Los pastores y misioneros laicos y el valor de su trabajo en las iglesias bautistas independientes de Perú.

Los pastores laicos son el gran valor infravalorado humanamente por los pastores, los líderes y las iglesias, pero no por Dios, que los usa grandemente en la conducción y el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo en muchísimos lugares de este mundo.

Definición.

Un pastor laico en el contexto peruano es un pastor que no se ha formado teológicamente para cumplir el oficio pastoral o misionero. Este tipo de pastores no ha tenido un llamado subjetivo (un llamado divino, una vocación) al pastorado, y no se ha formado para eso, y tampoco ha determinado vivir de ese trabajo. En consecuencia, la gran mayoría de los pastores laicos no está dedicado por entero a la labor pastoral y tampoco vive de ella. Ellos, mayormente, son hermanos en Cristo, que creen, aman y sirven a Jesucristo en su obra. Es justamente por eso mismo que asumen el reto de pastorear. Su disposición los hace aceptar la responsabilidad de liderar y pastorear la grey de Dios porque entienden que es él quien los llama a hacerlo.

Historia.

Históricamente, la palabra “laico” viene del griego “laos”, que significa pueblo. La palabra se usaba para hacer una distinción entre el pueblo y sus líderes, ya en el área política como religiosa.

Con el tiempo, esa palabra se usó para identificar a los ministros de las Iglesias que fueron nombrados sin haber sido ordenados como aquellos que sí eran ministros de carrera.

En el contexto occidental, la iglesia católica y las iglesias protestantes tienen ministros ordenados de carrera y ministros laicos, que no han tenido esa tipo de ordenación por no haber optado tal carrera ni esa preparación.

Las iglesias independientes (que no tienen nada que ver con el gobierno político ni con una jerarquía religiosa), que se administran a sí mismas, también tienen ministros de carrera y ministros laicos.

Los pastores y misioneros laicos y las iglesias bautistas independientes de Perú.

En el circulo bautista independiente de Perú, que es donde yo me muevo, hay también esos dos tipos de ministros: los de vocación y carrera, y los laicos, que aunque no son de vocación ni carrera, sirven como pastores en un buen numero de congregaciones.

Los pastores de vocación y carrera son pocos, muy pocos. Este tipo de pastores se forman en los seminarios y en los institutos bíblicos, ya de iglesias asociadas o de iglesias individuales. Estos pastores trabajan mayormente en las iglesias de las ciudades, porque son ellas las que normalmente les pueden pagar un salario regular. Estos pastores son atraídos a las ciudades por las ventajas que estas ofrecen a los ciudadanos.

Los pastores laicos, que son una gran mayoría, se encuentran administrando iglesias en los lugares aledaños de la grandes ciudades, y en los pueblos pequeños del campo, tanto de la costa como de la sierra y de la selva del Perú. Estos pastores no viven de pastorear las congregaciones, ellos tienen su propia fuente de ingresos y no dependen de esa labor para el sustento de sus familias. Son lo que se conoce como pastores bi-vocacionales. Son contados con las manos los pastores laicos que reciben ofrendas de las iglesias en las que sirven o de otras iglesias.

La gran contribución espiritual de los pastores y misioneros laicos en la obra de Dios en Perú.

Su contribución es inobjetable y quiero alistarla en forma clara y específica:

1. Liderazgo. Estos pastores cubren una función indispensable. Todo grupo humano necesita liderazgo y las iglesias de nuestro Señor no son la excepción. Los pastores y misioneros laicos encabezan y administran las iglesias. Son ellos los que conducen a la grey de Dios hacia su crecimiento cualitativo y cuantitativo. Sin ellos, las congregaciones no tendrían quien las dirija, administre y represente, y correrían el riesgo de desaparecer de un buen número de localidades.

2. Enseñanza. Su otra contribución clave es la enseñanza y la predicación. Toda congregación requiere de instrucción y son estos pastores quienes suplen tal necesidad.

3. Ejemplo e identificación. Para los hermanos de la congregación, en un sentido, les es mucho más fácil identificarse con un pastor laico. La razón es comprensible, pues cada uno de ellos ve que él vive, trabaja y lucha en la misma manera que lo hacen ellos. En consecuencia, mirarlo como un modelo y ejemplo es muy natural.

4. Confianza y familiaridad. Los pastores laicos son muy bien conocidos por la congregación. La cercanía y la confianza, que son vitales para que los hermanos se acerquen y escuchen y hagan caso a sus pastores, están presentes desde mucho antes de que los pastores laicos lleguen a cubrir esa posición.

