A quienes convocar, entrenar e integrar en el liderato de la obra de Dios.

Se necesitan obreros para la obra de Dios y los siervos de Dios que ya están trabajando para él son los encargados de identificarlos, convocarlos, entrenarlos e integrarlos a la misión de Dios.

Pablo como veedor y convocador de obreros.

Pablo es el modelo para convocar y asimilar a otros en la obra de Dios. Él convocaba obreros para que apacienten la grey de Dios y la administren misionológicamente, es decir, “administrar las iglesias no solo para mantenerlas, sino con una visión activa de expansión y alcance de los aún no discípulos de Cristo”.

Su labor de convocatoria y llamamiento a Timoteo se describe en este siguiente párrafo de tres versículos:“Después llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que este fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego” (HECHOS‬ ‭16‬:‭1‬-‭3‬ ‭RVR1960‬‬).

Pablo nos marca el camino a seguir sobre quienes son los que tienen que ser reclutados, entrenados e integrados como líderes de la obra de Dios.

El Modelo en Listra

Pablo identificó y convocó a Timoteo en su segundo viaje misionero, cuando llegó a Derbe y a Listra. Al convocarlo para mentoreo misionero, reveló las características que se debe buscar en aquellos que deben ser encaminados para encabezar las congregaciones de hijos de Jesucristo.

Hechos 16:1-3 describe a Timoteo con al menos tres características claves:

  1. Era un discípulo.

  2. Tenía buen testimonio ante los hermanos.

  3. Estaba dispuesto y listo para servir a Dios en la extensión de su evangelio.

La formación de los pastores y misioneros y sus respectivos colaboradores y relevos debe realizarse con hijos de Dios que tienen estas cualidades básicas.

La Base de la Iglesia Local

Esas tres características las desarrolló Timoteo en su congregación local. Fueron los obreros y los hermanos en Cristo de su ciudad quienes lo ayudaron a crecer en estos rasgos de su carácter. Pablo lo llamó como parte de su equipo de obreros y lo hizo crecer aún más, pero todo lo que logró en él fue sobre la base de lo que Dios ya había hecho en Timoteo en su iglesia local.

Los centros de entrenamiento de obreros deben edificar sobre el trabajo de los líderes y de las iglesias locales, pero sin usurpar ni estorbar su labor. Imitemos al apóstol de gentiles. Convoquemos a la obra de Dios a hermanos en Cristo que son discípulos, que tienen buen testimonio y que quieren de corazón servir en la extensión del evangelio.

Oración Final

Sigue levantando obreros para encabezar tus congregaciones y dirigirlas al crecimiento espiritual y al cumplimiento de la gran comisión, oh buen Dios y Padre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén

Foto de encabezado

Imposición de manos y consagración al ministerio pastoral de la Iglesia Bautista Betel de la ciudad de Paita a Pablo Paiva (mayo 2025), quien se formó en forma básica en esa misma congregación, primero, y en el Seminario Bautista del Perú, después.

Ser bueno, el desafío cotidiano de todo hijo de Dios por medio de Jesucristo.

Hace unos días vi a dos personas que se trataban mal el uno al otro. En su interacción acalorada había solo dureza. Sus palabras y sus acciones de ida y vuelta no reflejaban bondad.

Ese suceso me marcó y me hizo pensar en la bondad de Dios y en la necesidad que tenemos los seres humanos de ser buenos con nuestros semejantes.

Comparto mi reflexión por escrito porque creo que todos los cristianos estamos llamados a mostrar nuestra fe por medio de una personalidad buena y bondadosa.

Dios es bueno y nosotros, quienes creemos en él y le seguimos por medio de Jesucristo Su Hijo, también tenemos que serlo. Ser buenos es el desafío y el reto cotidiano que tenemos que vivir todos y cada uno de los hijos de Dios mientras estamos en esta tierra.

La palabra “bueno” es un adjetivo que, en el ámbito moral y personal, es utilizado para describir y calificar a una persona que: 1) tiene bondad en su naturaleza o carácter y 2) se comporta y se conduce de una manera justa, correcta y virtuosa, y en conformidad con su bondadosa esencia.

Dios, en el sentido de la definición previa es, por antonomasia, el Bueno, el Único Bueno Perfecto y Pleno, tanto en su naturaleza personal como en sus obras, que siempre son total y enteramente buenas.

Está escrito: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100:5). Jesucristo, siguiendo esta verdad, y refiriéndose al carácter y al obrar bueno de Dios le dijo a uno, que lo llamó “Maestro bueno”: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (Marcos 10:18).

Este Dios Bueno es nuestro Creador y también nuestro Redentor. Él nos creó buenos, pero el pecado, la desobediencia, nos hizo malos. Dios, sin embargo, porque nos ama y porque nos quiere buenos, nos redimió por medio de Jesucristo Su Hijo, quien murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para nuestra justificación (Romanos 4:25).

Los cristianos, todos y cada uno de nosotros, dondequiera que vivamos, estamos llamados a ser buenos y ha hacer lo bueno, como nuestro Creador y Redentor. Ser buenos, en esencia y en hechos, como nuestro Dios, es nuestro desafío, nuestro reto divino, como hijos de Dios y nuevas criaturas en Cristo Jesús.

El apóstol Pablo escribió: “Por el contrario, sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.” (Efesios 4:32. Biblia Versión Traducción Lenguaje Actual).

El reto a nosotros es claro y contundente.

No podemos ser cristianos sin aceptar el desafío de ser buenos.

Dios es bueno y hace lo bueno siempre.

Nosotros también tenemos que ser buenos y hacer lo bueno en todo tiempo.

