Ser bueno, el desafío cotidiano de todo hijo de Dios por medio de Jesucristo.

Hace unos días vi a dos personas que se trataban mal el uno al otro. En su interacción acalorada había solo dureza. Sus palabras y sus acciones de ida y vuelta no reflejaban bondad.

Ese suceso me marcó y me hizo pensar en la bondad de Dios y en la necesidad que tenemos los seres humanos de ser buenos con nuestros semejantes.

Comparto mi reflexión por escrito porque creo que todos los cristianos estamos llamados a mostrar nuestra fe por medio de una personalidad buena y bondadosa.

Dios es bueno y nosotros, quienes creemos en él y le seguimos por medio de Jesucristo Su Hijo, también tenemos que serlo. Ser buenos es el desafío y el reto cotidiano que tenemos que vivir todos y cada uno de los hijos de Dios mientras estamos en esta tierra.

La palabra “bueno” es un adjetivo que, en el ámbito moral y personal, es utilizado para describir y calificar a una persona que: 1) tiene bondad en su naturaleza o carácter y 2) se comporta y se conduce de una manera justa, correcta y virtuosa, y en conformidad con su bondadosa esencia.

Dios, en el sentido de la definición previa es, por antonomasia, el Bueno, el Único Bueno Perfecto y Pleno, tanto en su naturaleza personal como en sus obras, que siempre son total y enteramente buenas.

Está escrito: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100:5). Jesucristo, siguiendo esta verdad, y refiriéndose al carácter y al obrar bueno de Dios le dijo a uno, que lo llamó “Maestro bueno”: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (Marcos 10:18).

Este Dios Bueno es nuestro Creador y también nuestro Redentor. Él nos creó buenos, pero el pecado, la desobediencia, nos hizo malos. Dios, sin embargo, porque nos ama y porque nos quiere buenos, nos redimió por medio de Jesucristo Su Hijo, quien murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para nuestra justificación (Romanos 4:25).

Los cristianos, todos y cada uno de nosotros, dondequiera que vivamos, estamos llamados a ser buenos y ha hacer lo bueno, como nuestro Creador y Redentor. Ser buenos, en esencia y en hechos, como nuestro Dios, es nuestro desafío, nuestro reto divino, como hijos de Dios y nuevas criaturas en Cristo Jesús.

El apóstol Pablo escribió: “Por el contrario, sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.” (Efesios 4:32. Biblia Versión Traducción Lenguaje Actual).

El reto a nosotros es claro y contundente.

No podemos ser cristianos sin aceptar el desafío de ser buenos.

Dios es bueno y hace lo bueno siempre.

Nosotros también tenemos que ser buenos y hacer lo bueno en todo tiempo.

El modelo del ser y del hacer de todos los hijos de Dios por medio de Jesucristo es Dios. Dios es nuestro referente y nuestro ejemplo supremo. Tenemos que imitar a Dios al vivir en esta tierra y al relacionarnos con los que nos rodean. Efesios 5:1 afirma: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.”

El reto que nos plantea Dios en su palabra a nosotros es imposible de esquivar. Tenemos que asumirlo y cumplirlo.  ¡Dios ordena que seamos buenos y tenemos que serlo! ¿Podremos? ¡Claro que sí!

Dios nos ha hecho nacer de nuevo por medio de la fe en Jesucristo y nos ha dado el Espíritu Santo para seamos y hagamos lo que él quiere. 2 Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

La bondad es fruto del Espíritu Santo y ser bueno y bondadoso es una evidencia concreta de que él esta obrando y transformando nuestra vida a la imagen de Cristo. (Gálatas 5:22-23).

Expresemos bondad y benignidad en nuestro trato con quienes nos rodean. Empecemos en nuestra casa, con nuestra familia. Luego, en nuestro barrio, con nuestros vecinos. Continuimos, con nuestros compañeros de trabajo o de estudio. Nuestros hermanos en Cristo, asimismo, también deben experimentar y ser testigos de nuestra benignidad y apacibilidad.

¡Nosotros tenemos que ser conocidos por nuestra bondad y benignidad! ¡La misericordia, la compasión, el perdón y la benignidad deben ser visibles en nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras reacciones y nuestras acciones al tratar con los que se relacionan con nosotros!

¡En nuestra bondad y benignidad se tiene que ver la bondad y la benignidad del Dios que nos ha creado y redimido por medio de Jesucristo, Dios hecho Hombre! Amén y amén.

