El Hospital No Es el Destino Final: La Crónica de una Batalla por la Dignidad y el Regreso a Casa
El propósito de mi entrada al hospital, y la idea que me acompañó durante toda la experiencia, era esta:
“Al hospital hay que ir para curarse de lo que es posible curar y para revertir lo que se puede revertir. El hospital no es un lugar al que se debe ir para frenar lo imparable ni para impedir lo inevitable. El hospital no es un lugar al que uno se tiene que ir para morir ni para pasar allí los últimos días de su vida en este mundo.”
Lo que sigue es la crónica de cómo esta filosofía se puso a prueba en la realidad del sistema de salud de mi país.
1. El Contexto del Paciente y la Emergencia
Mi madre tiene 91 años. Es viuda; mi padre falleció hace ya tres años. Ella camina, se asea, se cambia, va al baño y administra su dinero por sí misma. Padece de Artitris y Fibrosis Pulmonar. Por su edad y sus males, todo lo hace lento, con cansancio y algo de dolor, pero su lucidez es completa. Administra su vida y sus bienes por sí misma. No le gusta ir al médico ni al hospital. Se cura a sí misma con la medicina y los tratamientos que recibió en el hospital en su pasado, y con los remedios naturales que ha usado durante su vida. Como creyente en Dios y en Jesucristo, su confianza en Su voluntad es fuerte y la expresa en sus oraciones.
Mi madre fue llevada al hospital por un posible derrame cerebral. Su lengua estaba hinchada, no podía mover los brazos, ni caminar, y sentía un dolor y una debilidad intensos. Mi esposa y mis hijos, que la vieron y a quienes mi madre pidió que la llevasen a su cama para acostarse, se preocuparon muchísimo y la llevaron para que fuese atendida por emergencia.
La llevaron a una clínica particular, primero; pero al no tener ésta servicio de emergencia, la trasladaron a un hospital de su seguro. La asistieron aproximadamente a las 9:30 a.m. Era domingo ese día. La estabilizaron de inmediato con una pastilla de Atorvastatina y sugirieron una Tomografía al cerebro, para ver la posible causa de su emergencia y darle un tratamiento restaurador.
La Tomografía se la hicieron fuera del hospital (El Tomógrafo del hospital estaba malogrado). Me reuní con mi madre y mi familia en el lugar de la Tomografía. Una vez hecha la Tomografía, volvimos al hospital. (Ese retorno fue un error; lo entenderán al seguir con el relato).
2. La Estancia y la Tiranía del Protocolo.
Mi madre estuvo en el hospital cinco noches y seis días. A continuación el detalle de lo que ocurrió:
El Primer Día: Parálisis Dominical.
El primer día tomó la pastilla de Atorvastatina. Se le hizo una Tomografía (fuera del hospital) y estuvimos esperando al Neurólogo, para que leyese el reporte y diese su diagnóstico y su receta. Tristemente, por ser domingo, el especialista no vino y mi madre tuvo que quedarse en el hospital.
Ella estuvo sentada en una silla de ruedas porque no había una cama libre, ni en el pasadizo, ni en una habitación.
En la noche, sin embargo, la ubicaron en un dormitorio, con otros siete pacientes. Ese dormitorio, estaba atendido por una doctor/a, una enfermera/o y una técnica/o. En ese ambiente, se le desnudó, se le puso pañal y se la acostó. No “tenía” que levantarse para nada allí, ni para ir al baño. La habitación era fría y le dije al personal que mi madre podría agravarse.
Yo no pude acompañarla en ese frío ambiente, tuve que salir y solo podría visitarla durante una hora cada día. “Ese es el protocolo del hospital en dormitorio” se me dijo, cuando objeté.
Aunque dejé a mi madre en el hospital, no lo hice con convicción. Mis razones: 1) Mi madre tiene 91 años. 2) Mi madre quería volver a su casa. 3) Ella estuvo estable todo ese día y sin recibir más medicación. 4) El Neurólogo no vendría sino hasta las 11 a.m. del día siguiente. 5) No vi en la doctora encargada de su atención una convicción de que mi madre se quedase; nos dijo varias veces que el hospital era peligroso para pacientes como mi madre.
¿Por qué, entonces, la dejé? 1) Somos 7 hermanos y necesitábamos unanimidad. 2) La doctora no me dijo clara y contundentemente: “lleve a su madre a casa y trátela ambulatoriamente”. 3) El hospital no dio de alta a mi madre; le otorgó una cama. 4) Se me explicó que, según el protocolo, el alta de mi madre sería mi responsabilidad y que no recibiría ni diagnóstico oficial, ni tratamiento, ni medicina del hospital.
