La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

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#FeComunitaria

#FeEIntercesión

#FeMisionera

#SoberaníaDivinaYFe

Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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El Hospital No Es el Destino Final: La Crónica de una Batalla por la Dignidad y el Regreso a Casa.

El Hospital No Es el Destino Final: La Crónica de una Batalla por la Dignidad y el Regreso a Casa

El propósito de mi entrada al hospital, y la idea que me acompañó durante toda la experiencia, era esta:

“Al hospital hay que ir para curarse de lo que es posible curar y para revertir lo que se puede revertir. El hospital no es un lugar al que se debe ir para frenar lo imparable ni para impedir lo inevitable. El hospital no es un lugar al que uno se tiene que ir para morir ni para pasar allí los últimos días de su vida en este mundo.”

Lo que sigue es la crónica de cómo esta filosofía se puso a prueba en la realidad del sistema de salud de mi país.


1. El Contexto del Paciente y la Emergencia

Mi madre tiene 91 años. Es viuda; mi padre falleció hace ya tres años. Ella camina, se asea, se cambia, va al baño y administra su dinero por sí misma. Padece de Artitris y Fibrosis Pulmonar. Por su edad y sus males, todo lo hace lento, con cansancio y algo de dolor, pero su lucidez es completa. Administra su vida y sus bienes por sí misma. No le gusta ir al médico ni al hospital. Se cura a sí misma con la medicina y los tratamientos que recibió en el hospital en su pasado, y con los remedios naturales que ha usado durante su vida. Como creyente en Dios y en Jesucristo, su confianza en Su voluntad es fuerte y la expresa en sus oraciones.

Mi madre fue llevada al hospital por un posible derrame cerebral. Su lengua estaba hinchada, no podía mover los brazos, ni caminar, y sentía un dolor y una debilidad intensos. Mi esposa y mis hijos, que la vieron y a quienes mi madre pidió que la llevasen a su cama para acostarse, se preocuparon muchísimo y la llevaron para que fuese atendida por emergencia.

La llevaron a una clínica particular, primero; pero al no tener ésta servicio de emergencia, la trasladaron a un hospital de su seguro. La asistieron aproximadamente a las 9:30 a.m. Era domingo ese día. La estabilizaron de inmediato con una pastilla de Atorvastatina y sugirieron una Tomografía al cerebro, para ver la posible causa de su emergencia y darle un tratamiento restaurador.

La Tomografía se la hicieron fuera del hospital (El Tomógrafo del hospital estaba malogrado). Me reuní con mi madre y mi familia en el lugar de la Tomografía. Una vez hecha la Tomografía, volvimos al hospital. (Ese retorno fue un error; lo entenderán al seguir con el relato).


2. La Estancia y la Tiranía del Protocolo.

Mi madre estuvo en el hospital cinco noches y seis días. A continuación el detalle de lo que ocurrió:

El Primer Día: Parálisis Dominical.

El primer día tomó la pastilla de Atorvastatina. Se le hizo una Tomografía (fuera del hospital) y estuvimos esperando al Neurólogo, para que leyese el reporte y diese su diagnóstico y su receta. Tristemente, por ser domingo, el especialista no vino y mi madre tuvo que quedarse en el hospital.

Ella estuvo sentada en una silla de ruedas porque no había una cama libre, ni en el pasadizo, ni en una habitación.

En la noche, sin embargo, la ubicaron en un dormitorio, con otros siete pacientes. Ese dormitorio, estaba atendido por una doctor/a, una enfermera/o y una técnica/o. En ese ambiente, se le desnudó, se le puso pañal y se la acostó. No “tenía” que levantarse para nada allí, ni para ir al baño. La habitación era fría y le dije al personal que mi madre podría agravarse.

Yo no pude acompañarla en ese frío ambiente, tuve que salir y solo podría visitarla durante una hora cada día. “Ese es el protocolo del hospital en dormitorio” se me dijo, cuando objeté.

Aunque dejé a mi madre en el hospital, no lo hice con convicción. Mis razones: 1) Mi madre tiene 91 años. 2) Mi madre quería volver a su casa. 3) Ella estuvo estable todo ese día y sin recibir más medicación. 4) El Neurólogo no vendría sino hasta las 11 a.m. del día siguiente. 5) No vi en la doctora encargada de su atención una convicción de que mi madre se quedase; nos dijo varias veces que el hospital era peligroso para pacientes como mi madre.