Tu rutina… ¿la gozas alegremente o la sufres amargamente?

Tu rutina…

¿la gozas alegremente

o

la sufres amargamente?

La vida es rutina.

Todo es rutinario.

La rutina es lo acostumbrado, lo habitual, lo usual, lo repetitivo, lo monótono, lo asiduo, lo constante.

La rutina es “la vida” misma o también “la muerte”.

El universo funciona rutinariamente, si no funcionase así, todo sería caos, confusión y desorden. No se podría planificar nada. Todo sería inseguro. No habría estabilidad.

Los seres humanos también funcionamos rutinariamente. Es normal y lógico que así sea, pues, ya hemos visto que el universo mismo se conduce rutinariamente. Nosotros hacemos siempre las mismas cosas. Nuestro vivir está llena de repeticiones.

Nosotros los seres humanos somos los únicos que podemos decidir cómo vivir nuestra rutina. El universo no decide nada. Los cosas inanimadas y las seres vivos no personales como las plantas y los animales tampoco. Solo nosotros los seres humanos decidimos voluntariamente cómo es que vamos a vivir nuestra rutina.

La rutina se puede vivir con gozo, con alegría. Nosotros podemos disfrutar y satisfacernos en todo lo que vivimos repetidamente día tras día. Podemos deleitarnos con todo y con todos en nuestra rutina. Dios nos ha dado el privilegio y el deber de gozarnos (Eclesiastés 5:18).

La rutina también puede vivirse con quejas, con amargura, con resignación y con desesperanza. Nosotros podemos resistir nuestra rutina y frustrarnos con cada cosa que tenemos y que hacemos cada día. Podemos estar enojados contra toda nuestra rutina y también contra todos los que participan de ella.

La rutina puede darte “vida” o puede darte “muerte”, pero no será por ella misma, sino por tu propia responsabilidad, ya que el cómo asumes y vives la rutina y tu propia rutina es tu elección personal. Nadie excepto tú decides personalmente cómo afrontar tu rutina. (Eclesiastés 2:11).

La rutina no va a cambiar.

Ella es así y será siempre así. Imponente. Impasible. Insensible. Su condición es inmutable, excepto una catástrofe, que la cambie, que la mute. Nosotros podemos huir y escapar de nuestra rutina, pero eso no significa que ya no volveremos a tener una; no es ni será así, lo único que ocurrirá es que volveremos a tener otra rutina, es decir, la reemplazaremos por otra.

Siempre tenemos que despertarnos, asearnos, vestirnos, alimentarnos; saludar, trabajar, descansar, dormir, etc.

Siempre hay que relacionarnos con otros. Con nuestros padres, hermanos, cónyuges, suegros, primos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.

El problema nunca es nuestra rutina.

El problema es cómo asumimos la rutina.

Todas nuestras actividades son rutinarias y expresan nuestra estabilidad y seguridad. Debemos gozarnos de esa rutina y de sus beneficios. Y si somos normales, lo disfrutaremos, excepto que estemos presos, esclavos, enfermos, o en tribulación constante.

Pero toda condición rutinaria, por más pesada, dolorosa y sufrida que sea, puede ser asumida con gozo.

Salomón, en su Eclesiastés, analizó lo rutinario de la vida.

Salomón examinó lo trabajoso, lo pesado y lo amargo de la rutina del universo y de la vida humana. En su análisis, él descubrió que quien sufre la rutina de la vida es el hombre (o mujer), pero no cualquier hombre (o mujer), sino el hombre (o mujer) que pierde, que abandona a Dios. El hombre (o mujer) que deja de temer y de honrar a Dios es aquel (o aquella) a quien la rutina frustrará, decepcionará, resentirá y amargará.

Nosotros tenemos que ver a Dios en nuestra rutina. Nosotros tenemos que estar agradecidos a Dios porque tenemos una rutina y podemos vivirla. Nuestra rutina es una bendición de Dios. Nuestra rutina es una expresión de que estamos vivos y de que seguimos vivos.

Cada acto de nuestra rutina tiene que ser optimista y si eres un creyente en Dios por medio de Jesucristo Su Hijo con muchísima mayor razón.

Para nosotros los cristianos Dios está en nuestra rutina. Dios nos ayuda a vivir nuestra rutina. Dios nos perfecciona con y en nuestra rutina. Dios nos usa y se glorifica con y en nuestra rutina. La Biblia es clarísima al respecto.

