¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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Mi batalla cotidiana: Dejar “el púlpito de boquilla” y Vivir lo que enseño y predico.

“A cada instante y en cada circunstancia peleo por no ser ni el escriba ni el fariseo a quienes Jesús reprochó duramente.”

Jesucristo no veía con agrado a una gran parte de “los escribas” y de “los fariseos”. Sus palabras para con este gran sector religioso judío fueron durísimas. El capítulo 23 del libro de Mateo está dirigido por entero a ambos grupos religiosos.

El discurso de Jesús contra esas dos facciones del judaísmo de su tiempo fue severo e inflexible. Cada versículo del capítulo 23 es una condena al “ser” y al “hacer” de los escribas y fariseos. Los “Ayes” contra ellos son difíciles de asumir. Siempre que leo esa porción de la escritura temo y me estremezco. En ninguna manera quiero esas palabras dirigidas hacia mí. No quiero ser ni “escriba” ni “fariseo”.

Los escribas y los fariseos, que eran enemigos de Jesús y que fueron confrontados por él, están en mi mente en estos días. Ellos eran los maestros de Israel y los que enseñaban la ley de Dios al pueblo.

Jesús hace referencia a la posición y al trabajo de maestros de los escribas y los fariseos con esta declaración: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” (San Mateo 23:2-3).

En estas sus palabras, Jesús destaca tres asuntos claves sobre los escribas y fariseos: 1) Su autoridad, hablaban y enseñaban con la autoridad de Moisés y de la ley de Dios dada a él; 2) Su precisión y fidelidad al exponer y enseñar la ley de Dios en la vida de los israelitas, Jesús afirma que sus oyentes debían guardar y hacer lo que ellos enseñaban. 3) Su terrible y condenable pecado, ellos mismos no practicaban ni guardaban lo que le enseñaban a guardar y hacer a otros.

De estos tres aspectos, el que me amonesta y me asusta es el tercero: “Su terrible y condenable pecado”. No quiero cometerlo. No quiero practicarlo. “No quiero ser escriba ni fariseo” en ese aspecto.

Esa es mi batalla diaria. (Y la de todo siervo y obrero de Dios).

Mi lucha cotidiana es no practicar, no guardar, ni hacer lo que le enseño y le pido a otros que practiquen, guarden y hagan.

Los escribas y fariseos eran “catedráticos de boquilla” y “maestros de pizarra”. Eran exigentes y estrictos en enseñar a cumplir la ley de Dios a otros, pero no a sí mismos. Su magisterio era inflexible y riguroso para con sus estudiantes, mas no para consigo.

Jesús denunció la doble vara de los escribas y fariseos con estas palabras: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y la ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4).

Mi combate habitual como predicador y maestro de la Biblia, la palabra de Dios, es no ser parte de los escribas ni de los fariseos que fueron reprendidos con justa razón por Jesucristo, Dios hecho Hombre.

No quiero convertirme en un Predicador y Maestro Bíblico de Boquilla. No quiero exigirle a otros lo que no me exijo a mí mismo. No es bueno ni justo que utilice la posición y la autoridad que da el enseñar la palabra de Dios para pedir que la cumplan otros, pero no yo.

Si anunció que la Biblia manda que los seres humanos se acerquen a Dios por medio de Jesucristo para obtener perdón de pecados y vida eterna, tengo que estar acercándome verdaderamente a Dios únicamente por medio de Jesús.

Si enseño que la palabra de Dios dice que todo hijo de Dios debe testificar de Jesucristo y predicar el evangelio a toda criatura en todo tiempo, tengo que dar el ejemplo e ilustrar tal enseñanza por medio de una vida que testifica y evangeliza siempre.

Si enseño que la Biblia dice que se tiene que perdonar a otros sus ofensas, tengo que ser el primero en practicar y obedecer esa enseñanza.

Si enseño que la Biblia ordena a los hijos que cuiden de sus padres cuando ya son ancianos, tengo que obeceder esa palabra y cuidar a mis padres en su vejez.

Si predico que la Biblia manda que los hijos de Dios tienen que orar sin cesar, debo estar guardando y obedeciendo ese mandato y orando, por tanto, en todo tiempo y en toda circunstancia,

En fin …

No quiero ser un maestro ni un predicador merecedor del capítulo 23 de Mateo.