¿Por qué, entonces, la dejé? 1) Somos 7 hermanos y necesitábamos unanimidad. 2) La doctora no me dijo clara y contundentemente: “lleve a su madre a casa y trátela ambulatoriamente”. 3) El hospital no dio de alta a mi madre; le otorgó una cama. 4) Se me explicó que, según el protocolo, el alta de mi madre sería mi responsabilidad y que no recibiría ni diagnóstico oficial, ni tratamiento, ni medicina del hospital.

El Segundo Día: La Confirmación de la Inutilidad.

El segundo día (lunes) fue igual que el primero, pero “peor”. No pude saber nada de mi madre sino hasta entre la 1 y 2 de la tarde del lunes. No se me dijo mucho.

El Neurólogo dijo que la Tomografía mostró que mi madre tuvo un “derrame” antiguo y que no vio un derrame actual, sino a lo mucho un pre derrame. Aun así no le dio el alta.

Ese día también la examinó el cardiólogo y no le encontró nada extraño en el contexto de su edad.

Las horas pasaron y pasaron, y no hubo alta.

Cuando la visitamos en su lecho, mi madre nos manifestó su incomodidad y su deseo de volver a su casa. Fue duro escuchar su pedido, sin concedérselo.

Se quedó una noche más.

El Tercer Día: El Hospital como Agente de Perjuicio.

Yo estaba muy impaciente y estresado por no ver a mi madre. Ya era martes. Por mi impotencia y frustración, quebranté el protocolo. Intervino la seguridad y la policía. A Dios gracias, mi acción no llegó a mayores, pero sí hizo que el personal del hospital me prestase “más” atención.

La doctora me dio más explicación ese día. Me dijo que mi madre padecía de Fibrosis Pulmonar (ya sabíamos) y que estaban haciéndole pruebas para dilucidar el porqué de su exacerbación respiratoria. Le informé, que como familia, no autorizábamos pruebas invasivas. Ella tomó anotó lo que dije.

Se me informó entonces que le harían una Tomografía más, esta vez sería de su pulmón. Como el Tomógrafo estaba malogrado. Ese examen se haría fuera del hospital, como a 25 minutos e sería llevada en la ambulancia.

Esperamos ese examen todo el día.

Cuando llegó la noche, “la Tomografía no se hará hoy”, pensé. No fue así. El hospital la llevó a ese examen como a las 9 de la noche. Gracias a Dios, mi hermano y yo acompañamos a mi madre. Fue bueno que fuimos, pues la vimos y hablamos y la ayudamos a sobrellevar su viaje, tanto al ir como al volver.

Por cierto, objeté que mi madre fuese de noche a esa Tomografía (Corría mucho viento, mi madre es friolenta, y no sale de noche casi nunca). La doctora me dijo que conseguir una cita es muy difícil y que debía aprovecharla.

Mi madre recuerda ese su viaje en la ambulancia como una viaje en “carretilla”. Le fue muy incómodo viajar acostada todo el trayecto.

Mi madre pasó otra noche más en la emergencia.

El Cuarto Día: Deterioro y Resignación.

Miércoles. Era feriado y el hospital funcionaba al mínimo. Mi madre estaba muy agotada y desmejorada. Ella estaba perdiendo la confianza en sus hijos y también en el personal del hospital.

Para este momento de su hospitalizacion, mi madre ya estaba con oxígeno. Y alucinaba. Y se quejaba de que la tenían amarrada (En ese hospital, no sé si en todos, para evitar que los pacientes se dañen, atan sus manos a la cama. No “hay” mala intención; es por seguridad). “Entiendo” su porqué, pero para el paciente lúcido, que se vale por sí mismo, esa práctica de “seguridad” tiene que ser terrible.

Cuando vi a mi madre, me angustié y no “quise” estar en su delante.

La doctora no me dio más información. ¿Por qué? Porque el reporte del Tomógrafo debía ser visto por el especialista, el Neumólogo que, por ser feriado, no estaba presente.