Cuando nosotros creemos en Jesús y le seguimos tenemos a Dios en nuestra rutina por él es Emanuel y él trae a Dios a nuestras vidas (Mateo 1.22-23). Nuestra rutina, que es nuestra vida, ya no la vivimos solos, nosotros la vivimos con Dios.

Me he extendido con este asunto de la rutina.

Lo que sucede es que he visto que mi rutina la puedo disfrutar o la puedo sufrir.

Yo quiero disfrutar mi rutina.

Me he propuesto gozarme en todo lo que es repetitivo en mi vida.

La rutina la podemos vivir pensando y rumiando en lo malo de todo y en lo malo de todos y amargadnos así la vida. No es saludable vivir así. No vale la pena vivir así. Es dañino para nosotros mismos y también para quienes nos rodean.

Al vivir la rutina hay que pensar en Dios, y en los bueno de todo y de todos. Entonces, nuestros pensamientos serán guardados en paz y tendremos gozo y gratitud constante al vivir nuestra rutina terrestre. ¡Qué Dios nos ayude a vivir gozosos la rutina terrestre hasta que Dios nos lleve a su reino eterno!

¡Qué Dios nos transforme y se glorifique con nuestra rutina de cada día!

Amén y amén.

¿Cómo tener relaciones realistas y saludables con los que nos rodean?

Introducción.

Los seres humanos vivimos siempre con un constante e inevitable contacto con otros seres humanos. Nacemos, crecemos, trabajamos, descansamos, jugamos… y morimos entre seres humanos.

Toda nuestra vida está entre otros y con otros. Siendo que es así y que no podemos escaparnos de esa realidad, tenemos que asumirla y determinar en consecuencia cómo es que vamos a vivir entre (y con) los que están a nuestro alrededor.

Todos nosotros tenemos padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc.

Si estamos en un barrio, tenemos vecinos y amigos y… también enemigos.

Si estamos en el colegio o en la universidad, tenemos profesores y compañeros de clase.

Si ya trabajamos, tenemos a nuestros jefes y a nuestros compañeros o a nuestros subordinados y a nuestros compañeros si es que nosotros somos los jefes.

El día que nos casamos, si lo hacemos, tendremos cónyuge, hijos, suegros, cuñados, etc.

Si somos creyentes, tenemos a nuestros pastores, a nuestros diáconos, a nuestros maestros y a nuestros hermanos.

Tenemos que vivir con otros y entre otros. Dios ha diseñado así la vida de todos los hombres. Es su voluntad buena, agradable y perfecta que vivamos entre otros y con otros (Romanos 12:1).

Pero el pecado, que invadió a nuestro planeta a causa de la desobediencia de Adán y que quebrantó la voluntad buena y agradable y perfecta de Dios, ha distorsionado toda nuestra vida, incluyendo, desde luego, nuestras interrelaciones personales, es por eso que estas nuestras relaciones se tornan ásperas, duras, difíciles, incómodas y hasta insoportables.

El tema que nos ocupa plantea una interrogante desafiante: ¿Cómo tener relaciones realistas y saludables con los que nos rodean? La pregunta presupone los hechos siguientes:

  1. Tenemos relaciones interpersonales inevitablemente.
  2. Nuestras relaciones tienen que ser realistas porque si no lo son tendremos mucha frustración.
  3. También, nuestras relaciones tienen que ser saludables porque si no lo son viviremos mal nosotros y también los que nos rodean.
  4. Sí se puede tener relaciones realistas y saludables con aquellos que nos rodean y nos rodearán mientras estemos en esta tierra.
  5. Las relaciones realistas y saludables al vivir entre otros y con otros dependen de nosotros mismos.
  6. Es vital que vivamos entre otros y con otros aceptando y viviendo lo que la Biblia dice sobre nosotros y todos los seres humanos.

La idea central de esta exposición es la siguiente: Vivir realista y saludablemente con otros sí nos es posible. Como es posible, nosotros examinaremos lo que tenemos que hacer para que así sea.

Gracias a Dios, lo tenemos a él y a su Espíritu, para ayudarnos en este menester; y también tenemos la Biblia, que nos alumbrará y nos dirá qué tenemos que hacer para vivir bien con y entre aquellos que nos rodean.