Esta mi lucha es, también, creo yo, la lucha de todo pastor, misionero y evangelista que quiere ser fiel a Dios y a su palabra. Todo aquel que se sienta (se para) en la “cátedra de Moisés” (el púlpito) del siglo XXI guerrea para no ser ni el escriba ni el fariseo al que reprendió Jesús.

Voy a terminar este testimonio de mi batalla.

Necesito la ayuda de Dios para no caer en el craso yerro de los escribas y fariseos de los días de Jesús. Al igual que ellos, soy pecador e imperfecto. No estoy libre de ese su tropiezo.

Tengo que velar y orar para no caer en esta horrible tentación. Jesús dijo que la carne es débil y él tiene mucha razón. Necesito, por tanto, orar sin cesar para no caer ni convertirme en un reprochable y condenable escriba y fariseo moderno.

Requiero de la intercesión y la ayuda en oración de mis hermanos en Cristo para no ser un predicador y maestro que no practica ni obedece lo que él mismo predica y enseña.

¡Dios y Padre de Jesucristo, auxíliame en mi lucha consciente por no ser un predicador ni un maestro que no practica la palabra tuya que enseño a tus hijos! Amén y amén.

¡Seamos genuinos, honestos y transparentes ante Dios!

¡Seamos genuinos, honestos y transparentes ante Dios!

Engañar a Dios no es posible.

No se debe.

No se puede.

Es una insensatez e inútil intentarlo siquiera.

Para Dios nada es secreto, nada es oculto. Nada está escondido. Nada se puede cubrir. Nada se puede ocultar.

Ante Dios, toda su creación, toda, absolutamente, está en su presencia, en su delante. Los seres humanos estamos incluidos porque somos su creación, sus criaturas, la obra de sus manos. En todo instante estamos ante él. No hay ni un solo segundo que él no nos vea… ¡Él siempre, siempre nos contempla!

Los ojos de Dios son todo videntes. Su mirada traspasa nuestro ser exterior e interior. Dios ve todo de nosotros por fuera, y todo por dentro. No hay ninguno de nuestros poros externos ni ningún resquicio interno de nuestro ser que Dios no vea ni traspase con su mirada. Ante él no hay nada ni nadie que no sea manifiesto, descubierto, abierto, visible, evidente y notorio.

Ante Dios todos estamos desnudos, sin ropa, sin nada que nos cubra. Dios ve todo lo que hay en nuestro interior y que nadie más, excepto él, ve íntegramente. ¡Ay de nosotros! No existe ningún pensamiento, ni un motivo, ni ninguna intención, que Dios no conozca de nosotros.

Es una locura, un sin sentido, una ridiculez tratar siguiera de intentar engañar y estafar a Dios. Somos tontos y necios cuando intentamos presentarnos ante él siendo lo que no somos. No necesitamos justificarnos ante él. A nuestro Dios no necesitamos palabrearle ni falsear nada. Dios sabe, conoce, y todo, todo, absolutamente todo.

Seamos siempre genuinos y honestos ante todos. Mucho más ante Dios. Si estamos tristes, digámosle. Si estamos desanimados, comuniquémosle. Expresémonos ante él sin ningún tapujo. Dejemos nuestras vanas “hojas de higuera” y parémonos desnudos ante nuestro Dios. Salgamos de entre “los árboles de nuestro huerto” y digámosle a Dios nuestro miedo y el porqué del mismo.

No tenemos que fingir nada ante Dios.

Ante Dios no necesitamos caretas.

En vez de esforzarnos por engañar inútil y vanamente, esforcémonos por creer, amar, obedecer, respetar y glorificar a Dios sinceramente.

El texto bíblico dice que ante Dios nosotros “tenemos que dar cuenta”. Estamos avisados. Dios va a pedirnos cuenta de cómo hemos vivido en esta tierra.

Tenemos que darle cuenta a Dios de cada obra, de cada pensamiento, de cada motivo, de cada intención. Todo lo que hemos vivido, vivimos y viviremos en este mundo será escudriñado. No nos podremos escapar del tribunal de Dios. En ese día solemne estaremos parados ante él totalmente descubiertos exterior e interiormente.

No seamos fariseos.

No nos presentemos ante Dios como no somos.

Es inútil hacerlo.

No es necesario.

Presentémonos ante Dios como somos porque a él no le sorprendemos; él nos conoce. Dios ya sabe cómo somos.

¡Qué Dios nos ayude a ser siempre sinceros y honestos delante de él!

Amén y amén.