En el momento de la visita, no entré. Dejé que entrasen mis familiares. A todos, sin embargo, les dije: “No le digan a mí madre que ya va a salir.” (Ella nos pedía que la llevásemos a casa).

Ese día, por cierto, falleció uno de los pacientes de su habitación. (Mi madre no se dio cuenta; hubiese sido peor, pues cree que en el hospital “matan” a los pacientes. Si se hubiese dado cuenta, confirmaba su “creencia”.).

Añado un detalle del martes que no mencioné. Al salir para ir a la Tomografía, u paciente, y también mi madre, compartieron que uno de los médicos había dicho que ella recibiría su alta el miércoles.

En consecuencia, en parte del martes y parte del día miércoles, mi madre tuvo la esperanza de volver ya a su casa. Esa esperanza, sin embargo, se desvaneció tan pronto como llegó la noche de ese miércoles.

Mi madre se quedó otra noche más.

El Quinto Día: El Quiebre Emocional.

El quinto día (jueves) fue triste y desesperanzador. Ver a mi madre me fue muy doloroso. Ese día tampoco se nos dio un reporte claro del diagnóstico de mi madre. Repitieron lo mismo que los días anteriores. (Todavía no entiendo el porqué, ya que no era feriado, y seguro que sí había un Neumólogo de turno).

Para ese momento, el aspecto de mi madre no era bueno. Ese día ni mis hermanos ni sus nietos fueron a verla, solo mi esposa y yo. Mi madre, en esencia, se despidió de nosotros. Ya no nos habló de volver a la casa. Ella solo nos dijo que ya “no” tendrá una reunión con todos sus hijos. Nos contó sus sueños y alucinaciones, en los que la llamaban y llamaban. Mi madre se había resignado a “morir” en el hospital.

Mi esposa y yo salimos muy afligidos del hospital. (Mi padre, de 89 años, falleció allí, después de 2 semanas de estadía).

Mi madre se quedó una noche más en el hospital.

El cuadro de mi madre (aún viva) y mi padre (ya muerto) en el hospital me quebrantó. No me quedé en el hospital. No había razón para estar allí (en un sentido, también “estaba resignado”). Volví a mi casa muy, pero muy afligido.

Todos en casa vieron mi angustia.

Me acosté e intenté dormir un poco, pero no pude. En mi mente solo pensaba en que mi madre, pase lo que pase, debía estar en su casa, no en el hospital. Para que mi madre saliese teníamos solo dos opciones: el alta médica o el alta voluntaria. Lo primero dependía del hospital, pero no la dieron antes, ahora menos. La segunda opción dependía de nosotros sus hijos, pero necesitábamos unanimidad y no la teníamos.

Mi angustia fue tan grande que clamé y lloré ante Dios, diciéndole que no permitiese que mi madre muriese en el hospital, sino en su casa, junto a su familia. No puedo dar el dato de cuánto tiempo estuve a llorando y clamando a solas a Dios, pero sí les diré que derramé mi alma y toda mi angustia ante él.

Luego, llamé por teléfono a un buen amigo mío. No me contestó, pero le dejé un mensaje contándole mi angustia y la razón de ella. (Por cierto, mi amigo me dijo que no oyó el mensaje. No importa. Narrar mi tristeza en su buzón me ayudó muchísimo).

Una vez calmado, busqué la unanimidad fraternal para el alta voluntaria de mi madre. Gracias a Dios, esta unanimidad se logró. Mi ánimo y mi alegría se desbordaron.

Como mi madre estaba con oxígeno en el hospital, hice las gestiones necesarias para tener oxígeno en casa. Dios nos fue propicio y obtuvimos lo que necesitábamos. Uno mi hermano me ayudó con todo eso.

Nuestro plan fue retirar a nuestra madre del hospital esa misma noche, pero por el consejo de un médico y de amigos, decidimos solicitar el alta al día siguiente.

Mi madre durmió su última noche en el hospital.

El Sexto Día: El Triunfo de la Voluntad.

Me desperté temprano, pero no me afané, ya sabía como funcionaba el hospital. No me atenderían sino hasta a partir de las 9 de la mañana. No valía la pena ir antes de esa hora.