A continuación, las decisiones y acciones personales que nosotros debemos asumir para vivir realista y saludablemente con otros y entre otros:

Primero: Determina vivir bajo el principio de amar como Dios y Cristo aman y han mandado que amemos.

Los cristianos estamos llamados a vivir nuestra vida bajo la ley del amor. No estamos hablando aquí del amor como el mundo lo ve, sino del amor según Dios, que es un amor de nuestra voluntad, no solamente de nuestras emociones.

Dios es amor dice la Biblia (1 Juan 4:7-12). Su esencia y su naturaleza toda es amor. Su acto irrefutable de amor ha sido, es y será siempre Jesucristo, Su Hijo, a quién dio y envío a esta tierra para nuestra salvación. (Juan 3:16; Romanos 5:8).

Jesucristo amó y se entregó a sí mismo por su iglesia (Juan 15:9-10). Toda su vida y sus obras fueron motivadas por su capacidad de amar. Su ministerio terrenal, sus padecimientos indecibles y su horrible muerte en la cruz no tienen otra explicación mayor que su amor por nosotros los seres humanos.

Dios nos ha ordenado que amemos a nuestro prójimo (Levítico 19:18; Mateo 22:39). Por lo general, el que ama a su prójimo no le hace mal (Levítico 19:13-17) y es por eso que el que ama a su prójimo ha cumplido la ley (Romanos 13:8-10).

También tenemos el mandato de amar a nuestros enemigos (Mateo 5:43-48). En consecuencia, el mandato de amar tiene que obedecido porque Dios nos lo ordena y porque nos ha capacitado para cumplirlo (Romanos 5:5).

Asimismo, quienes profesamos fe en Jesucristo y somos miembros de Su Cuerpo, Su Iglesia, tenemos que amar a nuestros hermanos en la fe cómo él nos ha amado a nosotros. (Juan 13:31-35; 1 Juan 3:10-24; 4:7-21).

El amor de Dios en nosotros por medio del Espíritu Santo es la clave al vivir con otros y entre otros. El amor de Dios nos ayuda a disfrutar la vida con otros y entre otros cuando todo va bien. El amor de Dios también nos ayuda a sobrellevar y soportar la vida con otros y entre otros cuando todo no va tan bien.

El amor de Dios y nuestra capacidad de amar como Dios nos ha amado en Cristo Jesús es vital al relacionarnos con otros y entre otros. A esta capacidad de amar divinamente hay que añadirle la determinación de hacerlo, cueste lo que cueste. Ya que amar, y amar como Dios ama, es un acto de nuestra voluntad. Tenemos que decidir amar a quienes nos rodean. ¡Vivamos y relacionémonos con otros en función del amor de Dios! Amén.

Segundo: Cumple tus deberes bíblicos para con aquellos que te rodean.

En mi experiencia, he notado que muchos de los problemas interpersonales se suscitan debido al incumplimiento de roles. Nosotros tenemos deberes que cumplir y los que nos rodean esperan que los cumplamos. Desde luego, nosotros también esperamos que los que nos rodean cumplan sus deberes. Cumplir los deberes que nos corresponden es vital para tener buenas relaciones con los que nos rodean.

Si eres hijo: Éxodo 20:12; Efesios 6:1-3; Colosenses 3:20. (Honra a tu padre y a tu madre. Obedece a tu padre y a tu madre. La obediencia a los padre es en todo).

Si eres hermano: Génesis 4:9. (Cuida, protege, vela, ayuda, socorre a tu hermano).

Si eres empleado: Efesios 6:5-8; Colosenses 3; 1 Pedro 2:18. (Obedece, respeta, sirve sin vigilancia y de buena voluntad a quien te da trabajo. Mira a Dios y no al hombre al trabajar para tu jefe).

Si eres patrón: Efesios 6:9. (Respeta, sirve, cuida, trata justa y con buena voluntad a tus empleados. No amenaces, no coacciones a tu empleado. Mira a Dios y trata a tus empleados como Dios te trata a ti).

Si eres amigo: Proverbios 17:17. (Se fiel, dispuesto y disponible a ellos en todo tiempo).

Si eres discípulo: Hebreos 13:7, 17. (Se dócil, leal, respetuoso y fácil de cuidar).