5. Ahorro financiero. La mayoría de los pastores laicos no dependen del salario que puede pagarle o no la congregación. De lo que conozco, solo hay un reducido grupo de estos pastores que recibe una ofrenda acorde con lo que sería un salario promedio aceptable en Perú, pero la gran mayoría de ellos no recibe ni siquiera el salario mínimo vital. En consecuencia, las congregaciones pueden invertir sus ingresos en acondicionar su infraestructura y en la extensión de evangelio en otros lugares.

El aporte de los pastores y misioneros laicos es el soporte de la existencia, la estabilidad y la expansión del evangelio de Jesucristo y de Su Iglesia en los pueblos y en las ciudades de todo tamaño a lo largo y ancho de este mundo. Necesitamos reconocer el valor de este mayoritario grupo de siervos de Dios y del trabajo que realizan silenciosa y diligentemente para Dios y para su iglesia en esta tierra.

La honra y la recompensa humana a los pastores y misioneros laicos por parte de las congregaciones bautistas independientes de Perú.

Los siervos de Dios nunca trabajan para Dios en Su Obra en función de salario y de recompensas. El móvil de su servicio y de su trabajo es la gratitud a Dios por su salvación en Cristo Jesús y su amor por Jesucristo, su evangelio y los pecadores necesitados.

El hecho de que los siervos de Dios no trabajen en la extensión del evangelio por dinero y por recompensas no significa que Dios no los retribuya ni que la iglesia no deba recompensarles. La Escritura enseña claramente que Dios sí los estimula con remuneración por medio de las congregaciones de sus hijos. Toda recompensa de Dios a sus siervos, ya laicos o ya profesionales (en buen sentido), le es otorgada por medio de la iglesia, que es la que se beneficia de su servicio.

La Biblia nos instruye con claridad respecto a cómo tenemos que mostrar nuestro aprecio a los siervos de Dios. (Los textos bíblicos que alistaré se aplican tanto a obreros laicos como a los obreros de vocación).

Esto es lo que debemos hacer para cumplir con dar honor a estos valiosos siervos de Dios:

1. Amarlos y valorarlos por el hecho de que trabajan en el ministerio pastoral o misionero (1 Tesalonicenses 5:12-13; 1 Timoteo 5:17-19; 3 Juan 8; Hebreos 13:7.; Colosenses 4:7-11; Filipenses 2:29-30; 1 Corintios 16:11; 1 Corintios 16:17-18).

2. Obedecerlos y ayudarles a cumplir con su trabajo (1 Corintios 16:15-16; Hebreos 13:7; Hebreos 13:17; Hechos 6:1-7; Colosenses 4:11).

3. Darles ofrendas y recompensas financieras en conformidad con la labor que realizan (Aun cuando este tipo de obreros no viven del evangelio). (1 Corintios 9:4-14; Gálatas 6:6; 1 Corintios 16:10; 2 Corintios 11:7-9; 12:13; Filipenses 4:10-20; 1 Timoteo 5:17-18).

4. Comprendámosles y no olvidemos que ellos son humanos imperfectos y pecadores como lo son aún todos y cada uno de los hijos de Dios (Hebreos 4:14-16; Hebreos 5:7-10; 1 Corintios 9:26-27; Gálatas 2:11-14).

5. Cuidemos su gozo y su ánimo al servir a Dios como pastor o misionero (Marcos 3:21, 31-32; 2 Corintios 11:23-29; 2 Timoteo 4:9-18; Hebreos 13:17).

6. Oremos fervientemente por su vida espiritual personal y familiar (Romanos 15:30-33; Efesios 6:18-20; Colosenses 4:3-4; 1 Tesalonicenses 4:25; 2 Tesalonicenses 3:1-5).

Esta manera de expresarle nuestro aprecio a los pastores y misioneros laicos por los que son y por lo que hacen por Dios y por su iglesia no son discutibles. Se tienen que obedecer gozosamente. Todo cristiano y toda iglesia de Dios debe obedecer la palabra de Dios y obrar conforme a ella.

Los encargados, eso sí, de encabezar y promover el aprecio y las recompensas para los pastores y misioneros laicos son los pastores y misioneros que están dedicados al ministerio tiempo completo, y que viven por tanto de la predicación y de la enseñanza del evangelio. Son ellos quienes deben promover el darle el lugar que les corresponde en la obra de Dios a estos siervos de nuestro Señor Jesucristo.