Al llegar al hospital, le dije al vigilante que necesitaba hablar con la doctora encargada. El vigilante fue hasta ella y cuando le dio mi nombre y el nombre de mi madre, la doctora le dijo: “Ya he hablado con él, que vuelva a la 1 pm, para el reporte acostumbrado.”

Al oír su respuesta, que me cerraba la puerta e inmovilizaba (era las 9.30 am en ese momento), dije: “Dígale a la doctora que he venido a solicitar el alta voluntaria de mi madre”. El vigilante fue con mi mensaje a la doctora. Cuando salió, me dijo: “La doctora dice que el alta ocurrirá bajo su responsabilidad.” Sí, le dije.

El vigilante volvió a hablar con la doctora. Al salir, me dijo: “La doctora hablará con usted tan pronto atienda otros asuntos urgentes de su turno.”

La doctora me llamó a eso de las 11.30 a.m., más o menos. Estaba junto al Neumólogo. Me explicó el cuadro que veía en mi madre (No necesito colocar todo el cuadro clínico que se nos dio). Este diagnóstico se desprendió de la Tomografía del día martes (Nos lo dieron después de dos días). No había justificación alguna para esa demora, pero no había ido a discutir.

La doctora trató de explicarme que necesitaban más análisis para confirmar sus diagnósticos. Nosotros, si embargo, ya no queríamos que nuestra madre siguiese en el hospital. El Neumólogo vio mi determinación, y le dijo a la doctora: El señor entiende la situación de su familiar y sabe lo que sigue, así que firmaré su alta.” En otras palabras, mi madre saldría del hospital con su alta, lo cual le permitiría contar con su programa paliativo, gracias al seguro de mi difunto padre.

Eras las 12 del medio día cuando empecé a tramitar el alta de mi madre. Hice todo en función de lo que me aconsejó el doctor. Luego, lo más difícil … esperar, esperar y esperar.

Mi madre, sin razón alguna, salió del hospital a eso de las 7 de la noche del día viernes. Estuvimos esperando una ambulancia para llevarla a casa. Pero no era necesario. Mi madre, finalmente, bajó de la camilla de su ambiente de emergencia, la sentaron en una silla de ruedas, y la acercaron a la ambulancia. Una vez allí, ella misma se paró y subió a la ambulancia; se fue sentada a casa, y con oxígeno.

En la casa, la acostamos en su cama, y le colocamos el oxígeno que ya estaba listo, y nos alegramos de volverla a tener entre nosotros otra vez. Mi madre por fin estaba en su casa otra vez. Su alegría fue inmensa.

En contraste, ese día murió un paciente más en el ambiente donde estuvo mi madre.


4. Conclusión: Un Llamado a la Humanización.

El propósito de esta crónica es ayudar a todos los que trabajan y se relacionan con el sistema de salud de mi país. Los hospitales son una gran ayuda y, aunque no existe la perfección ni la ausencia de error en este mundo, pero siempre podemos crecer y hacer mejor todo lo que hacemos.

En esta crónica, todos quienes estuvimos inmersos en los sucesos podríamos habernos desenvuelto mejor. Mi escrito está hecho en pro de esa mejora. Siempre se puede mejorar.

Como hijo, he aprendido que debo respetar la voluntad de mi madre. Ella sabe que sus males y su condición no son reversibles, pero no quiere terminar su vida este mundo en un hospital.

Los Médicos, enfermeras y personal administrativo deben aprender a trabajar con los familiares. No se deben encerrar en sus conocimientos y protocolos. Tienen que saber que no todos los pacientes necesitan el mismo protocolo, pero siempre necesitan a su familia.

Los Burócratas de la salud tienen que oír a los pacientes y a quienes trabajan día a día con ellos. Sus protocolos deben ser uniformes, pero quienes los aplican deben tener libertad para obrar conforme a cada paciente en particular.

Los familiares de los pacientes, y los propios pacientes, tienen que aprender que el hospital no puede curar lo incurable y no puede revertir lo irreversible.

Hay que demandar de los hospitales lo que está a su alcance, no lo que no lo está. Y hay que recordar siempre que, sobre todo: el hospital es para curar y revertir lo sanable y reversible, pero el lugar para vivir sobrellevando lo no curable e irreversible, con dignidad y apoyo familiar y amical, siempre es el hogar.