El Segundo Día: La Confirmación de la Inutilidad.
El segundo día (lunes) fue igual que el primero, pero “peor”. No pude saber nada de mi madre sino hasta entre la 1 y 2 de la tarde del lunes. No se me dijo mucho.
El Neurólogo dijo que la Tomografía mostró que mi madre tuvo un “derrame” antiguo y que no vio un derrame actual, sino a lo mucho un pre derrame. Aun así no le dio el alta.
Ese día también la examinó el cardiólogo y no le encontró nada extraño en el contexto de su edad.
Las horas pasaron y pasaron, y no hubo alta.
Cuando la visitamos en su lecho, mi madre nos manifestó su incomodidad y su deseo de volver a su casa. Fue duro escuchar su pedido, sin concedérselo.
Se quedó una noche más.
El Tercer Día: El Hospital como Agente de Perjuicio.
Yo estaba muy impaciente y estresado por no ver a mi madre. Ya era martes. Por mi impotencia y frustración, quebranté el protocolo. Intervino la seguridad y la policía. A Dios gracias, mi acción no llegó a mayores, pero sí hizo que el personal del hospital me prestase “más” atención.
La doctora me dio más explicación ese día. Me dijo que mi madre padecía de Fibrosis Pulmonar (ya sabíamos) y que estaban haciéndole pruebas para dilucidar el porqué de su exacerbación respiratoria. Le informé, que como familia, no autorizábamos pruebas invasivas. Ella tomó anotó lo que dije.
Se me informó entonces que le harían una Tomografía más, esta vez sería de su pulmón. Como el Tomógrafo estaba malogrado. Ese examen se haría fuera del hospital, como a 25 minutos e sería llevada en la ambulancia.
Esperamos ese examen todo el día.
Cuando llegó la noche, “la Tomografía no se hará hoy”, pensé. No fue así. El hospital la llevó a ese examen como a las 9 de la noche. Gracias a Dios, mi hermano y yo acompañamos a mi madre. Fue bueno que fuimos, pues la vimos y hablamos y la ayudamos a sobrellevar su viaje, tanto al ir como al volver.
Por cierto, objeté que mi madre fuese de noche a esa Tomografía (Corría mucho viento, mi madre es friolenta, y no sale de noche casi nunca). La doctora me dijo que conseguir una cita es muy difícil y que debía aprovecharla.
Mi madre recuerda ese su viaje en la ambulancia como una viaje en “carretilla”. Le fue muy incómodo viajar acostada todo el trayecto.
Mi madre pasó otra noche más en la emergencia.
El Cuarto Día: Deterioro y Resignación.
Miércoles. Era feriado y el hospital funcionaba al mínimo. Mi madre estaba muy agotada y desmejorada. Ella estaba perdiendo la confianza en sus hijos y también en el personal del hospital.
Para este momento de su hospitalizacion, mi madre ya estaba con oxígeno. Y alucinaba. Y se quejaba de que la tenían amarrada (En ese hospital, no sé si en todos, para evitar que los pacientes se dañen, atan sus manos a la cama. No “hay” mala intención; es por seguridad). “Entiendo” su porqué, pero para el paciente lúcido, que se vale por sí mismo, esa práctica de “seguridad” tiene que ser terrible.
Cuando vi a mi madre, me angustié y no “quise” estar en su delante.
La doctora no me dio más información. ¿Por qué? Porque el reporte del Tomógrafo debía ser visto por el especialista, el Neumólogo que, por ser feriado, no estaba presente.
En el momento de la visita, no entré. Dejé que entrasen mis familiares. A todos, sin embargo, les dije: “No le digan a mí madre que ya va a salir.” (Ella nos pedía que la llevásemos a casa).
Ese día, por cierto, falleció uno de los pacientes de su habitación. (Mi madre no se dio cuenta; hubiese sido peor, pues cree que en el hospital “matan” a los pacientes. Si se hubiese dado cuenta, confirmaba su “creencia”.).
Añado un detalle del martes que no mencioné. Al salir para ir a la Tomografía, u paciente, y también mi madre, compartieron que uno de los médicos había dicho que ella recibiría su alta el miércoles.
En consecuencia, en parte del martes y parte del día miércoles, mi madre tuvo la esperanza de volver ya a su casa. Esa esperanza, sin embargo, se desvaneció tan pronto como llegó la noche de ese miércoles.
