El hombre exterior es el hombre en Adán, el hombre viejo, lo que somos como criaturas de Dios. De acuerdo a este bíblico, es hombre exterior se va “desgastando”.
La palabra desgastando viene del verbo desgastar, que significa “agotar o cansarse por uso excesivo o gran esfuerzo o estrés”.
La palabra desgastarse también puede ser reemplazada por “debilitarse”, “marchitarse”, “extenuarse”.
La palabra “desgastarse” describe muy bien lo que pasa con nuestro hombre exterior, el hombre físico, que fue creado por Dios del polvo de la tierra.
Este cuerpo tiene su étapa de apogeo, de efervecencia, de crecimiento. Esa étapa es maravillosa, y revosante, y llena de vigor y de energía.
Pero esa étapa culmina, se acaba. Y cuando se acaba, ese hombre exterior empieza a debilitarse, a marchitarse, a extenuarse, … a desgastarse.
Este proceso se complica con las enfermedades y con el paso de los años. Tal es así que a más enfermedades o más años, mayor desgaste y mayor extenuación y debilitamiento, hasta el día del final, que es cuando morimos.
El desgaste del hombre exterior es paulatino, y lento, pero fatal y dolorosamente eficaz.
Dios me ha hecho ver este desgaste en mí mismo, y en familiares, y en amigos, y en hermanos en Cristo.
Justo hoy mismo me impresionó ser testigo de cómo “el desgaste” del hombre exterior ha transformado en débil y marchito a un amigo antes fuerte y lozano.
El marchitamiento y debilitamiento del hombre exterior es doloroso, incómodo, frustrante, vergonzoso e imposible de evitar, frenar y curar.
Los cristianos, sin embargo, en razón de nuestra fe en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, recibimos de Dios al hombre “interior”, que es un hombre nuevo, “… creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).
Este hombre interior, a diferencia del hombre exterior que se va desgastando, “… se renueva de día en día”.
La palabra “renueva” significa “hacer nuevo a algo”. Esto quiere decir que el hombre interior no “se deteriora ni se marchita”. Este hombre interior no deja de “transformarse” positivamente, y de crecer, y de fortalecerse.
Los cristianos vivimos estas dos realidades contradictorias entre sí. Tenemos, por un lado, al hombre exterior, debilitándose y muriéndose; y por el otro, al hombre interior, haciéndose nuevo, y vigorizándose, y regenerándose, más y más cada vez.
Los cristianos sí tenemos que tomar providencias para cuidar nuestro hombre exterior, pero no debemos afanarnos demasiado por él.
Nosotros tenemos que ocuparnos mucho más en el crecimiento de nuestro hombre interior porque ese es el hombre que vivirá eternamente al lado de Dios cuando Jesucristo venga por nosotros.
El hombre exterior se va a desgastar completamente, hasta morir y ser absorbido por la corrupción propia de la mortalidad. El hombre exterior no es el hombre que vivirá por la eternidad.
El hombre que vivirá por toda la eternidad es el hombre interior, que absoverá totalmente al hombre exterior hasta hacerlo desaparecer totalmente.
El apostol Pablo lo sabía y es por eso que escribió estas palabras: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1 Corintios 15:53-54).
Yo no puedo evitar el desgaste, el marchitamiento, el debilitamiento de hombre exterior. Quisiera, pero me es imposible hacerlo. Pero esta imposibilidad no es solamente mía, sino de todos los seres humanos. Ninguno de nosotros los mortales puede evitar el desgaste de su hombre exterior.
No me tengo que afanar por eso entonces. No debemos gastar energía en lo que nos es imposible de evitar.
Lo que yo sí puedo y debo hacer, es aprovechar la energía y el vigor que todavía tiene mi hombre exterior para cultivar y acrecentar mi hombre interior, que es el que se renueva, se revigoriza y se transforma día a día.
El acrecentamiento del hombre interior que Dios me ha dado al creer y seguir a Jesucristo es el que me dará ánimo, fuerza y esperanza al vivir con el hombre exterior que se va desgastando.
¡Creamos y sigamos a Jesucristo! ¡Él nos dará al hombre interior que se renueva de día en día y viviremos con ánimo en el hombre exterior aunque se desgastando!
¡Crezcamos en nuestra fe en Jesucristo, si ya somos hijos de Dios, y fortalezcamos y acrecentemos nuestro hombre interior para que vivamos con gozo en esta tierra a pesar de los sufrimientos y el debilitamiento de nuestro hombre exterior!
Amén.
