Dicha o desdicha del pueblo: El impacto de elegir buenos o malos gobernantes.

El Pueblo y su dicha o su desdicha, que depende de quienes ejercen el poder y la autoridad en él. Un análisis de Proverbios 29:2.

El contexto macro, ya desdichado o lleno de felicidad, es crucial para que los ciudadanos de una nación trabajen y prosperen en forma personal, familiar y nacional. Y este contexto está en sus manos, en última instancia, y en las manos de aquellos a quienes ellos le entregan el poder y la autoridad de gobernarlos. 

El pueblo es el beneficiado o el perjudicado en forma crucial y directa por el gobernante que lo conduce. El gobernante será beneficioso o perjudicial para el pueblo en función de su carácter moral y del carácter moral de quienes “lo” llevan al poder y “lo” sostienen en él. El carácter moral justo, que es lo opuesto a la impiedad e injusticia, es esencial y tiene que ser cultivado por todos los ciudadanos de toda nación para tener un gobierno que les dé alegría, no tristeza.

Un texto bíblico resume el estado del pueblo en función de quienes lo gobiernan con esta declaración: “Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.” (Proverbios 29:2).

Los peruanos, que hoy tendremos un nuevo gobierno, tenemos que aprender esta afirmación bíblica y considerarla muy seriamente, para vivirla, para practicarla. El gobernante que tenemos “depende” de nosotros. En el pasado, las autoridades nos eran impuestas y nosotros no teníamos sino que aceptarlas y someternos. En el presente, sin embargo, nosotros tenemos un rol vital. Somos nosotros quienes elegimos y sostenemos a quienes nos gobiernan.

Proverbio 29:2 nos da la ligazón consecuente entre el gobernante, el pueblo y su bienestar o perjuicio, y la justicia o la impiedad que se cultiva en ellos. La secuencia es fácil de captar y asimilar.

El gobierno de los justos trae justicia y alegría al pueblo.

El diccionario español define al justo como alguien: 1) Que obra según la justicia y la razón, 2) Que se conforma a la justicia, la razón o la ley, 3) Que es imparcial y que da a cada quien lo que le corresponde, 4) Que es exacto, cabal o adecuado y 5) Que vive según la ley divina o moral y que se caracteriza por la piedad y la fe.

En Proverbios 29:2 la palabra “justos” -incluye las definiciones del idioma español-, pero pone la carga de su significado en que estas personas: 1) Temen y respetan y reverencian a Dios, 2) Se alimentan y viven en función de la leyes del Dios al que obedecen, 3) Se enfocan y buscan siempre el bienestar de quienes están bajo su cuidado y a su alrededor; el bien común es el norte de su vida y 4) Son la antítesis y lo opuesto a los impíos, que son las personas que viven en función de sí mismos, sin tomar en cuenta a su prójimo y menos a Dios. 

La palabra justos, en el texto, es especifica y se enfoca en quienes gobiernan y dominan al pueblo. Se presenta el hecho concreto de que el dominio de los justos resulta en alegría y regocijo en el pueblo. El porqué es así está ligado por el hecho de que los justos revisten de su carácter las normas, las leyes, las prácticas y el ejercicio de su poder y su autoridad en y ante el pueblo.

Un gobierno de los justos llenará de alegría a los ciudadanos porque se caracterizará: 1) No por el capricho personal ni en la ambición egoísta, sino por el afán de servir y brindar un buen ambiente de vida a todo el pueblo. 2) Por la equidad y la igualdad ante la ley de los gobernados, 3) Por la verdad, la transparencia y la ausencia de corrupción en el aparato gubernamental y la burocracia, 4) El cuidado digno y solidario de los vulnerables e indefensos de la población y 5) Por el respeto y el temor a Dios por parte de los gobernantes y de todo el pueblo.

Pero, siempre hay un pero, en este mundo. Si quienes gobiernan son impíos, el pueblo gemirá, y mucho.

El Gobierno de los impíos trae injusticia y gemido al pueblo.

El gobierno de los impíos es la antítesis del gobierno de los justos y el proverbista lo contrasta magistralmente: “… mas cuando domina el impío, el pueblo gime”, declara.

El impío se caracteriza por vivir fuera de la justicia y la razón. El impío no trata a todos por igual ni en base a la ley, sino en función de su preferencia personal; él no le da a cada quien lo que le corresponde. Su móvil no es el bien común, sino su propio beneficio y el de sus allegados. Por último, el impío no toma en cuenta a Dios y no le preocupan sus leyes y su buena voluntad; esa es la raiz de su impiedad.

