Introducción: El Valor Espiritual del Llanto en quienes lideran y en todos los seres humanos.
“Jesús lloró.” (Juan 11:35).
Llorar como Jesús lloró no es solo una necesidad para los hijos de Dios, sino la expresión más sincera de que somos seres humanos y verdaderos seguidores del Unigénito Hijo de Dios.
Al inicio de mi fe en Jesucristo (1987) oí una predicación memorable sobre las Bienaventuranzas, donde Jesús dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4). El misionero Herbert Elliot, quien predicó ese sermón, conocía de primera mano el sufrimiento—su hermano, Philip James Elliot, fue asesinado por los Huaoroni en 1956 mientras les predicaba el evangelio.
Herbert sabía que solo quien llora recibe la consolación de Dios.
El llanto nos conecta y nos acerca a Dios y hace que él alivie, y consuele, y seque nuestras lágrimas personalmente. Llorar, en consecuencia, nos hace bienaventurados.
Recientemente, volví a pensar en el llanto porque lloré, y mucho. Dios consoló mi lloro haciéndome meditar en Jesucristo, nuestro Redentor, Salvador, Líder y Ejemplo supremo. “Jesús lloró” (El líder supremo, poderoso y efectivo verdaderamente lloró como el más débil de los mortales). Estas frase bíblica de dos palabras y de tan solo diez letras me han traído consuelo y alivio fortalecedor. Fui bienaventurado.
A continuación, compartiré el consuelo que experimenté al meditar y escribir sobre los motivos del llanto de Jesús, quien es él líder supremo del movimiento espiritual que transformó y transforma la vida de la humanidad para bien tanto en la vida presente como en la vida para la eternidad por ya más de 2000 años.
El llanto es la acción humana que mejor expresa la vulnerabilidad y la sensibilidad del ser humano. Se llora por pena, tristeza o dolor, o por la intensidad de emociones como la alegría, la rabia o la frustración. El llanto es parte de nuestra experiencia humana desde el nacimiento hasta la muerte.
Dios, nuestro Creador, nos diseñó a Su imagen y semejanza con estas emociones. Al determinar nuestra salvación, nos dio un Hombre semejante a nosotros aun en el llanto, pero sin pecado.
Juan 11:35 es el versículo más corto de todo el Nuevo Testamento, pero su mensaje es profundo y elocuente. Jesús, el Verbo hecho Carne, es verdaderamente Dios y realmente Hombre. Su humanidad quedó develada en ese su emotivo y significativo llanto. Nuestro Salvador también llora.
El llanto de Jesús tuvo cuatro motivos fundamentales, que resuenan con las razones por las que muchos de nosotros, en especial quienes lideramos, también derramamos lágrimas:
1. El Dolor de la Compasión y la Empatía
El primer motivo fue la pérdida de un amigo y el profundo sufrimiento de los dolientes. Jesús amaba a Lázaro y a sus hermanas, Marta y María. Él sufrió al ver su dolor por la enfermedad, la impotencia y la muerte irremediable de Lázaro.
Cuando Jesús llegó a Betania, se conmovió profundamente (se entristeció y se perturbó) al ver la tristeza de los que acompañaban a la familia. Su emoción lo desbordó. Él no solo simpatizó con los dolientes (reconociendo el dolor desde fuera), sino que empatizó con ellos (poniéndose en su lugar), haciendo que su pena fuera también la Suya. Su llanto fue la expresión de esta perfecta compasión.
El llanto de Jesús es la máxima expresión de su entendimiento de la fragilidad humana. Es una bendición inmensa tener un Salvador que nos entiende plena y perfectamente.
2. La Indiferencia y Dureza de Corazón de los Adversarios
El segundo motivo fue el ataque y la burla de sus enemigos. Jesús tenía adversarios acérrimos que, mostrando una total insensibilidad y falta de compasión, usaron la tragedia de la muerte de Lázaro para cuestionar Su poder y Su amor. Preguntaron: “¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?” (Juan 11:37).
A Jesús le dolió profundamente ver la indiferencia y el “corazón de piedra” de estos críticos. Él, que todo lo ve y quiere la salvación de toda criatura, se entristeció por la malicia. Su llanto, en parte, fue motivado por la falta de humanidad. En esto, Jesús nos consuela: cuando somos atacados por nuestros adversarios en medio de la tragedia, él nos entiende y se duele con nosotros.
3. El Dolor ante la Incredulidad Voluntaria
El tercer motivo fue la anticipación de la ceguera espiritual de muchos de los líderes y judíos que presenciarían el milagro. Jesús afirmó ser la resurrección y la vida. Él esperó la muerte de Lázaro para que Sus discípulos creyeran y para que Marta viese la “gloria de Dios” (Juan 11:40).
La resurrección de Lázaro fue un hecho histórico irrefutable: Su cuerpo ya hedía y no había forma de dudar. Sin embargo, muchos de los testigos no creyeron.
El llanto de Jesús se explica por el dolor ante la incredulidad de quienes, viendo la manifestación de la gloria de Dios, se negaron tercamente a creer. A nosotros también nos duele cuando quienes ven nuestras buenas obras y motivaciones se niegan a confiar. Jesús experimentó el mismo dolor, y por ello nos consuela.
4. El Dolor Profético por la Condenación Eterna
El cuarto y último motivo fue la consecuencia condenatoria que tendría Su acto: la resurrección de Lázaro aceleró la decisión final de sus adversarios de matarlo. Los líderes judíos determinaron que “nos conviene que un hombre muera por el pueblo…” (Juan 11:50), sellando así Su muerte (Juan 11:53).
Jesús lloró porque vio su propia muerte inminente, pero más aún porque vio que sus opositores, al redoblar su rechazo, se colocaban en condenación irredimible. Él sufrió al ver que Su acto de vida sería la causa final de su decisión de muerte. Nosotros, como Jesús, hemos llorado por la decisión obstinada de individuos que persisten en un camino ruinoso, anticipando su destino.
Conclusión: La Bendición de Llorar como Cristo
Los motivos del llanto de Jesús tienen que ser los mismos por los que nosotros también lloramos. Llorar es una expresión de nuestra humanidad y una evidencia de que Jesús era tan humano como nosotros, aunque sin nuestro pecado.
Jesús nuestro Señor y Autoridad y Líder perfecto lloró por:
El dolor y la muerte (las consecuencias del pecado).
La insensibilidad y la falta de humanidad.
La incredulidad voluntaria.
La condenación eterna de quienes lo rechazaron.
Los verdaderos líderes también lloran. Son seres humanos empoderados que no pierden su debilidad y humanidad, sino todo lo contrario. Todo lo que hacen lo hacen empatizando con quienes los rodean, ya estén a su favor o en su contra. Su compasión y sensibilidad, expresada en su lloro, los hace más cercanos y reales.
Que Dios nos ayude a llorar como nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Que entendamos que llorar no es debilidad, sino sensibilidad, simpatía y compasión. Que Dios nos ayude a llorar muchísimo más por asemejarnos a Cristo en Su amor y Su entendimiento de la condición humana ante Él. Amén.
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