Dios está e interesado en la humanidad. En especial, él está atento y presto para oír y socorrer al acorralado y al que se ve perdido y sin esperanza. La especialidad de Dios son las causas imposibles. Toda su bondad y poder se ponen acción para darle salida y camino al atrapado.
Ismael tuvo una vida buena y holgada. Era hijo único de un hombre anciano cuya riqueza era considerable. Sus primeros catorce años fueron buenísimos. Él tenía toda la atención de su padre y de su madre, que era la esclava de la esposa de su padre. La vida le sonreía. Él era el heredero único de todas las posesiones de su padre.
Pero, la vida siempre tiene sus peros. Tenemos que aprender a vivir con ellos y a pesar de ellos. Los peros de la vida nos deben fortalecer y hacernos crecer.
La vida de Ismael cambió a partir del nacimiento de Isaac, su hermano. Su hermano Isaac era hijo de su padre y de la esposa de su padre. Ahora, Ismael ya no era hijo único. Además, el amor de su padre se enfocó en Isaac, porque era su hijo en su propia esposa, y porque lo había tenido en su vejez, y porque nació gracias al poder milagroso de Dios.
A Ismael, el cambio de su posición en la casa de su padre, le afectó mucho. Su vida fue trastocada y no supo afrontar la situación. Su frustración fue tan grande, que empezó a burlarse de su hermano pequeño. Esta conducta burlona contra su hermano fue vista por su madrasta, quién pidió a su padre que, tanto él como su madre, fuesen echados del hogar de la familia.
Abraham, su padre, lo amaba, no tanto como a su hermano menor, pero lo amaba y se resistía a echar de su hogar a Ismael y a su madre. Tuvo que intervenir Dios para que su padre obedeciese a su esposa y echase así a Ismael y a su madre de su casa.
El pero en la vida de Ismael se hizo mucho más crítico entonces.
Tanto él como su madre se quedaron sin hogar, sin suficientes provisiones para vivir y sin la abundante riqueza de su padre. La descripción de cómo es que fueron despedidos y echados es insensible: “Entonces Abraham (su padre) se levantó muy de mañana, y tomó pan, y odre de agua, y lo dio a Agar (su madre), poniéndolo sobre su hombre, y le entregó el muchacho, y la despidió. Y ella salió y anduvo errante por el desierto de Berseeba.” (Génesis 21:14).
En este dramático momento, Ismael tenía entre dieciséis y dieciocho años, aproximadamente. Obviamente, todo había sido muy rápido. Él y su madre estaban en shock, y no tenían idea alguna de qué hacer. Caminaron sin rumbo y solos por el desierto. Su confusión y su angustia eran grandes, muy grandes.
La situación de Ismael y de su madre se agravó muchísimo más cuando se les acabó el agua que recibieron. Su madre se dio por vencida y se dispuso a ver morir a su hijo. Ismael, empero, hizo lo que se debe hace cuando no se ve la salida. ¿Qué hizo él? El relato lo explica en esta breve frase: “… el muchacho alzo su voz y lloro.” (Génesis 21:16).
Estaban en un desierto. Normalmente, en los desiertos no hay “nadie” que escuche. Un momento. ¿No hay nadie realmente?
En ninguna manera. Existe alguien que está siempre presente. Su presencia está en todo lugar. En ese desierto inmenso, el llanto de Ismael fue escuchado. Lo escuchó Dios, quien es la única persona que siempre oye. El escritor del Génesis expone este hecho así: “Y oyó Dios la voz del muchacho…” (Génesis 21:17).
Dios no solamente escuchó la voz de Ismael para consolarlo y socorrerlo, sino para bendecirlo y constituirse en su padre proveedor y fortalecedor. Luego de esta experiencia crítica, Ismael se hizo un hombre de bien, que siempre tuvo a Dios a su lado.
¡Dios oye y socorre al desesperado y angustiado que llora!
Los seres humanos somos frágiles y no tenemos nada seguro en este mundo.
Podemos tenerlo todo y perderlo también todo en un instante.
La tragedia, el dolor, el mal, la tristeza, la frustración, la pérdida, están allí … latentes.
En forma personal, podemos perder la salud, un miembro, un órgano, la vida.
En forma familiar, podemos perder a los padres, a hermanos, al cónyuge, a hijos.
Podemos perder el trabajo, el negocio, los clientes, oportunidades, etc.
Y ni que decir de los bienes.
Como Ismael y como Agar, podemos quedarnos sin nada, y andar errantes y sin rumbo, y quedarnos aun sin esperanza ni futuro, derrotados y esperando solamente el momento de morir.
En momentos así todavía podemos hacer algo más. Ismael lo hizo. Él lloró. ¡Nosotros también debemos hacerlo! ¡Llorar es bueno! ¡Dios atiende al que llora!
¡Si lloramos, Dios oirá! ¡Y nos consolará! ¡Y nos dará fuerzas! Y nos abrirá otra vez el camino. Y volveremos a empezar, pero ya no solos, sino con él.
La historia del Ismael, de su lloró, y de cómo Dios obró en él, me ha fortalecido y animado.
Dios siempre, siempre está.
Dios nos ha dado un Salvador, que es Cristo, el Señor. Cuando nosotros creemos y seguimos a Jesucristo, ya no estamos más solos, Dios está con nosotros.
Pasé lo que pase; no nos quedemos postrados. Lloremos ante Dios. Él nos oirá, nos consolará y nos mostrará que todavía hay mucho camino que andar, y mucho que hacer, y mucho porque vivir.






