La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

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No te niegues a hacer el bien: La urgencia y el deber de la misericordia cristiana.

“Rehusar hacerle el bien a los necesitados pudiendo hacerlo es muy grave ante Dios y ante los hombres … Evitemos incurrir en tan craso error, hijos de Dios en Jesucristo Su Hijo.” Una exposición Jesús-céntrica de Proverbios 3:27-28.

Proverbios 3:27-28 interpretado Jesus-céntricamente tiene una exhortación muy fuerte para nosotros los discípulos de Jesucristo: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.”

Los cristianos estamos en esta tierra para hacer el bien. Dios espera de nosotros actos buenos y nobles siempre. Él nos ha salvado y recreado en Jesucristo su Hijo para buenas obras. La práctica del bien hacer tiene que ser nuestra característica distintiva. Todos los que nos rodean deben ser testigos de que siempre hacemos lo bueno. Nosotros somos la luz de mundo y no podemos estar escondidos; nuestro buen vivir y obrar está a la vista de todos los hombres.

Pero hacer el bien no siempre es la disposición de nuestro ser. Nosotros somos pecadores y nos inclinamos a hacer el mal. Pero esta inclinación se evidencia también en que muchas veces nos resistimos a hacer el bien. El escritor del libro de Proverbios conoce esta nociva inclinación y es por eso que nos exhorta a no negarnos “… a hacer bien a quien es debido.”

“No te niegues a hacer el bien” nos dice el proverbio. Negar el bien a alguien es decirle “no, no te ayudo, no te socorro, no te asisto, no te apoyo en tu necesidad ni en la situación en que te encuentras.” No cuentes conmigo, no me busques, “no tienes derecho de mi ayuda.”

Negarse a hacerle el bien alguien ya de por sí es contrario a la voluntad de Dios; él quiere que hagamos el bien siempre. Sin embargo, oponerse a hacerle el bien “a quien es debido” es mucho peor. El escritor de Proverbios, con esas cuatro palabras, está describiendo a una persona verdaderamente necesitada, no solo por su condición humana contextual, sino por la justicia de causa, que Dios ha determinado en Su Palabra, en Su Ley.

En el Antiguo Testamento, estas personas eran las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Este trio de personas representaba a los desamparados y a quienes no tenían a nadie, excepto a Dios, para protegerlos y defenderlos. Consideremos el texto siguiente como evidencia:

“Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.” (Deuteronomio 24:19). (Léase también Deuteronomio 10:18; 27:19 y Jeremías 7:6).

La ayuda y el socorro a los desamparados y necesitados de nuestro entorno son una cuestión indiscutible para Dios, y tiene que también tiene que serlo para nosotros sus hijos, mucho más si es que tenemos el poder y la capacidad para hacerles bien (cuando tuvieres poder para hacerlo) y si es que tenemos con qué ayudarles.

El bien, de acuerdo al Proverbio citado, es urgente e inmediato si es que se tiene con qué (cuando tienes contigo qué darle). No se hace bien si es que se retarda la asistencia y el apoyo con la promesa de darla, sí, pero en otro momento. Demorar la asistencia cuando sí se tiene que dar es una expresión de injusticia que no se condice con nuestra condición moral y espiritual como hijos de Dios.

Los cristianos tenemos que estar dispuestos y listos para hacer el bien a las personas necesitadas siempre. Nuestra ayuda tiene que ser material y espiritual. Tenemos que estar prestos y listos para socorrer y ayudar a quienes lo requieren.

En el aspecto material, tenemos que ayudar en función no de lo que no tenemos, sino de lo que sí tenemos. En este aspecto, es muy posible que habrá momentos en que nosotros nos encontremos sin nada que dar, pero en el aspecto espiritual … siempre tenemos como ayudar a los necesitados.

Nosotros podemos ir y orar por ellos y con ellos por sus necesidades materiales.

Nosotros podemos ir a sus casas para acompañarles en su dolor o necesidad y leerles textos bíblicos acordes con su situación de carencia o tribulación.

Nosotros podemos buscar que quienes sí tienen con qué ayudar, ayuden a estas personas.

En fin.

Espiritualmente siempre podemos y tenemos que hacerle bien a quienes necesitan a Jesucristo para su salvación eterna.

Nosotros podemos y debemos presentarles el evangelio de Jesucristo a estos necesitados. Dios nos ha dado el poder del Espíritu Santo para que cumplamos esta buena obra a nuestro prójimo siempre. ¡Hagámosle este bien a los hombres con presteza, hermanos! Jesucristo es el único que puede salvarlos de su condenación eterna. Él es el único que los puede perdonarles sus pecados y limpiarlos de toda maldad. Pecamos gravemente contra Dios y contra ellos si es que les detenemos el mensaje de salvación por medio de Jesucristo.

Este proverbio doble me ha tocado el corazón otra vez. Los cristianos estamos aquí para hacer el bien a quien es debido siempre y tenemos que hacerlo. ¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a hacer el bien a nuestro prójimo necesitado en todo momento! Amén.

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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