¿Qué hacemos si nosotros cumplimos nuestros roles pero los otros no? La respuesta es “fácil”. Nosotros tenemos que seguir cumpliendo nuestros roles sin desanimarnos ni enojarnos por el hecho de que los otros no cumplen los suyos. Así, con nuestro ejemplo y nuestras palabras, les motivamos a cumplir los suyos, y oramos también por ellos para que asuman su responsabilidad y hagan lo que deben hacer.

Si la situación no cambia y los otros persisten en no cumplir sus roles, nosotros seguimos cumpliendo nuestros roles y aprendemos a soportar y a sobrellevar esa situación sin quejarnos, ni resentirnos y sin dejar de vivir gozosos.

Tercero: Ten la meta de ser de edificación y de ánimo a todos aquellos que se relacionan contigo.

Nos movemos en base a propósitos y a determinaciones. Al convivir con otros, tenemos que tener el objetivo de bendecir y animar a toda persona que trata y tratará con nosotros.

Romanos 14:19. (Nosotros tenemos que seguir todo lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. Nuestro camino nunca es ser un tropiezo ni un estorbo a nadie, sino un estímulo).

Romanos 15:1-3. (Nosotros tenemos que soportar las flaquezas de los débiles, y buscar agradar a nuestro prójimo en lo que es bueno. Hacemos estas dos cosas siguiendo el ejemplo de Jesucristo).

1 Tesalonicenses 2:11. (Nosotros tenemos que exhortar y consolar a aquellos que están a nuestro alrededor).

1 Corintios 10:23-24. (Nosotros tenemos que obrar siempre lícitamente, pero tenemos que evitar hacer lo que nos es lícito, si es que no da edificación alguna a quienes nos rodean. Nuestra meta no es nuestro propio beneficio, sino el del otro).

1 Corintios 10:31-33. (Nosotros buscamos siempre la gloria de Dios en todo nuestro obrar. Por eso, nosotros no hacemos tropezar a otros, pues no procuramos nuestro beneficio, sino el de los que nos rodean. En última instancia, nosotros buscamos siempre la salvación de otros por medio de nuestras acciones, que siempre tienen que ser cristocéntricas y espirituales).

Los hombres y mujeres que viven a nuestro alrededor tienen que, de parte nuestra, recibir edificación, ánimo, aliento, consuelo, fortaleza e impulso para hacer lo bueno al vivir en esta tierra. Nuestra presencia debe ser buscada. Nosotros debemos ser una inspiración para todos los que nos rodean.

Cuarto: Aprende a sufrir agravios y a perdonar las ofensas.

Los seres humanos somos pecadores e imperfectos. Esto implica que necesariamente vamos a ofender y agraviar a los que nos rodean. Es más, nosotros mismos vamos a recibir ofensas y agravios de aquellos que conviven y se relacionan con nosotros.

Las ofensas y los agravios son inevitables. En consecuencia, necesitamos manejar espiritualmente estas cosas.

Tenemos que aprender a perdonar y a pedir perdón. También, es vital que aprendamos a sufrir pérdidas para evitar una guerra mayor (que generará más pérdidas) y mantener nuestra paz y la paz con otros.

1 Corintios 6:1-11. (En este párrafo somos instruidos a no agraviar ni defraudar a nadie. Enseña, también, que debemos estar listos a sufrir agravio y defraudación. Lo que nunca debemos hacer nosotros es prolongar la contienda).

1 Pedro 2:18-25. (Hay que soportar a empleadores difíciles, injustos y violentos. Aun cuando esos empleadores sean así, a nosotros nos toca sobrellevarlos y soportarlos, sin dejar de hacer lo bueno e imitar a nuestro Señor Jesucristo).

Marcos 11:25-26. (Nosotros tenemos que perdonar a quienes nos ofenden, afrentan y agravian. Nosotros no podemos dirigirnos a Dios en oración si tenemos en nuestro corazón rencor u ofensas sin perdonar).

Efesios 4:32. (Nosotros tenemos que ser misericordiosos, y perdonadores, e imitadores de Dios en nuestro trato con otros. Obramos con otros como Dios obró en Cristo a nuestro favor).

Mateo 18:21-22. (Nosotros debemos perdonar ilimitadamente. Nosotros no tenemos que estar contando un límite de ofensas perdonables. No. Todas las ofensas tenemos que perdonarlas).

Lucas 23:34. (Jesús perdonó todo el mal que los principales líderes judíos y el parte del pueblo de Israel le hicieron mientras estuvo en la tierra. Nosotros estamos llamados a perdonar, a perdonar, a perdonar).