Mi madre salió del hospital el 10 de octubre del 2025. Hoy (19 de noviembre 2025), que escribo esta nota, ya es más de un mes que está en nuestra casa. Dentro del contexto de su edad y de sus males, ella está relativamente bien.

Mi madre sigue en actividad y haciendo las mismas cosas que hacía antes de ir al hospital. Desde luego, sus males y su edad siguen su inevitable avance, hasta su desenlace.

Nosotros, su familia, tanto los que estamos cerca como los que están lejos, siempre estamos con ella. Ella está mucho más vigilada que antes. Será así hasta que Dios lo determine.

El hospital le brinda a mi madre oxígeno (son muy eficientes en este servicio) y también un médico para cuidado paliativo que, Dios mediante, la verá por primera vez en unos pocos días.

Mi oración continua a Dios por mi madre (que confía en Dios y tiene la esperanza de la vida eterna por creer y seguir a Jesucristo) es esta: “Alivia, oh Dios, sus dolores y sus males, y fortalece su cuerpo y su mente, para sobrellevar su vejez y sus males hasta que la lleves contigo al paraíso.”

Muchas gracias por leer y apreciar esta crónica. Si le encuentras provecho, mi satisfacción será muy grande. Si tienes a alguien en mente que podría beneficiarse de esta crónica, compártesela.


Salmo 118:5

“Desde la angustia invoqué a JAH, y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso.”

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¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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Mi batalla cotidiana: Dejar “el púlpito de boquilla” y Vivir lo que enseño y predico.

“A cada instante y en cada circunstancia peleo por no ser ni el escriba ni el fariseo a quienes Jesús reprochó duramente.”

Jesucristo no veía con agrado a una gran parte de “los escribas” y de “los fariseos”. Sus palabras para con este gran sector religioso judío fueron durísimas. El capítulo 23 del libro de Mateo está dirigido por entero a ambos grupos religiosos.

El discurso de Jesús contra esas dos facciones del judaísmo de su tiempo fue severo e inflexible. Cada versículo del capítulo 23 es una condena al “ser” y al “hacer” de los escribas y fariseos. Los “Ayes” contra ellos son difíciles de asumir. Siempre que leo esa porción de la escritura temo y me estremezco. En ninguna manera quiero esas palabras dirigidas hacia mí. No quiero ser ni “escriba” ni “fariseo”.

Los escribas y los fariseos, que eran enemigos de Jesús y que fueron confrontados por él, están en mi mente en estos días. Ellos eran los maestros de Israel y los que enseñaban la ley de Dios al pueblo.

Jesús hace referencia a la posición y al trabajo de maestros de los escribas y los fariseos con esta declaración: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” (San Mateo 23:2-3).

En estas sus palabras, Jesús destaca tres asuntos claves sobre los escribas y fariseos: 1) Su autoridad, hablaban y enseñaban con la autoridad de Moisés y de la ley de Dios dada a él; 2) Su precisión y fidelidad al exponer y enseñar la ley de Dios en la vida de los israelitas, Jesús afirma que sus oyentes debían guardar y hacer lo que ellos enseñaban. 3) Su terrible y condenable pecado, ellos mismos no practicaban ni guardaban lo que le enseñaban a guardar y hacer a otros.

De estos tres aspectos, el que me amonesta y me asusta es el tercero: “Su terrible y condenable pecado”. No quiero cometerlo. No quiero practicarlo. “No quiero ser escriba ni fariseo” en ese aspecto.

Esa es mi batalla diaria. (Y la de todo siervo y obrero de Dios).

Mi lucha cotidiana es no practicar, no guardar, ni hacer lo que le enseño y le pido a otros que practiquen, guarden y hagan.

Los escribas y fariseos eran “catedráticos de boquilla” y “maestros de pizarra”. Eran exigentes y estrictos en enseñar a cumplir la ley de Dios a otros, pero no a sí mismos. Su magisterio era inflexible y riguroso para con sus estudiantes, mas no para consigo.

Jesús denunció la doble vara de los escribas y fariseos con estas palabras: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y la ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4).