El impío, por tanto, es un gobernante malo. La injusticia institucionalizada por su iniciativa y su ejemplo hará sufrir a su pueblo. El peso de la corrupción, el abuso de poder y la desprotección generarán gemido y padecimiento en los ciudadanos.

Los ciudadanos se lamentarán, se quejarán y padecerán impotentes a ese tipo de gobernante y de gobierno porque ellos tienen protección legal y el monopolio de la fuerza para mantenerse en el poder. “Derrocar” y “liberarse” de un gobierno de los impíos es muy complicado y difícil, de allí que el sufrimiento y el gemido del pueblo es muchísimo mayor. (Cuba, Venezuela, son casos emblemáticos y actuales de este tipo de gobiernos).

El cultivo de la justicia como valor supremo en el pueblo es esencial para que siempre gobiernen los justos.

En el tiempo presente la elección de los gobernantes está en manos del pueblo, de los ciudadanos. Son ellos quienes escogen por medio de su voto al gobernante de sus naciones. Esto es así en muchos de los países de este mundo, en especial, en las regiones influenciadas por la cultura occidental.

Los ciudadanos, en consecuencia, tienen que esforzarse en ser justos y en cultivar la justicia en su modo de vivir. El desarrollo del carácter moral acorde con la imagen del Dios creador y de la dignidad humana deben ser la vivencia y la práctica de toda la ciudadanía.

La vida justa, que se caracteriza por valorar la vida, la libertad, la propiedad privada, la seguridad y la prosperidad, es conforme al sentido común y a la racionalidad.

La sociedad tiene que cultivar la justicia en su vida personal, familiar y comunal. Es imprescindible que lo haga. Es urgente.

Si todos los ciudadanos nos esmeramos y acrecentamos la justicia en nuestro modo de vivir, la probabilidad de “gobiernen” los justos y no los impíos será mucho mayor, lo cual nos evitará la desdicha, y nos atraerá la alegría y la felicidad de vivir en una nación con paz, seguridad y prosperidad.

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Esperar en Jehová cuando las fuerzas decaen: La certeza que evita el desmayo.

El cristiano, que es aquel que cree, sigue y confía en Dios por medio de Jesucristo Su Hijo, testifica que sus fuerzas y su ánimo en cualquier situación que experimenta vienen de Jehová Dios.

El que sigue a Jesucristo no está exento de circunstancias en las que todo le es oscuro y sin salida visible delante de sus ojos. Esos momentos son terriblemente dolorosos y desgarradores. El cerco le quita energía y el desvanecimiento es inminente. Empero, en el momento de la rendición y de la derrota, se levanta y se pone en pie. ¿Por qué?

Porque Dios está presente.

Es su fe en Dios la que lo levanta.

El creyente que escribió el Salmo 27 testifica el porqué él no se desmayó en todo contexto hostil que atravesó: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes.” (Salmos‬ ‭27‬:‭13‬).‬‬

La certeza de ver “la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” evitó su colapso y su desmayo. Esa certeza lo hizo ponerse en pie para experimentar y disfrutar precisamente de la bondad de Dios al vivir en este mundo.

Dios no es solo real allá, en la eternidad infinita y en lo más alto de los cielos … él también es real aquí, en la tierra de los vivientes, en nuestro planeta, en nuestro alrededor.

Dios es cercano a nosotros en nuestro día a día en Jesús, quien es Emanuel, Dios con nosotros.

En consecuencia, y con mayor razón, quienes creemos en Jesús “no desmayamos” en los momentos críticos. Nosotros nos hablamos a nosotros mismos en voz alta y nos decimos estas palabras: “Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová.” (Salmos‬ ‭27‬:‭14‬).

Dios no nos ha ofrecido un camino sin obstáculos ni peligros.

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”, ha dicho Jesús Su Hijo (Juan 16:33).

Pablo, su apóstol, también dijo: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos 14:22).

No. Nunca se nos ofreció que seguir a Jesucristo Dios hecho Hombre sería tener todo cómodo y arreglado. Se nos advirtió claramente de las dificultades que nos sobrevendrían.

Dios siempre es veraz y claro.

Él nos anticipó las adversidades, pero también nos aseguró estar con nosotros al atravesarlas.