Mi madre se quedó otra noche más.
El Quinto Día: El Quiebre Emocional.
El quinto día (jueves) fue triste y desesperanzador. Ver a mi madre me fue muy doloroso. Ese día tampoco se nos dio un reporte claro del diagnóstico de mi madre. Repitieron lo mismo que los días anteriores. (Todavía no entiendo el porqué, ya que no era feriado, y seguro que sí había un Neumólogo de turno).
Para ese momento, el aspecto de mi madre no era bueno. Ese día ni mis hermanos ni sus nietos fueron a verla, solo mi esposa y yo. Mi madre, en esencia, se despidió de nosotros. Ya no nos habló de volver a la casa. Ella solo nos dijo que ya “no” tendrá una reunión con todos sus hijos. Nos contó sus sueños y alucinaciones, en los que la llamaban y llamaban. Mi madre se había resignado a “morir” en el hospital.
Mi esposa y yo salimos muy afligidos del hospital. (Mi padre, de 89 años, falleció allí, después de 2 semanas de estadía).
Mi madre se quedó una noche más en el hospital.
El cuadro de mi madre (aún viva) y mi padre (ya muerto) en el hospital me quebrantó. No me quedé en el hospital. No había razón para estar allí (en un sentido, también “estaba resignado”). Volví a mi casa muy, pero muy afligido.
Todos en casa vieron mi angustia.
Me acosté e intenté dormir un poco, pero no pude. En mi mente solo pensaba en que mi madre, pase lo que pase, debía estar en su casa, no en el hospital. Para que mi madre saliese teníamos solo dos opciones: el alta médica o el alta voluntaria. Lo primero dependía del hospital, pero no la dieron antes, ahora menos. La segunda opción dependía de nosotros sus hijos, pero necesitábamos unanimidad y no la teníamos.
Mi angustia fue tan grande que clamé y lloré ante Dios, diciéndole que no permitiese que mi madre muriese en el hospital, sino en su casa, junto a su familia. No puedo dar el dato de cuánto tiempo estuve a llorando y clamando a solas a Dios, pero sí les diré que derramé mi alma y toda mi angustia ante él.
Luego, llamé por teléfono a un buen amigo mío. No me contestó, pero le dejé un mensaje contándole mi angustia y la razón de ella. (Por cierto, mi amigo me dijo que no oyó el mensaje. No importa. Narrar mi tristeza en su buzón me ayudó muchísimo).
Una vez calmado, busqué la unanimidad fraternal para el alta voluntaria de mi madre. Gracias a Dios, esta unanimidad se logró. Mi ánimo y mi alegría se desbordaron.
Como mi madre estaba con oxígeno en el hospital, hice las gestiones necesarias para tener oxígeno en casa. Dios nos fue propicio y obtuvimos lo que necesitábamos. Uno mi hermano me ayudó con todo eso.
Nuestro plan fue retirar a nuestra madre del hospital esa misma noche, pero por el consejo de un médico y de amigos, decidimos solicitar el alta al día siguiente.
Mi madre durmió su última noche en el hospital.
El Sexto Día: El Triunfo de la Voluntad.
Me desperté temprano, pero no me afané, ya sabía como funcionaba el hospital. No me atenderían sino hasta a partir de las 9 de la mañana. No valía la pena ir antes de esa hora.
Al llegar al hospital, le dije al vigilante que necesitaba hablar con la doctora encargada. El vigilante fue hasta ella y cuando le dio mi nombre y el nombre de mi madre, la doctora le dijo: “Ya he hablado con él, que vuelva a la 1 pm, para el reporte acostumbrado.”
Al oír su respuesta, que me cerraba la puerta e inmovilizaba (era las 9.30 am en ese momento), dije: “Dígale a la doctora que he venido a solicitar el alta voluntaria de mi madre”. El vigilante fue con mi mensaje a la doctora. Cuando salió, me dijo: “La doctora dice que el alta ocurrirá bajo su responsabilidad.” Sí, le dije.
El vigilante volvió a hablar con la doctora. Al salir, me dijo: “La doctora hablará con usted tan pronto atienda otros asuntos urgentes de su turno.”
La doctora me llamó a eso de las 11.30 a.m., más o menos. Estaba junto al Neumólogo. Me explicó el cuadro que veía en mi madre (No necesito colocar todo el cuadro clínico que se nos dio). Este diagnóstico se desprendió de la Tomografía del día martes (Nos lo dieron después de dos días). No había justificación alguna para esa demora, pero no había ido a discutir.
