros! Amén. 

¡Anunciemos gozosamente el evangelio de Jesucristo!

“Evangelio” significa “buenas noticias”, “buenas nuevas”. El evangelio en la Biblia es presentado como un mensaje poderoso. El poder del evangelio bíblico radica en el poder de Dios y en lo que anuncia: la salvación, el perdón de pecados y la vida eterna.

El evangelio anuncia la salvación de Dios por medio de Jesús, Su unigénito Hijo, quien es el salvador, Cristo el Señor. Los ángeles consolaron a los pastores que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús con palabras evangélicas: “… No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo; que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10-11).

Dios ama a los pecadores y es por eso que envío a Su Hijo a este mundo para que los pecadores que creen en él y le siguen sean salvos. Dios no quiere condenar; esa no es su prioridad. Lo que Dios quiere es salvar y Jesucristo Su Hijo es la evidencia irrefutable de tal realidad.

Jesucristo, de acuerdo al evangelio, murió por los pecadores conforme a las escrituras, y resucitó de entre los muertos al tercer día. Luego de resucitar, él se presentó vivo a sus discípulos con muchas pruebas indubitables de su resurrección y les habló del reino de Dios por cuarenta días.

En mérito a quién es Jesús y a la obra de redención que él realizó en la cruz del Calvario, todo pecador que cree en él y le sigue de corazón es hecho hijo de Dios y coheredero del reino de Dios. Este es el mensaje vital del evangelio bíblico.

La buena nueva, la noticia alegre, el evangelio bíblico, afirma ciertísimamente que quienes creemos en Jesús y le seguimos, somos hechos hijos Dios, ya no estamos perdidos, ya no somos hijos de ira, ya no estamos bajo condenación. Esta nuestra salvación es un hecho consumado y real gracias a que Jesús “… fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos‬ ‭4‬:‭25‬).

El evangelio es inclusivo y está accesible a toda criatura y a todas las naciones. Apropiarse del evangelio de Jesucristo y de sus beneficios es fácil. ¿Cómo es que obtenemos la salvación de Dios por medio de Jesucristo que anuncia el evangelio? El apóstol Pablo no dice lo que tenemos que hacer. “… Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:8-10).

¡Creamos el evangelio! ¡Hagámoslo pronto! ¡Confesemos que Jesús el Señor y creamos en nuestro corazón que se levantó de entre los muertos por el poder de Dios! Si lo hacemos, si confesamos y si creemos, seremos salvos eternamente.

Una vez que ya hemos creído y confesado a Jesucristo, el evangelio nos “obliga” a una misión, a la misión de anunciar el mensaje de salvación. Nosotros que creemos estamos llamados a compartir la buena noticia de la salvación a toda persona por dondequiera que vayamos.

¡Hablemos el evangelio! ¡Contemos las buenas nuevas de salvación a quienes se relacionan con nosotros! ¡Aprovechemos cada oportunidad que Dios nos da para decirle a otros que Jesucristo es el único y suficiente salvador que necesitan!

Está escrito:‬‭ “Pues si anuncio el evangelio no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciaré el evangelio!” (1 Corintios 9:16). ¡Qué Dios nos impulse a hablar las buena nuevas de salvación en Cristo a toda persona en todo tiempo! Amén.‬

El Trueque Bendito y Glorioso: La Justicia de Dios en Jesús para todo pecador.

El Trueque Bendito y Glorioso: La Justicia de Dios en Jesús para todo pecador que cree en él y le sigue.

Dios mira hoy a los hombres y a todas las naciones en Jesús, Su Hijo Amado. Aquellos que están con Jesús y le siguen, están con Dios; y quienes no están con Jesús ni le siguen, están contra Él. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres.

Dios, en Jesús, realizó un intercambio bendito y muy beneficioso para nosotros, los pecadores. Jesús, quien nunca cometió pecado, fue hecho pecado por nosotros. Todo pecado cometido por nosotros y toda la condenación que justamente merecemos fue puesto y castigado en Jesús.

Dios, mediante este sorprendente acto, liberó en Jesús a los hombres de todo pecado, condenación y culpa. En Jesús, entonces, los hombres son inimputables y totalmente aptos para vivir con Dios por toda la eternidad.