Mi combate habitual como predicador y maestro de la Biblia, la palabra de Dios, es no ser parte de los escribas ni de los fariseos que fueron reprendidos con justa razón por Jesucristo, Dios hecho Hombre.

No quiero convertirme en un Predicador y Maestro Bíblico de Boquilla. No quiero exigirle a otros lo que no me exijo a mí mismo. No es bueno ni justo que utilice la posición y la autoridad que da el enseñar la palabra de Dios para pedir que la cumplan otros, pero no yo.

Si anunció que la Biblia manda que los seres humanos se acerquen a Dios por medio de Jesucristo para obtener perdón de pecados y vida eterna, tengo que estar acercándome verdaderamente a Dios únicamente por medio de Jesús.

Si enseño que la palabra de Dios dice que todo hijo de Dios debe testificar de Jesucristo y predicar el evangelio a toda criatura en todo tiempo, tengo que dar el ejemplo e ilustrar tal enseñanza por medio de una vida que testifica y evangeliza siempre.

Si enseño que la Biblia dice que se tiene que perdonar a otros sus ofensas, tengo que ser el primero en practicar y obedecer esa enseñanza.

Si enseño que la Biblia ordena a los hijos que cuiden de sus padres cuando ya son ancianos, tengo que obeceder esa palabra y cuidar a mis padres en su vejez.

Si predico que la Biblia manda que los hijos de Dios tienen que orar sin cesar, debo estar guardando y obedeciendo ese mandato y orando, por tanto, en todo tiempo y en toda circunstancia,

En fin …

No quiero ser un maestro ni un predicador merecedor del capítulo 23 de Mateo.

Esta mi lucha es, también, creo yo, la lucha de todo pastor, misionero y evangelista que quiere ser fiel a Dios y a su palabra. Todo aquel que se sienta (se para) en la “cátedra de Moisés” (el púlpito) del siglo XXI guerrea para no ser ni el escriba ni el fariseo al que reprendió Jesús.

Voy a terminar este testimonio de mi batalla.

Necesito la ayuda de Dios para no caer en el craso yerro de los escribas y fariseos de los días de Jesús. Al igual que ellos, soy pecador e imperfecto. No estoy libre de ese su tropiezo.

Tengo que velar y orar para no caer en esta horrible tentación. Jesús dijo que la carne es débil y él tiene mucha razón. Necesito, por tanto, orar sin cesar para no caer ni convertirme en un reprochable y condenable escriba y fariseo moderno.

Requiero de la intercesión y la ayuda en oración de mis hermanos en Cristo para no ser un predicador y maestro que no practica ni obedece lo que él mismo predica y enseña.

¡Dios y Padre de Jesucristo, auxíliame en mi lucha consciente por no ser un predicador ni un maestro que no practica la palabra tuya que enseño a tus hijos! Amén y amén.

El Mayor Gozo: Ver Vidas Transformadas por Jesucristo y Su Evangelio.

El mayor gozo de quienes predican y enseñan el evangelio de Jesucristo es ver a la gente creyendo, creciendo, sirviendo y viviendo en Cristo y para Cristo.

Los predicadores son creyentes y siervos de Dios que también viven por Cristo y para Cristo. Sus vidas están consagradas a su Salvador y a la extensión del evangelio de salvación. Ellos aman a los que no siguen a Cristo y tienen compasión de su perdida condición. Les duele verles perdidos y es por eso que entregan sus vidas para llevarles el evangelio.

En consecuencia, los evangelizadores se alegran grandemente cuando ven conversiones a Cristo, y crecimiento en él, y servicio fiel, y obediencia.

Dios me alegra el alma con este “mayor gozo” y lo testificaré con una experiencia personal.

“El mayor gozo” que puede experimentar un predicador del evangelio lo disfruto con frecuencia. En este escrito, sin embargo, me limitaré a un acontecimiento muy significativo. Mi “mayor gozo” lo disfrute al ver y pasar un lindo tiempo con el hermano José Palacios y su familia, el último fin de semana de setiembre. 

Conocí a José Palacios y a Segunda, su esposa, en 1988, al fin de mi primer año de estudios en el Seminario Bautista del Perú, cuando viajé a Moyobamba, para predicar y enseñar el evangelio y la palabra de Cristo en algunos pueblos de alrededor de esa ciudad. Me he encontrado con ellos después de más de tres décadas.