El modelo del ser y del hacer de todos los hijos de Dios por medio de Jesucristo es Dios. Dios es nuestro referente y nuestro ejemplo supremo. Tenemos que imitar a Dios al vivir en esta tierra y al relacionarnos con los que nos rodean. Efesios 5:1 afirma: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.”

El reto que nos plantea Dios en su palabra a nosotros es imposible de esquivar. Tenemos que asumirlo y cumplirlo.  ¡Dios ordena que seamos buenos y tenemos que serlo! ¿Podremos? ¡Claro que sí!

Dios nos ha hecho nacer de nuevo por medio de la fe en Jesucristo y nos ha dado el Espíritu Santo para seamos y hagamos lo que él quiere. 2 Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

La bondad es fruto del Espíritu Santo y ser bueno y bondadoso es una evidencia concreta de que él esta obrando y transformando nuestra vida a la imagen de Cristo. (Gálatas 5:22-23).

Expresemos bondad y benignidad en nuestro trato con quienes nos rodean. Empecemos en nuestra casa, con nuestra familia. Luego, en nuestro barrio, con nuestros vecinos. Continuimos, con nuestros compañeros de trabajo o de estudio. Nuestros hermanos en Cristo, asimismo, también deben experimentar y ser testigos de nuestra benignidad y apacibilidad.

¡Nosotros tenemos que ser conocidos por nuestra bondad y benignidad! ¡La misericordia, la compasión, el perdón y la benignidad deben ser visibles en nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras reacciones y nuestras acciones al tratar con los que se relacionan con nosotros!

¡En nuestra bondad y benignidad se tiene que ver la bondad y la benignidad del Dios que nos ha creado y redimido por medio de Jesucristo, Dios hecho Hombre! Amén y amén.

José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad.

José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad. Eso es lo que el éxito y la prosperidad deben hacer con todos nosotros: hacernos mejores personas. José es un ejemplo de que ese propósito divino mediante sus bendiciones sí es posible de alcanzar. 

José es un hombre común que experimentó lo malo, doloroso y amargo de la vida sin corromperse. El mal que padeció durante años lo convirtió en un hombre mejor ante Dios y ante los hombres. Su vida no solo fue de padecimiento; también experimentó dicha, prosperidad y éxito. Aunque estos momentos de prosperidad fueron cortos y transitorios durante el periodo en que el odio, la envidia y la injusticia quebrantaron su corazón, fueron mucho mayores y duraderos cuando llegó a ser el segundo después de Faraón.

Desde temprano, José fue amado y preferido por su padre, Jacob. Ascendió pronto en la casa de Potifar, donde llegó como esclavo y terminó siendo el mayordomo principal. Lo mismo ocurrió en la prisión del Faraón, donde fue colocado como administrador. Su punto de quiebre ocurrió al interpretar los sueños de Faraón, lo que cambió radicalmente su vida. Faraón vio su carácter y sabiduría, y lo nombró su segundo en todo su gobierno. A partir de entonces, su prosperidad, bienestar y éxito no cesaron hasta su muerte.

Pero José no solo gozó de bienes y aprecio en Egipto. También fue el libertador y bienhechor de su propia familia, protegiéndola y bendiciéndola, incluso a los hermanos que lo maltrataron y vendieron. Sus palabras a ellos fueron: “… No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Génesis 50:19-21). Esas palabras de José son muy elocuentes en cuanto lo buena persona que era. El bienestar, el poder, la riqueza y la fama no corrompieron su carácter, al igual que tampoco las adversidades y las injusticias. Siempre fue un hombre de bien, un ejemplo a seguir.

La clave en la vida de José fue su relación con Dios. Dios lo conocía y bendecía, y él lo sabía. José temía y respetaba a Dios, y nunca quería pecar contra Él. Reconocía que su sabiduría y entendimiento espiritual provenían de Dios y comprendió que su prosperidad era gracias a Él. José interpretó las acciones perversas de sus hermanos como parte del propósito divino para con él. Nunca se creyó en lugar de Dios (y por eso perdonó; y por eso nunca se vengó) y siempre esperó que la última palabra la tuviera Él, mirando su futuro con optimismo. (La Biblia, Génesis capítulo 37, 39-50).

José siempre vio a Dios obrando en su propia vida y en la vida de los demás. Tanto los acontecimientos felices como infelices los interpretó en función de Dios y su buena voluntad para con él. Él perennizó su reconocimiento al accionar bondadoso de Dios a su favor en los nombres de sus hijos, y el nombre del segundo de ellos lo ejemplifica: “Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi prosperidad.” (Génesis 41:52). José nunca atribuyó su prosperidad a sí mismo, sino a Dios. Es por eso que siempre fue noble, sencillo y humilde de carácter.

Nuestra vida en este mundo tiene bien y también mal. Tanto lo malo como lo bueno de la vida tienen que perfeccionar para bien nuestro carácter y nuestra personalidad. La vida de José nos da la clave para que la prosperidad y la adversidad de la vida siempre nos ayuden a ser mejores seres humanos para con Dios y los hombres.

Si deseamos que el éxito y la prosperidad de Dios no nos deformen ni dañen, debemos relacionarnos con Dios como José. Él vivió por la fe, viendo lo visible y transitorio de la vida a través de la buena voluntad de Dios. Así debemos vivir también, disfrutando de las bendiciones de Dios y usando esas bendiciones para ser mejores personas ante Él y ante nuestros semejantes.

¡Qué Dios nos ayude, a quienes hoy creemos en Jesús Su Hijo, para que el bien, la prosperidad y el éxito que nos da nos transformen en mejores hijos suyos! Amén y amén.