Una cosa más, quiero pedirles a los pastores y misioneros a los que Dios ha bendecido con congregaciones grandes y prósperas (porque están en lugares donde hay muchísima gente), que tengan mucho cuidado cuando Dios los bendice y les da el privilegio de predicarles y enseñarles a estos siervos de Dios en las conferencias o campamentos preparados para ellos. No les prediquen como si ellos fuesen ustedes y ministrasen en lugares como los vuestros. Anímenlos. No los critiquen ni los reprendan insensiblemente. Muchos de ellos tienen congregaciones pequeñas porque están en pueblitos pequeños. Ellos necesitan estímulo, no críticas destructivas ni comentarios desalentadores (He sido testigo de como este tipo de predicadores y maestros maltratan y desaniman a estos valiosos siervos de Dios). Les ruego que no hieran a estos hijos de Dios.

Conclusión.

Quiero terminar esta nota, la cual confieso que se ha extendido más de lo previsto, compartiendo el motivo que me impulsó a escribirla.

Me propuse escribir esta nota luego de pasar un tiempo con el pastor Florentino, quien es agricultor y sirve como pastor en la Iglesia Bautista Jesús mi Salvador de Leandro Campos, Zarumilla, Tumbes. Vi su trabajo y su fruto. Bautizó ocho nuevos discípulos mientras estuve allí. 

Dios me dio el privilegio de ser testigo de su obra por medio de Florentino en su iglesia de esa parte de mi país. Fue por eso que pensé en él y los que son como él. Dios me puso a los pastores y misioneros laicos en mi mente durante todo mi retorno a Trujillo, mi ciudad. No paré de pensar en ellos y es por eso que escribí.

Creo que Dios quiere que honre a esos sus siervos con esta mi nota. Este año cumpliré 39 años de servicio a Dios. En todos mis años he interactuado y servido con varios pastores y misioneros laicos.

Recuerdo a Segundo García, a Adislao Córdova, a Jacinto Córdova, Santos García, a Gilberto Peña, a Fernando Peña, Lucio Pinedo, Medardo Chanchari, a Manuel Guevara, Douglas Ferreyra, José Huamán, Luis Gallo, Franklin Armijos, y a muchos otros más.  Muchas gracias, hermanos por el trabajo que han realizado y que muchos de ustedes aún realizan para Dios y su iglesia. Dios los bendiga y los recompense por vuestra labor y sacrificio.

Oración: Dios y Padre de Jesucristo, abre nuestros ojos y nuestras bocas y nuestras manos para ver, hablar y dar honor visible y oportuno a tus pastores y misioneros laicos. Ayúdanos a amarlos, a cuidarlos, a valorarlos y a recompensarlos por la labor espiritual que realizan constantemente para ti en tus iglesias mientras están en este mundo. Amén y amén.

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¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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Mi batalla cotidiana: Dejar “el púlpito de boquilla” y Vivir lo que enseño y predico.

“A cada instante y en cada circunstancia peleo por no ser ni el escriba ni el fariseo a quienes Jesús reprochó duramente.”

Jesucristo no veía con agrado a una gran parte de “los escribas” y de “los fariseos”. Sus palabras para con este gran sector religioso judío fueron durísimas. El capítulo 23 del libro de Mateo está dirigido por entero a ambos grupos religiosos.

El discurso de Jesús contra esas dos facciones del judaísmo de su tiempo fue severo e inflexible. Cada versículo del capítulo 23 es una condena al “ser” y al “hacer” de los escribas y fariseos. Los “Ayes” contra ellos son difíciles de asumir. Siempre que leo esa porción de la escritura temo y me estremezco. En ninguna manera quiero esas palabras dirigidas hacia mí. No quiero ser ni “escriba” ni “fariseo”.

Los escribas y los fariseos, que eran enemigos de Jesús y que fueron confrontados por él, están en mi mente en estos días. Ellos eran los maestros de Israel y los que enseñaban la ley de Dios al pueblo.

Jesús hace referencia a la posición y al trabajo de maestros de los escribas y los fariseos con esta declaración: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” (San Mateo 23:2-3).

En estas sus palabras, Jesús destaca tres asuntos claves sobre los escribas y fariseos: 1) Su autoridad, hablaban y enseñaban con la autoridad de Moisés y de la ley de Dios dada a él; 2) Su precisión y fidelidad al exponer y enseñar la ley de Dios en la vida de los israelitas, Jesús afirma que sus oyentes debían guardar y hacer lo que ellos enseñaban. 3) Su terrible y condenable pecado, ellos mismos no practicaban ni guardaban lo que le enseñaban a guardar y hacer a otros.

De estos tres aspectos, el que me amonesta y me asusta es el tercero: “Su terrible y condenable pecado”. No quiero cometerlo. No quiero practicarlo. “No quiero ser escriba ni fariseo” en ese aspecto.

