La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

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No te niegues a hacer el bien: La urgencia y el deber de la misericordia cristiana.

“Rehusar hacerle el bien a los necesitados pudiendo hacerlo es muy grave ante Dios y ante los hombres … Evitemos incurrir en tan craso error, hijos de Dios en Jesucristo Su Hijo.” Una exposición Jesús-céntrica de Proverbios 3:27-28.

Proverbios 3:27-28 interpretado Jesus-céntricamente tiene una exhortación muy fuerte para nosotros los discípulos de Jesucristo: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.”

Los cristianos estamos en esta tierra para hacer el bien. Dios espera de nosotros actos buenos y nobles siempre. Él nos ha salvado y recreado en Jesucristo su Hijo para buenas obras. La práctica del bien hacer tiene que ser nuestra característica distintiva. Todos los que nos rodean deben ser testigos de que siempre hacemos lo bueno. Nosotros somos la luz de mundo y no podemos estar escondidos; nuestro buen vivir y obrar está a la vista de todos los hombres.

Pero hacer el bien no siempre es la disposición de nuestro ser. Nosotros somos pecadores y nos inclinamos a hacer el mal. Pero esta inclinación se evidencia también en que muchas veces nos resistimos a hacer el bien. El escritor del libro de Proverbios conoce esta nociva inclinación y es por eso que nos exhorta a no negarnos “… a hacer bien a quien es debido.”

“No te niegues a hacer el bien” nos dice el proverbio. Negar el bien a alguien es decirle “no, no te ayudo, no te socorro, no te asisto, no te apoyo en tu necesidad ni en la situación en que te encuentras.” No cuentes conmigo, no me busques, “no tienes derecho de mi ayuda.”

Negarse a hacerle el bien alguien ya de por sí es contrario a la voluntad de Dios; él quiere que hagamos el bien siempre. Sin embargo, oponerse a hacerle el bien “a quien es debido” es mucho peor. El escritor de Proverbios, con esas cuatro palabras, está describiendo a una persona verdaderamente necesitada, no solo por su condición humana contextual, sino por la justicia de causa, que Dios ha determinado en Su Palabra, en Su Ley.

En el Antiguo Testamento, estas personas eran las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Este trio de personas representaba a los desamparados y a quienes no tenían a nadie, excepto a Dios, para protegerlos y defenderlos. Consideremos el texto siguiente como evidencia:

“Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.” (Deuteronomio 24:19). (Léase también Deuteronomio 10:18; 27:19 y Jeremías 7:6).

La ayuda y el socorro a los desamparados y necesitados de nuestro entorno son una cuestión indiscutible para Dios, y tiene que también tiene que serlo para nosotros sus hijos, mucho más si es que tenemos el poder y la capacidad para hacerles bien (cuando tuvieres poder para hacerlo) y si es que tenemos con qué ayudarles.

El bien, de acuerdo al Proverbio citado, es urgente e inmediato si es que se tiene con qué (cuando tienes contigo qué darle). No se hace bien si es que se retarda la asistencia y el apoyo con la promesa de darla, sí, pero en otro momento. Demorar la asistencia cuando sí se tiene que dar es una expresión de injusticia que no se condice con nuestra condición moral y espiritual como hijos de Dios.

Los cristianos tenemos que estar dispuestos y listos para hacer el bien a las personas necesitadas siempre. Nuestra ayuda tiene que ser material y espiritual. Tenemos que estar prestos y listos para socorrer y ayudar a quienes lo requieren.

En el aspecto material, tenemos que ayudar en función no de lo que no tenemos, sino de lo que sí tenemos. En este aspecto, es muy posible que habrá momentos en que nosotros nos encontremos sin nada que dar, pero en el aspecto espiritual … siempre tenemos como ayudar a los necesitados.

Nosotros podemos ir y orar por ellos y con ellos por sus necesidades materiales.

Nosotros podemos ir a sus casas para acompañarles en su dolor o necesidad y leerles textos bíblicos acordes con su situación de carencia o tribulación.

Nosotros podemos buscar que quienes sí tienen con qué ayudar, ayuden a estas personas.

En fin.

Espiritualmente siempre podemos y tenemos que hacerle bien a quienes necesitan a Jesucristo para su salvación eterna.

Nosotros podemos y debemos presentarles el evangelio de Jesucristo a estos necesitados. Dios nos ha dado el poder del Espíritu Santo para que cumplamos esta buena obra a nuestro prójimo siempre. ¡Hagámosle este bien a los hombres con presteza, hermanos! Jesucristo es el único que puede salvarlos de su condenación eterna. Él es el único que los puede perdonarles sus pecados y limpiarlos de toda maldad. Pecamos gravemente contra Dios y contra ellos si es que les detenemos el mensaje de salvación por medio de Jesucristo.

Este proverbio doble me ha tocado el corazón otra vez. Los cristianos estamos aquí para hacer el bien a quien es debido siempre y tenemos que hacerlo. ¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a hacer el bien a nuestro prójimo necesitado en todo momento! Amén.

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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