José y su esposa vivían y trabajaban en Ochamé, el primer pueblo en el que prediqué y enseñé. Ellos tenían tres hijos: José, Rosario y Juvenal. En Ochamé había una iglesia bautista, que fue formada por los hermanos en Cristo que migraron hasta allí desde la sierra de Piura. José y su esposa asistían de vez en cuando a las reuniones de la Iglesia. Ambos llegaron a creer en Jesús y a seguirle mientras servía yo a Dios allí.

José y Segunda se bautizaron y empezaron su vida en Cristo desde ese año hasta hoy. Ellos ya no viven en Ochamé. Dejaron esa parte de la selva de San Martín y migraron a Piura, en la costa de Perú, Ellos viven y trabajan ahora en Piura. En Piura, ellos son parte de la Iglesia Bautista Betel de Fe, en Las Dalias. Nuestros hermanos tienen a sus tres hijos, que ya son adultos, viviendo muy cerca de ellos. Su tres hijos han oído el evangelio desde pequeños, pero solo uno de ellos, José, ya está siguiendo a Cristo, nuestro Señor y Salvador. Oremos por esta pareja de esposas, para que tengan buena salud espiritual y física. Oremos también por sus hijos, para que sigan a Cristo fielmente.

Dios ha alegrado mi alma al permitirme ver, visitar, hablar y orar con esta preciosa familia. Estuve con ellos en mi último viaje a Piura. Disfrute y fui edificado al ver la forma en la que Dios ha hecho y hace su obra en todos ellos. La familia Palacios ha pasado momentos duros, pero sigue firme y fiel a nuestro Señor y Salvador. Ayudémosle con nuestras oraciones.

Los esposos Palacios me han hecho mucho bien. El trabajo en el Señor y para el Señor nunca es en vano. La palabra de Dios siempre, siempre da fruto, ¡sembrémosla en los corazones de los hombres en todo tiempo! Es una bendición grande ver a los hijos de Dios siguiendo y permaneciendo fieles a Cristo Jesús.

El apóstol Juan testificó el hecho gozoso de ver a los creyentes seguir fielmente el camino de Cristo en dos de sus tres epístolas:

“Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.” (2 Juan 1:4).

“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Juan 1:4).

Sus palabras no necesitan explicación y la alegría con la que escribió y la experiencia que he narrado las ilustran.

Los mensajeros del evangelio trabajamos duro para llevar el evangelio y ver vidas cambiadas por Jesucristo nos llena de regocijo. La escritura nos describe claramente en este siguiente texto: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmos 126‬:‭5‬-‭6‬).

El hermano José Palacios y su familia alegraron mi alma. Mi emoción y gozo fueron mayores cuando dijeron que “era su misionero, el misionero de la familia”. Me lo dijeron con un fuerte abrazo.

Estoy muy motivado a seguir mi labor de testigo de Jesucristo y su salvación. Quiero experimentando este “mayor gozo y regocijo” por más tiempo.

¡Muchas gracias por el privilegio que me has dado, Dios mío! ¡Ayúdame a predicar y a enseñar el evangelio de Cristo y la Biblia hasta que me recojas! Amén.

Mi breve, intenso y bendecido tiempo en Ostia di Lido y la Comunità Biblica Cristiana de la ciudad

Mi breve, intenso y bendecido tiempo en “… la casa de Dios, que es la iglesia del Dios Viviente, columna y valuarte de la verdad”, que vive y se expresa y sirve a Jesucristo en la ciudad de Ostia di Lido, cerca de Roma, Italia.

En Ostia di Lido existe una congregación de hijos de Dios. Esta congregación, de unas 40 a 45 personas, que creen y siguen a Jesucristo, empezó gracias al trabajo de los misioneros Michele y Anna (un matrimonio italiano), quienes conocieron a Jesucristo en Suiza. Luego de conocer al Señor, esta pareja dejó Suiza y viajó a Italia para evangelizar y discipular. Su trabajo fue bendecido y fueron varios los que creyeron. Es de esta manera que empezaron La Comunità Biblica Cristiana di Ostia, en Ostia di Lido, una ciudad cercana a Roma, la capital de Italia. (Foto: La congregación, esperando el inicio del culto a Dios).