Además, Dios, por medio de este intercambio bendito, hizo algo aún más impresionante: Hizo a todo hombre pecador justicia de Dios en Jesús. Esto significa que la justicia de Dios, que es la pureza y santidad plena de Dios, que estaba toda en Jesús Su Hijo, fue puesta y colocada en todo pecador que cree y sigue a Jesús.

Dios, en consecuencia, por causa de Jesús y en Jesús, ve a todo pecador revestido con Su propia justicia. En otras palabras, Dios ve al pecador puro, limpio y santo porque lo ve siempre en Jesús.

Esta condición del pecador que cree en Jesús y le sigue es perenne y constante. No existe ni un momento en el que Dios mire al pecador que cree y sigue a Jesús fuera de Él. Es justamente por este intercambio bendito y glorioso que la salvación eterna del pecador que cree y sigue a Jesús es segura, firme e imperdible.

¿Quiere decir esto que el pecador que cree y sigue a Jesús puede entonces vivir como le plazca? ¿Es esta bendita y segura salvación en Cristo un seguro para continuar en el sendero del pecado y la rebeldía contra Dios? No, de ninguna manera.

El discípulo de Jesucristo no tomará esa forma de vida. Lo que él hará, por creer en Jesús y por ser consciente del perdón de pecados eterno que ha recibido por Su amor y Su sacrificio, es amar, obedecer, servir, alabar y glorificar constantemente a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.

Nunca somos salvos por nosotros mismos. Siempre y siempre es por Jesús y Su sacrificio que Dios nos acepta y nos hace Sus hijos y Sus herederos. ¡Gracias Dios por el intercambio bendito y glorioso que hiciste a nuestro favor por medio de Jesucristo tu Hijo! Amén.

Crónica de mi visita a la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz, España.

Jesucristo anunció que edificaría Su Iglesia en Mateo 16:18. La Iglesia es una obra de Jesucristo. Él es quien la edifica, la acrecienta, la sustenta, la purifica, la corrige y la perfecciona. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, “… la plenitud de aquel que todo lo llena en todo.” (Efesios 1:23).

Jesucristo edifica Su Iglesia desde los cielos a través del Espíritu Santo, de sus seguidores obedientes y de la predicación del evangelio. Él empezó a edificar Su Iglesia desde el día de Pentecostés, con la llegada del Espíritu Santo (Hechos 2:1-47).

Jesucristo es quien añade a Su Iglesia a todos quienes creen en su evangelio: “… Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47). Todos los que creen en Jesús y le siguen son Su Iglesia y son salvos ya desde hoy y por toda la eternidad. Esta obra de Cristo es indestructible y llegará a su fin cuando él termine de edificarla, santificarla y perfeccionarla. (Foto: El pastor Francisco Ruiz, quien fue el primer pastor de la PIB de Torrejón de Ardoz).

La Iglesia de Jesucristo ocupa un lugar central en mi vida. Mi vida gira alrededor de la iglesia desde el 29 de junio de 1987. A mí me gusta ver lo que Dios hace en la iglesia. Es una bendición grande hablar de cómo Dios está obrando en la iglesia.

En esta nota testificaré de lo que vi en la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz, España. Este escrito es un testimonio que escribo con retraso. Dios me dio la oportunidad de conocer y de interactuar con su congregación de hijos que Dios que está en Torrejón de Ardoz, España. Esta mi interacción ocurrió el año pasado, entre setiembre y octubre.

Estuve en esa congregación para dar el mensaje de la Biblia a la congregación y a un buen grupo de jóvenes, que se congregaron allí en razón de un encuentro juvenil. Mis momentos allí fueron dos y muy edificantes y significativos.

Mi experiencia con los hermanos de la iglesia y con la juventud que se congregó en esa ciudad llenó de mi alma de gozo y de optimismo. En España, como en varias otros países de este mundo, Dios tiene un remanente fervoroso de hijos suyos. Jesucristo, quien es Dios hecho Hombre, es creído, seguido, amado, alabado, obedecido y esperado por varios españoles y por diversas personas de las varias naciones que están viviendo en esa nación europea. (Foto: Edificio en el que se congrega la PIB de Torrejón de Ardoz, España. Calle Higuera, 4, 28850).

La Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz empezó el año 1981. La congregación empezó con la familia Ruiz. Esa congregación naciente tuvo el apoyo del misionero Julio Lyons. Ese esfuerzo inicial de discípulos obedientes a la gran comisión rindió fruto para vida eterna y le ha dado a la ciudad de Torrejón de Ardoz el testimonio de Jesucristo y su salvación desde ese año hasta hoy.

Dios me dio el gusto de conocer y charlar un poquito con Francisco Ruíz, quien fue el primer pastor de la congregación. Él es un ciudadano español y ya está jubilado. El pastor Francisco todavía tiene vigor y comunica con entusiasmo el cómo obró Dios en su ciudad para edificar la congregación de discípulos de Jesús en sus días. (Foto: Jesucristo salva gente y la añade a Su Iglesia por la obra del Espíritu Santo, la obediencia de sus discípulos y la predicación del evangelio y su palabra escrita).

Mi visita a esa congregación fue una realidad gracias al pastor Ruben Ruiz, que es quien preside, administra y pastorea a los hijos de Dios que reúnen allí. El pastor Rubén y su familia fueron anfitriones amenos y agradables. Ellos reflejaron la hospitalidad que es una característica clave de los siervos de Dios.

Con el pastor Ruben hablamos de la Biblia y de la obra de Dios en su país. Hablamos de historia de la iglesia y del papel de españoles ilustres, Casiodoro De Reina (Sevilla, España) y Cipriano de Valera (Fregenal del Sierra, España). Estos dos españoles son los que nos legaron la Biblia que usa gran parte de la iglesia de lengua española. El primero, nos la tradujo (1569); y el segundo, la revisó (1602).

El pastor Rubén me obsequió una Biblia de transporte fácil. Esa Biblia es la que viaja conmigo dondequiera que Dios me da el privilegio de enseñar y predicar. ¡Gracias, pastor Ruben, por tan útil obsequio! (Foto: El pastor Rubén y su esposa, oremos por ellos, su trabajo es muy importante para la PIB de Torrejón de Ardoz).

La Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz está compuesta por hermanos españoles y por hermanos de otros varios países. El local en que se reúnen es acogedor y cálido. Los cantos al Señor son muy parecidos a los que cantamos en el Perú. La atención a la palabra de Dios es estimulante. Dios bendijo mi vida durante mi tiempo entre sus hijos. ¡Dios los bendiga y los siga sobreedificando en la fe en Jesucristo con la palabra escrita que está en la Biblia!

Pablo tenía interés en España, quería visitarlos. Entiendo a Pablo en ese su interés. La historia muestra que España ha sido un instrumento de Dios para que Su Persona y Su obra de Salvación por medio de Jesucristo sean conocidas en varias naciones del mundo. (Foto: Los jóvenes que se congregaron en el local de la PIB de Torrejón de Ardoz para oír el mensaje de Dios y tener comunión unos con otros vinieron de distintos lugares de España).

En la España actual son muchos los ciudadanos de diferentes países que encuentran a Jesús y le siguen al llegar a ese país en busca de un futuro mejor. Estoy contento porque Dios tiene discípulos de Cristo que están predicando el evangelio y haciendo discípulos en España. Mi alma se alegra al ver la obra de salvación por fe en Jesús que Dios difunde por medio de Su Iglesia.

Finalizo este testimonio dando gracias a Dios porque tiene a los hermanos de la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz como sus mensajeros para que sean muchos más los ciudadanos que escuchan el evangelio de Cristo en esa ciudad.

¡Qué Dios bendiga a los hermanos de la PIB de Torrejón de Ardoz y que los afirme en la de Jesús y los siga usando como sus mensajeros en esa ciudad y en toda España! Amén.

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“Si eres una persona que está buscando a Dios o si ya eres un hijo de Dios por medio de Jesucristo, y estás en Torrejón de Ardoz, visita y reúne en esta congregación de hijos de Dios.”

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