Hechos 7:60 (Esteban fue calumniado y acusado injustamente, y juzgado en un juicio armado, y sentenciado y ejecutado violenta y cruelmente, pero, aun así él perdonó dramática y genuinamente).

2 Timoteo 4:16-18 (Pablo fue desamparado y dejado solo cuando se enfrentó al león, pero aun así él intercedió por los que lo abandonaron, y perdonó y no guardó rencor).

Quinto: Decide vivir en paz con todos los hombres y deja el hacer justicia a Dios.

Esto significa que nuestro corazón tiene que estar sano y sin ningún sentimiento de rencor ni de odio contra ninguna persona que se relacione o se haya relacionado dolosamente con nosotros. Nuestro corazón tiene que estar en paz y si ninguna cuenta pendiente contra nadie.

En este caso, no es tanto lo que pasa en el corazón de los otros, sino lo que pasa en nuestro corazón. Todo sentimiento de venganza y de hacer justicia por nuestra cuenta debe ser eliminado de nuestro corazón.

A nosotros nos toca estar en paz con el que nos hace daño y encomendar la causa y el perjuicio en la manos de Dios. Nosotros nunca podemos tomar la justicia por nuestra mano.

Romanos 12:17-21. (Nosotros no pagamos a nadie mal por mal. Nosotros procuramos lo bueno delante de los hombres y para todos los hombres. Nos toca estar en paz con todos. No nos toca vengarnos, sino dejar lugar a la ira de Dios. Nosotros le hacemos bien al que nos hace mal. Nosotros vencemos el mal haciendo el bien).

Mateo 5:38-48. (Nosotros no vivimos bajo la ley del ojo por ojo y diente por diente. Nosotros estamos en esta tierra para hacer lo bueno aun a aquellos que nos hacen mal. Nosotros no podemos aborrecer a nadie, nosotros estamos llamados a amar a nuestro prójimo y también a nuestros enemigos. Nos toca bendecir, orad y hacer bien a aquellos que nos maldicen y nos hacen mal. Nosotros tenemos que ser buenos como nuestro Dios que le hace bien a buenos y a malos. Tenemos que ser distintos a los publicanos y a los gentiles, que no temen a Dios. Nosotros tenemos que ser como Dios, nuestro Padre).

2 Timoteo 4:14-15. (Alejandro el Calderero le causó muchos males a Pablo, pero él no le guardó rencor, sino que lo dejo en manos de Dios. Nosotros no somos jueces de nadie, pero sí podemos poner a todos los que nos hacen mal en manos de Dios).

Sexto: Espera rechazo, desacuerdos y abandono sin sorprenderte sobremanera.

No todos te van a querer, ni van a estar de acuerdo contigo, ni van a querer tu compañía.

Aprende a no sufrir y a no resentirte por el hecho de que no todos te quieran. Es normal que así sea. Es más, tú mismo no “quieres” a todos los que te quieren, ni estás de acuerdo con todo lo que otros te dicen, ni “quieres” andar con todos lo que quieren andar contigo.

El rechazo, el desacuerdo, el abandono y aún la traición son normales entre hombres y mujeres pecadores. Hay que esperar estas cosas y hay estar preparados para asumirlas y reaccionar ante ellas espiritualmente.

Mateo 5:10-12. (En un mundo bajo el dominio del diablo, el usurpador; y gobernado por hombres pecadores codiciosos y rebeldes a Dios; y habitado por hombres y mujeres pecadores alejados de Dios y Su Palabra; es normal y lógico que los hombres y mujeres temerosos de Dios sufran persecución e injusticias constantemente. No hay que sorprenderse de tal realidad. Jesucristo la anticipó y afirmó que así fueron perseguidos también los profetas. Es mejor aceptar que así es y gozarse por sufrir por causa de Cristo, teniendo en mira el galardón que él tiene para sus seguidores).

Marcos 3:21, 31-35; Juan 7:1-9. (Jesucristo sufrió, por ejemplo, la incredulidad, el rechazo y la incomprensión de su propia madre y hermanos. De acuerdo a los textos alistados, ellos pensaban que él estaba fuera de sí. Es por eso que querían aprenderlo y llevarlo a casa).

Juan 10:21-22. (Para muchos de los judíos que le oían y que eran testigos oculares de lo que Jesús hacía, él estaba endemoniado).