En esta congregación hay varios ciudadanos peruanos de la serranía de Perú. Dios me dio la oportunidad de conocer a estos hermanos por medio de Andrés Estrada, quien vivió en este país y quien me contactó con ellos. Andrés me contactó con el hermano Isaías Pareja. Isaías vive y trabaja en Ostia di Lido. Isaías fue mi hospedador y el hombre clave para que yo conociese la obra de Dios y a los hermanos en Cristo en su ciudad.

Dios me dio un tiempo precioso con estos hermanos peruanos y con la iglesia en la que congregan. Mi alma se regocijó con lo que vi, tanto en las familias con las que dialogué como en la congregación en la que expuse la palabra de Dios. Es obvio que Dios está haciendo su obra en la ciudad de Ostia di Lido por medio de los hijos suyos que viven y trabajan allí.

El servicio dominical me impresionó. Escuchar cantos de alabanza a Dios por medio de Jesucristo en el idioma italiano me estremeció. Escuchar porciones de la palabra de Dios y el nombre de Jesús y su obra de salvación en italiano me sonó dulce, dulcísimo. Nunca había tenido esa experiencia y estoy contento por haberla tenido.

La predicación de la palabra de Dios fue hartamente edificante. El mensaje fue en castellano peruano con traducción al italiano. Me pareció que la congregación entendió el mensaje en los dos idiomas. El ambiente fue reverente, respetuoso y piadoso. La presencia de Dios fue evidente. (Foto: La congregación durante el culto a Dios).

Dios edificó mi alma desde el inicio del servicio de adoración.

He quedado prendado de lo que Dios está haciendo en su iglesia y a través de sus hijos en Ostia di Lido. La iglesia de Jesús y los hijos de Dios son las manos de Dios para alcanzar a los pecadores en toda ciudad, y la ciudad de Ostia está bendecida con esta congregación.

Dios me impresionó en Ostia di Lido. Hablé del evangelio con algunas personas al pasear en un parque de la ciudad. Recuerdo a Sabrina y a Magdalena. Estas dos mujeres nos escucharon con mucha atención. Hablar con ellas sobre Dios, Jesucristo, el evangelio y nosotros pecadores, nos animó grandemente a todos los que participamos.

Tengo la intención de volver y de pasar mucho más tiempo en Italia. Veremos qué es lo que dispone al respecto. No se puede hacer nada sin Dios y su bendición así que quedo pendiente de su dirección para visitar a la iglesia una segunda vez.

Mi visita a Ostia di Lido me dejó agotado, pero muy feliz. Nada es mejor que llevar el evangelio de Jesús. Estoy contento porque, aparte de la bendición de exponer la palabra de Dios a la congregación, tuve diálogos bíblicos y teológicos con las familias con las que almorcé y cené. No existe mejor manera de invertir nuestro tiempo que hablando y escuchando de Dios, de su obra y de su voluntad. Hablar y oír la palabra de Dios junto a mis hermanos llenó mi alma de gozo. (Foto: Isaías y su preciosa familia).

Dios y su obra de salvación por medio de Jesucristo Su Hijo están presente en Ostia di Lido. Esa ciudad y sus habitantes tienen la luz del evangelio por medio de los hijos de Dios que viven allí. Los ciudadanos de Ostia di Lido tienen esperanza porque “… la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” vive y trabaja entre ellos.

¡Gracias, Dios mío, por haberme hecho conocer a tus hijos de Ostia di Lido!

¡Muchas gracias, Andrés, por ponerme en contacto con el hermano Isaías Pareja para visitar Ostia di Lido!

¡Muchas gracias, Isaías, por introducirme a tus familiares y a los hermanos de la Comunità Biblica Cristiana di Ostia!

¡Gracias, hermanos de la Comunità Biblica Cristiana di Ostia, por haberme edificado durante la exposición de la palabra de Dios!

¡Gracias, Dios y padre de Jesucristo, por Michele y Anna y su pasión evangelizadora y discipuladora!

¡Que Dios bendiga y siga usando en la evangelización de los perdidos a todos mis hermanos en Cristo que están en la ciudad de Ostia de Lido! Amén y amén.