Su promesa crucial en Cristo Jesús es que no nos va dejar solos nunca. Siempre podemos confiar en él en cualquier circunstancia. Esto si es algo que nunca debemos obviar ni olvidar.

Aguardar, esforzarnos, alentarnos y esperar a Dios en Cristo Jesús por la dirección y el estímulo del Espíritu Santo en base a la fe en Su Palabra escrita en la Biblia es la mejor manera de atravesar por el valle de sombra de muerte. Amén.

Lo que pasa y lo que permanece: La garantía del reino eterno de Jesucristo.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”

Estaba buscando una foto para un escrito, y me detuve en ésta, que es del año 2013. Estoy en Coletas, Las Lomas, Piura, Perú. Fui para enseñar un curso bíblico a mis hermanos en Jesucristo de esa parte de la sierra de mi país. Cuando vi la foto, mis ojos se enfocaron en el polo que visto, y que fue estampado por una compañía que ya pasó, que ya no existe más.

Pero mis pensamientos no se quedaron solo en la transitoria compañía, sino en lo pasajero y efímero de todo lo que se alcanza a ver en la fotografía: Toda esa ropa y también mis zapatos, que me gustaban muchísimo, por lo práctico, cómodo, y de buena calidad que eran, ya no existen, se deterioraron, se acabaron.

Yo mismo, que en el tiempo de la fotografía tenía menos edad, más fuerza, más lozanía, y que aunque todavía estoy, y soy, ya estoy pasando y en camino a acabar como han acabado muchos otros que fueron antes de mí. Somos transitorios, pasajeros. Nosotros también terminamos en esta vida. No podemos evitar que dejemos de existir a este mundo. El salmista lo reconoció con estas palabras: “El hombre es semejante a la vanidad; Sus días son como la sombra que pasa.” (Salmos 144:4).

Detrás de mí hay viviendas, cercas y sembríos, que aunque muy posiblemente duren más que quienes las hicieron, también pasarán y dejarán de ser, no existirán para siempre y que, aunque no he vuelto a Coletas desde aquella mi visita, es muy posible que ya no existan y que ya no sean como fueron cuando tomé la fotografía.

Por último, en la fotografía se ve una porción de los cielos y de la tierra que, aunque duran mucho más que lo que hay en ellos y que los seres humanos, también pasarán y dejarán de ser. En la escritura, este hecho es clarísimo. Está escrito: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2 Pedro 3:10).

Reitero, “Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”. Existe un pero, ese pero me llevó a lo que no pasará, a lo que es permanente y a lo duradero. Existe lo eterno, lo que es para siempre. Mis pensamientos no se quedaron en lo transitorio; mi mente fue a Jesucristo y a su reino.

El profeta Daniel habló de Jesucristo muchos años antes de que él viniese a la tierra. Sus palabras, anticipando lo sempiterno de su reino, fueron: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:14).

Daniel vio lo pasajero de todos los hombres, de todos los grandes reyes, y de los reinos e imperios que edificaron y que ya fueron, que ya pasaron. Es cierto, eso sí, que todavía estamos viviendo en el último reino de los hombres, el cuarto, el cual todavía está presente (Daniel 7:17). Pero luego, cuando llegue el tiempo, este reino también acabará y pasará, para dar lugar ya para siempre al reino de Dios, al reino de eterno de Jesús el Cristo, Dios hecho Hombre.

Esa fotografía suscitó todos estos pensamientos en un instante. He tardado más en escribir lo que pensé, que en pensarlo. Todo ocurrió muy rápido.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero el reino de Jesús, Dios Hijo, Dios hecho Hombre por nuestro bien, es eterno, que nunca pasará, ni será destruido jamás.” Este fue el pensamiento completo que se genero en mi mente a partir de esa vieja foto.

Todo, todo pasará, pero en Jesucristo todo se eternizará gozosamente.

A ese reino eterno y duradero se puede uno asimilar y ser un ciudadano ya desde este mundo pasajero. Lo único que uno tiene que hacer es creer y seguir a Jesucristo de todo corazón. Si lo hacemos, si confiamos en él y nos hacemos sus discípulos, sus seguidores, él nos recibirá y nos aceptará como cuidados de su reino.

Está escrito así de todos aquellos que creen en Jesús y le siguen: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20-21).

El tiempo de ser ciudadanos del reino de Cristo es ahora, aprovechémoslo. Creamos y sigamos a Jesucristo ya. No hay tiempo que perder. Amén.

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El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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