La doctora trató de explicarme que necesitaban más análisis para confirmar sus diagnósticos. Nosotros, si embargo, ya no queríamos que nuestra madre siguiese en el hospital. El Neumólogo vio mi determinación, y le dijo a la doctora: “El señor entiende la situación de su familiar y sabe lo que sigue, así que firmaré su alta.” En otras palabras, mi madre saldría del hospital con su alta, lo cual le permitiría contar con su programa paliativo, gracias al seguro de mi difunto padre.
Eras las 12 del medio día cuando empecé a tramitar el alta de mi madre. Hice todo en función de lo que me aconsejó el doctor. Luego, lo más difícil … esperar, esperar y esperar.
Mi madre, sin razón alguna, salió del hospital a eso de las 7 de la noche del día viernes. Estuvimos esperando una ambulancia para llevarla a casa. Pero no era necesario. Mi madre, finalmente, bajó de la camilla de su ambiente de emergencia, la sentaron en una silla de ruedas, y la acercaron a la ambulancia. Una vez allí, ella misma se paró y subió a la ambulancia; se fue sentada a casa, y con oxígeno.
En la casa, la acostamos en su cama, y le colocamos el oxígeno que ya estaba listo, y nos alegramos de volverla a tener entre nosotros otra vez. Mi madre por fin estaba en su casa otra vez. Su alegría fue inmensa.
En contraste, ese día murió un paciente más en el ambiente donde estuvo mi madre.
4. Conclusión: Un Llamado a la Humanización.
El propósito de esta crónica es ayudar a todos los que trabajan y se relacionan con el sistema de salud de mi país. Los hospitales son una gran ayuda y, aunque no existe la perfección ni la ausencia de error en este mundo, pero siempre podemos crecer y hacer mejor todo lo que hacemos.
En esta crónica, todos quienes estuvimos inmersos en los sucesos podríamos habernos desenvuelto mejor. Mi escrito está hecho en pro de esa mejora. Siempre se puede mejorar.
Como hijo, he aprendido que debo respetar la voluntad de mi madre. Ella sabe que sus males y su condición no son reversibles, pero no quiere terminar su vida este mundo en un hospital.
Los Médicos, enfermeras y personal administrativo deben aprender a trabajar con los familiares. No se deben encerrar en sus conocimientos y protocolos. Tienen que saber que no todos los pacientes necesitan el mismo protocolo, pero siempre necesitan a su familia.
Los Burócratas de la salud tienen que oír a los pacientes y a quienes trabajan día a día con ellos. Sus protocolos deben ser uniformes, pero quienes los aplican deben tener libertad para obrar conforme a cada paciente en particular.
Los familiares de los pacientes, y los propios pacientes, tienen que aprender que el hospital no puede curar lo incurable y no puede revertir lo irreversible.
Hay que demandar de los hospitales lo que está a su alcance, no lo que no lo está. Y hay que recordar siempre que, sobre todo: el hospital es para curar y revertir lo sanable y reversible, pero el lugar para vivir sobrellevando lo no curable e irreversible, con dignidad y apoyo familiar y amical, siempre es el hogar.
…
Mi madre salió del hospital el 10 de octubre del 2025. Hoy (19 de noviembre 2025), que escribo esta nota, ya es más de un mes que está en nuestra casa. Dentro del contexto de su edad y de sus males, ella está relativamente bien.
Mi madre sigue en actividad y haciendo las mismas cosas que hacía antes de ir al hospital. Desde luego, sus males y su edad siguen su inevitable avance, hasta su desenlace.
Nosotros, su familia, tanto los que estamos cerca como los que están lejos, siempre estamos con ella. Ella está mucho más vigilada que antes. Será así hasta que Dios lo determine.
El hospital le brinda a mi madre oxígeno (son muy eficientes en este servicio) y también un médico para cuidado paliativo que, Dios mediante, la verá por primera vez en unos pocos días.
Mi oración continua a Dios por mi madre (que confía en Dios y tiene la esperanza de la vida eterna por creer y seguir a Jesucristo) es esta: “Alivia, oh Dios, sus dolores y sus males, y fortalece su cuerpo y su mente, para sobrellevar su vejez y sus males hasta que la lleves contigo al paraíso.”
Muchas gracias por leer y apreciar esta crónica. Si le encuentras provecho, mi satisfacción será muy grande. Si tienes a alguien en mente que podría beneficiarse de esta crónica, compártesela.
Salmo 118:5
“Desde la angustia invoqué a JAH, y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso.”
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