José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad.

José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad. Eso es lo que el éxito y la prosperidad deben hacer con todos nosotros: hacernos mejores personas. José es un ejemplo de que ese propósito divino mediante sus bendiciones sí es posible de alcanzar. 

José es un hombre común que experimentó lo malo, doloroso y amargo de la vida sin corromperse. El mal que padeció durante años lo convirtió en un hombre mejor ante Dios y ante los hombres. Su vida no solo fue de padecimiento; también experimentó dicha, prosperidad y éxito. Aunque estos momentos de prosperidad fueron cortos y transitorios durante el periodo en que el odio, la envidia y la injusticia quebrantaron su corazón, fueron mucho mayores y duraderos cuando llegó a ser el segundo después de Faraón.

Desde temprano, José fue amado y preferido por su padre, Jacob. Ascendió pronto en la casa de Potifar, donde llegó como esclavo y terminó siendo el mayordomo principal. Lo mismo ocurrió en la prisión del Faraón, donde fue colocado como administrador. Su punto de quiebre ocurrió al interpretar los sueños de Faraón, lo que cambió radicalmente su vida. Faraón vio su carácter y sabiduría, y lo nombró su segundo en todo su gobierno. A partir de entonces, su prosperidad, bienestar y éxito no cesaron hasta su muerte.

Pero José no solo gozó de bienes y aprecio en Egipto. También fue el libertador y bienhechor de su propia familia, protegiéndola y bendiciéndola, incluso a los hermanos que lo maltrataron y vendieron. Sus palabras a ellos fueron: “… No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Génesis 50:19-21). Esas palabras de José son muy elocuentes en cuanto lo buena persona que era. El bienestar, el poder, la riqueza y la fama no corrompieron su carácter, al igual que tampoco las adversidades y las injusticias. Siempre fue un hombre de bien, un ejemplo a seguir.

La clave en la vida de José fue su relación con Dios. Dios lo conocía y bendecía, y él lo sabía. José temía y respetaba a Dios, y nunca quería pecar contra Él. Reconocía que su sabiduría y entendimiento espiritual provenían de Dios y comprendió que su prosperidad era gracias a Él. José interpretó las acciones perversas de sus hermanos como parte del propósito divino para con él. Nunca se creyó en lugar de Dios (y por eso perdonó; y por eso nunca se vengó) y siempre esperó que la última palabra la tuviera Él, mirando su futuro con optimismo. (La Biblia, Génesis capítulo 37, 39-50).

José siempre vio a Dios obrando en su propia vida y en la vida de los demás. Tanto los acontecimientos felices como infelices los interpretó en función de Dios y su buena voluntad para con él. Él perennizó su reconocimiento al accionar bondadoso de Dios a su favor en los nombres de sus hijos, y el nombre del segundo de ellos lo ejemplifica: “Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi prosperidad.” (Génesis 41:52). José nunca atribuyó su prosperidad a sí mismo, sino a Dios. Es por eso que siempre fue noble, sencillo y humilde de carácter.

Nuestra vida en este mundo tiene bien y también mal. Tanto lo malo como lo bueno de la vida tienen que perfeccionar para bien nuestro carácter y nuestra personalidad. La vida de José nos da la clave para que la prosperidad y la adversidad de la vida siempre nos ayuden a ser mejores seres humanos para con Dios y los hombres.

Si deseamos que el éxito y la prosperidad de Dios no nos deformen ni dañen, debemos relacionarnos con Dios como José. Él vivió por la fe, viendo lo visible y transitorio de la vida a través de la buena voluntad de Dios. Así debemos vivir también, disfrutando de las bendiciones de Dios y usando esas bendiciones para ser mejores personas ante Él y ante nuestros semejantes.

¡Qué Dios nos ayude, a quienes hoy creemos en Jesús Su Hijo, para que el bien, la prosperidad y el éxito que nos da nos transformen en mejores hijos suyos! Amén y amén.