Juan 8:60-66. (Jesucristo tuvo la tristeza y frustración de ver a varios de sus discípulos estar en desacuerdo con él, y murmurando contrariados por sus enseñanzas, y abandonándole decepcionados de él y sus enseñanzas para no andar más con él. Eso sí, Jesús también tuvo el gozo de ver que sí tenía verdaderos seguidores).

Marcos 14:43-46. (Jesucristo sufrió la traición de Judas Iscariote, pero aun así, él lo trató amable y misericordiosamente en el instante mismo en que éste lo entregó a sus verdugos).

No hay que hacerse falsas ilusiones. Podemos amar (y tenemos que amar) y hacer el bien a todos (y tenemos que hacerlo), pero eso no significa necesariamente que todos nos quieran, y semqueden con nosotros, y nos hagan bien, y no nos defrauden. Preparémonos para la soledad, la ingratitud, el mal trato y la traición sin sorprendernos ni resentirnos.

Sétimo: Vive con la meta de cumplir 1 Corintios 10:31-33.

La Biblia no nos ha dejado en tinieblas en cuánto a nuestras relaciones interpersonales. Tenemos pautas e instrucciones claras y realistas. Dios no nos pide lo que no podemos cumplir.

Lo que está escrito está a nuestro alcance y el párrafo de 1 Corintios 10:31-33 resume y alista en forma específica y clara las metas que deben movernos al relacionarnos con otros:

  1. Tenemos que glorificar a Dios (31). Básicamente, siempre tenemos que preguntarnos si es que la forma en que nuestra relación e interacción con otros está glorificando y honrando a Dios.
  2. Tenemos que evitar ser un tropiezo a otros: ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios (32). En este caso, al relacionarnos e interactuar con otros, tenemos que preguntarnos si estamos estimulando sus vidas o siendo un tropiezo o estorbo a ellos.
  3. Tenemos que procurar la salvación de todos los hombres (33). Por último, al relacionarnos e interactuar con otros, el objetivo de que sean salvos por medio de Jesucristo y Su Evangelio siempre tiene que estar presente.

Nuestro enfoque al vivir es agradar a Dios y vamos a agradarle siempre si es que vivimos teniendo como metas 1 Corintios 10:31-33. Ese texto resume lo que tiene que ser nuestra vida en esta tierra. ¡Qué Dios nos ayude!

Conclusión

Las buenas relaciones con nuestro prójimo sí son posibles si es que tenemos una perspectiva bíblica de lo que Dios quiere de nosotros en esta área de nuestra vida y si es que nosotros somos obedientes y valientes para hacer lo que él nos demanda.

Nuestra relación con Dios es la clave al relacionarnos con otros. Tenemos que tratar a otros como él nos trata a nosotros. Esto implica que el amor, la misericordia, la paciencia, la bondad, el perdón y todo atributo de Dios tienen que ser los ingredientes con los que sazonamos nuestras relaciones con otros.

Al relacionarnos con otros, tenemos que ser realistas, no ilusos. No vamos a agradar a toda persona y tampoco todos van a querer estar junto a nosotros. Vamos a ser ofendidos y agraviados. Pero, aún así, podemos estar en paz y sin ningún sentimiento de odio ni de venganza para con los que nos han hecho algún daño. Nuestro corazón puede estar en paz porque nuestra meta principal es agradar y darle gloria a Dios.

Los cristianos tenemos que vivir con otros de una manera tal que sean bendecidos y edificados (los no creyentes, tienen que ver el evangelio y a Jesús en nuestras vidas; los creyentes deben encontrar edificación y ánimo para servir a Dios al tratar con nosotros). El cristiano no debe ser conocido por hacer mal al prójimo sino el bien. Nuestra vida y obras deben mostrar que somos la sal y la luz del mundo (Mateo 5:13-16).

La llenura del Espíritu Santo y nuestra sumisión a su obra en nosotros es vital al relacionarnos con quienes nos rodean (Efesios 5:18-20). La carne siempre tratará de que nos relacionemos con otros pecaminosamente, pero por el Espíritu y obra nosotros seremos victoriosos al relacionarnos con ellos cristiana y espiritualmente.

Tenemos un reto grande y Dios nos ha capacitado con su Espíritu (Gálatas 5:23-23) y Su palabra (Colosenses 3:16) para vivir con otros en una forma edificante, armoniosa y pacífica. ¡Dios sea glorificado por eso! Amén y amén.