Esa es mi batalla diaria. (Y la de todo siervo y obrero de Dios).

Mi lucha cotidiana es no practicar, no guardar, ni hacer lo que le enseño y le pido a otros que practiquen, guarden y hagan.

Los escribas y fariseos eran “catedráticos de boquilla” y “maestros de pizarra”. Eran exigentes y estrictos en enseñar a cumplir la ley de Dios a otros, pero no a sí mismos. Su magisterio era inflexible y riguroso para con sus estudiantes, mas no para consigo.

Jesús denunció la doble vara de los escribas y fariseos con estas palabras: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y la ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4).

Mi combate habitual como predicador y maestro de la Biblia, la palabra de Dios, es no ser parte de los escribas ni de los fariseos que fueron reprendidos con justa razón por Jesucristo, Dios hecho Hombre.

No quiero convertirme en un Predicador y Maestro Bíblico de Boquilla. No quiero exigirle a otros lo que no me exijo a mí mismo. No es bueno ni justo que utilice la posición y la autoridad que da el enseñar la palabra de Dios para pedir que la cumplan otros, pero no yo.

Si anunció que la Biblia manda que los seres humanos se acerquen a Dios por medio de Jesucristo para obtener perdón de pecados y vida eterna, tengo que estar acercándome verdaderamente a Dios únicamente por medio de Jesús.

Si enseño que la palabra de Dios dice que todo hijo de Dios debe testificar de Jesucristo y predicar el evangelio a toda criatura en todo tiempo, tengo que dar el ejemplo e ilustrar tal enseñanza por medio de una vida que testifica y evangeliza siempre.

Si enseño que la Biblia dice que se tiene que perdonar a otros sus ofensas, tengo que ser el primero en practicar y obedecer esa enseñanza.

Si enseño que la Biblia ordena a los hijos que cuiden de sus padres cuando ya son ancianos, tengo que obeceder esa palabra y cuidar a mis padres en su vejez.

Si predico que la Biblia manda que los hijos de Dios tienen que orar sin cesar, debo estar guardando y obedeciendo ese mandato y orando, por tanto, en todo tiempo y en toda circunstancia,

En fin …

No quiero ser un maestro ni un predicador merecedor del capítulo 23 de Mateo.

Esta mi lucha es, también, creo yo, la lucha de todo pastor, misionero y evangelista que quiere ser fiel a Dios y a su palabra. Todo aquel que se sienta (se para) en la “cátedra de Moisés” (el púlpito) del siglo XXI guerrea para no ser ni el escriba ni el fariseo al que reprendió Jesús.

Voy a terminar este testimonio de mi batalla.

Necesito la ayuda de Dios para no caer en el craso yerro de los escribas y fariseos de los días de Jesús. Al igual que ellos, soy pecador e imperfecto. No estoy libre de ese su tropiezo.

Tengo que velar y orar para no caer en esta horrible tentación. Jesús dijo que la carne es débil y él tiene mucha razón. Necesito, por tanto, orar sin cesar para no caer ni convertirme en un reprochable y condenable escriba y fariseo moderno.

Requiero de la intercesión y la ayuda en oración de mis hermanos en Cristo para no ser un predicador y maestro que no practica ni obedece lo que él mismo predica y enseña.

¡Dios y Padre de Jesucristo, auxíliame en mi lucha consciente por no ser un predicador ni un maestro que no practica la palabra tuya que enseño a tus hijos! Amén y amén.

¡Consideremos siempre a Cristo al combatir contra el pecado!

El cristiano combate contra el pecado. Contra el suyo, primero; y contra el de los demás, después. Toda su vida en esta tierra en un constante y trabajoso batallar contra el origen y la causa de todos los males y de todas las tragedias de la humanidad, el pecado.

La lucha personal es árdua, intensa y continua. Cada día combate. Él sabe que su carne, su viejo hombre, quiere pecar e ir contra la santidad de Dios. Por eso no se descuida; siempre está alerta.

El combate contra el pecado es hasta la muerte. Solo la muerte lo liberará de este cruento combate.

El combate del cristiano contra el pecado de otros también es continuo. Lucha contra ese pecado con intercesión, en lo secreto; y en lo público, con enseñanza y predicación de la palabra de Dios, y con testimonio de vida.

El cristiano sufre con paciencia y sin sentimientos negativos y no espirituales el pecado que otros cometen contra él, porque no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal.

El Cristiano se agotará y se desanimará casi hasta desmayar en esta lucha contra el pecado. El Espíritu Santo lo sabe y es por eso que lo exhorta a considerar a Jesucristo al batallar contra el pecado.

