“Rehusar hacerle el bien a los necesitados pudiendo hacerlo es muy grave ante Dios y ante los hombres … Evitemos incurrir en tan craso error, hijos de Dios en Jesucristo Su Hijo.” Una exposición Jesús-céntrica de Proverbios 3:27-28.
Proverbios 3:27-28 interpretado Jesus-céntricamente tiene una exhortación muy fuerte para nosotros los discípulos de Jesucristo: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.”
Los cristianos estamos en esta tierra para hacer el bien. Dios espera de nosotros actos buenos y nobles siempre. Él nos ha salvado y recreado en Jesucristo su Hijo para buenas obras. La práctica del bien hacer tiene que ser nuestra característica distintiva. Todos los que nos rodean deben ser testigos de que siempre hacemos lo bueno. Nosotros somos la luz de mundo y no podemos estar escondidos; nuestro buen vivir y obrar está a la vista de todos los hombres.
Pero hacer el bien no siempre es la disposición de nuestro ser. Nosotros somos pecadores y nos inclinamos a hacer el mal. Pero esta inclinación se evidencia también en que muchas veces nos resistimos a hacer el bien. El escritor del libro de Proverbios conoce esta nociva inclinación y es por eso que nos exhorta a no negarnos “… a hacer bien a quien es debido.”
“No te niegues a hacer el bien” nos dice el proverbio. Negar el bien a alguien es decirle “no, no te ayudo, no te socorro, no te asisto, no te apoyo en tu necesidad ni en la situación en que te encuentras.” No cuentes conmigo, no me busques, “no tienes derecho de mi ayuda.”
Negarse a hacerle el bien alguien ya de por sí es contrario a la voluntad de Dios; él quiere que hagamos el bien siempre. Sin embargo, oponerse a hacerle el bien “a quien es debido” es mucho peor. El escritor de Proverbios, con esas cuatro palabras, está describiendo a una persona verdaderamente necesitada, no solo por su condición humana contextual, sino por la justicia de causa, que Dios ha determinado en Su Palabra, en Su Ley.
En el Antiguo Testamento, estas personas eran las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Este trio de personas representaba a los desamparados y a quienes no tenían a nadie, excepto a Dios, para protegerlos y defenderlos. Consideremos el texto siguiente como evidencia:
“Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.” (Deuteronomio 24:19). (Léase también Deuteronomio 10:18; 27:19 y Jeremías 7:6).
La ayuda y el socorro a los desamparados y necesitados de nuestro entorno son una cuestión indiscutible para Dios, y tiene que también tiene que serlo para nosotros sus hijos, mucho más si es que tenemos el poder y la capacidad para hacerles bien (cuando tuvieres poder para hacerlo) y si es que tenemos con qué ayudarles.
El bien, de acuerdo al Proverbio citado, es urgente e inmediato si es que se tiene con qué (cuando tienes contigo qué darle). No se hace bien si es que se retarda la asistencia y el apoyo con la promesa de darla, sí, pero en otro momento. Demorar la asistencia cuando sí se tiene que dar es una expresión de injusticia que no se condice con nuestra condición moral y espiritual como hijos de Dios.
Los cristianos tenemos que estar dispuestos y listos para hacer el bien a las personas necesitadas siempre. Nuestra ayuda tiene que ser material y espiritual. Tenemos que estar prestos y listos para socorrer y ayudar a quienes lo requieren.
En el aspecto material, tenemos que ayudar en función no de lo que no tenemos, sino de lo que sí tenemos. En este aspecto, es muy posible que habrá momentos en que nosotros nos encontremos sin nada que dar, pero en el aspecto espiritual … siempre tenemos como ayudar a los necesitados.
Nosotros podemos ir y orar por ellos y con ellos por sus necesidades materiales.
Nosotros podemos ir a sus casas para acompañarles en su dolor o necesidad y leerles textos bíblicos acordes con su situación de carencia o tribulación.
Nosotros podemos buscar que quienes sí tienen con qué ayudar, ayuden a estas personas.
En fin.
Espiritualmente siempre podemos y tenemos que hacerle bien a quienes necesitan a Jesucristo para su salvación eterna.
Nosotros podemos y debemos presentarles el evangelio de Jesucristo a estos necesitados. Dios nos ha dado el poder del Espíritu Santo para que cumplamos esta buena obra a nuestro prójimo siempre. ¡Hagámosle este bien a los hombres con presteza, hermanos! Jesucristo es el único que puede salvarlos de su condenación eterna. Él es el único que los puede perdonarles sus pecados y limpiarlos de toda maldad. Pecamos gravemente contra Dios y contra ellos si es que les detenemos el mensaje de salvación por medio de Jesucristo.
Este proverbio doble me ha tocado el corazón otra vez. Los cristianos estamos aquí para hacer el bien a quien es debido siempre y tenemos que hacerlo. ¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a hacer el bien a nuestro prójimo necesitado en todo momento! Amén.
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