Considerar significa “pensar sobre algo analizándolo cuidadosamente”. El hijo de Dios tiene que meditar, pensar, contemplar y considerar a Jesucristo y su ejemplo para animarse y fortalecerse y no desmayar al luchar contra el pecado.

¡Qué todos los cristianos consideremos y miremos a Cristo siempre al luchar arduamente contra el pecado¡ ¡Nuestros ojos siempre tienen que estar fijos en nuestro Señor para que nuestro ánimo esté ferviente! Amén.

José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad.

José, el hombre al que el éxito y la prosperidad perfeccionaron en bondad. Eso es lo que el éxito y la prosperidad deben hacer con todos nosotros: hacernos mejores personas. José es un ejemplo de que ese propósito divino mediante sus bendiciones sí es posible de alcanzar. 

José es un hombre común que experimentó lo malo, doloroso y amargo de la vida sin corromperse. El mal que padeció durante años lo convirtió en un hombre mejor ante Dios y ante los hombres. Su vida no solo fue de padecimiento; también experimentó dicha, prosperidad y éxito. Aunque estos momentos de prosperidad fueron cortos y transitorios durante el periodo en que el odio, la envidia y la injusticia quebrantaron su corazón, fueron mucho mayores y duraderos cuando llegó a ser el segundo después de Faraón.

Desde temprano, José fue amado y preferido por su padre, Jacob. Ascendió pronto en la casa de Potifar, donde llegó como esclavo y terminó siendo el mayordomo principal. Lo mismo ocurrió en la prisión del Faraón, donde fue colocado como administrador. Su punto de quiebre ocurrió al interpretar los sueños de Faraón, lo que cambió radicalmente su vida. Faraón vio su carácter y sabiduría, y lo nombró su segundo en todo su gobierno. A partir de entonces, su prosperidad, bienestar y éxito no cesaron hasta su muerte.

Pero José no solo gozó de bienes y aprecio en Egipto. También fue el libertador y bienhechor de su propia familia, protegiéndola y bendiciéndola, incluso a los hermanos que lo maltrataron y vendieron. Sus palabras a ellos fueron: “… No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Génesis 50:19-21). Esas palabras de José son muy elocuentes en cuanto lo buena persona que era. El bienestar, el poder, la riqueza y la fama no corrompieron su carácter, al igual que tampoco las adversidades y las injusticias. Siempre fue un hombre de bien, un ejemplo a seguir.

La clave en la vida de José fue su relación con Dios. Dios lo conocía y bendecía, y él lo sabía. José temía y respetaba a Dios, y nunca quería pecar contra Él. Reconocía que su sabiduría y entendimiento espiritual provenían de Dios y comprendió que su prosperidad era gracias a Él. José interpretó las acciones perversas de sus hermanos como parte del propósito divino para con él. Nunca se creyó en lugar de Dios (y por eso perdonó; y por eso nunca se vengó) y siempre esperó que la última palabra la tuviera Él, mirando su futuro con optimismo. (La Biblia, Génesis capítulo 37, 39-50).

José siempre vio a Dios obrando en su propia vida y en la vida de los demás. Tanto los acontecimientos felices como infelices los interpretó en función de Dios y su buena voluntad para con él. Él perennizó su reconocimiento al accionar bondadoso de Dios a su favor en los nombres de sus hijos, y el nombre del segundo de ellos lo ejemplifica: “Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi prosperidad.” (Génesis 41:52). José nunca atribuyó su prosperidad a sí mismo, sino a Dios. Es por eso que siempre fue noble, sencillo y humilde de carácter.

Nuestra vida en este mundo tiene bien y también mal. Tanto lo malo como lo bueno de la vida tienen que perfeccionar para bien nuestro carácter y nuestra personalidad. La vida de José nos da la clave para que la prosperidad y la adversidad de la vida siempre nos ayuden a ser mejores seres humanos para con Dios y los hombres.

Si deseamos que el éxito y la prosperidad de Dios no nos deformen ni dañen, debemos relacionarnos con Dios como José. Él vivió por la fe, viendo lo visible y transitorio de la vida a través de la buena voluntad de Dios. Así debemos vivir también, disfrutando de las bendiciones de Dios y usando esas bendiciones para ser mejores personas ante Él y ante nuestros semejantes.

¡Qué Dios nos ayude, a quienes hoy creemos en Jesús Su Hijo, para que el bien, la prosperidad y el éxito que nos da nos transformen en mejores hijos suyos! Amén y amén.