Lo que pasa y lo que permanece: La garantía del reino eterno de Jesucristo.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”

Estaba buscando una foto para un escrito, y me detuve en ésta, que es del año 2013. Estoy en Coletas, Las Lomas, Piura, Perú. Fui para enseñar un curso bíblico a mis hermanos en Jesucristo de esa parte de la sierra de mi país. Cuando vi la foto, mis ojos se enfocaron en el polo que visto, y que fue estampado por una compañía que ya pasó, que ya no existe más.

Pero mis pensamientos no se quedaron solo en la transitoria compañía, sino en lo pasajero y efímero de todo lo que se alcanza a ver en la fotografía: Toda esa ropa y también mis zapatos, que me gustaban muchísimo, por lo práctico, cómodo, y de buena calidad que eran, ya no existen, se deterioraron, se acabaron.

Yo mismo, que en el tiempo de la fotografía tenía menos edad, más fuerza, más lozanía, y que aunque todavía estoy, y soy, ya estoy pasando y en camino a acabar como han acabado muchos otros que fueron antes de mí. Somos transitorios, pasajeros. Nosotros también terminamos en esta vida. No podemos evitar que dejemos de existir a este mundo. El salmista lo reconoció con estas palabras: “El hombre es semejante a la vanidad; Sus días son como la sombra que pasa.” (Salmos 144:4).

Detrás de mí hay viviendas, cercas y sembríos, que aunque muy posiblemente duren más que quienes las hicieron, también pasarán y dejarán de ser, no existirán para siempre y que, aunque no he vuelto a Coletas desde aquella mi visita, es muy posible que ya no existan y que ya no sean como fueron cuando tomé la fotografía.

Por último, en la fotografía se ve una porción de los cielos y de la tierra que, aunque duran mucho más que lo que hay en ellos y que los seres humanos, también pasarán y dejarán de ser. En la escritura, este hecho es clarísimo. Está escrito: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2 Pedro 3:10).

Reitero, “Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”. Existe un pero, ese pero me llevó a lo que no pasará, a lo que es permanente y a lo duradero. Existe lo eterno, lo que es para siempre. Mis pensamientos no se quedaron en lo transitorio; mi mente fue a Jesucristo y a su reino.

El profeta Daniel habló de Jesucristo muchos años antes de que él viniese a la tierra. Sus palabras, anticipando lo sempiterno de su reino, fueron: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:14).

Daniel vio lo pasajero de todos los hombres, de todos los grandes reyes, y de los reinos e imperios que edificaron y que ya fueron, que ya pasaron. Es cierto, eso sí, que todavía estamos viviendo en el último reino de los hombres, el cuarto, el cual todavía está presente (Daniel 7:17). Pero luego, cuando llegue el tiempo, este reino también acabará y pasará, para dar lugar ya para siempre al reino de Dios, al reino de eterno de Jesús el Cristo, Dios hecho Hombre.

Esa fotografía suscitó todos estos pensamientos en un instante. He tardado más en escribir lo que pensé, que en pensarlo. Todo ocurrió muy rápido.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero el reino de Jesús, Dios Hijo, Dios hecho Hombre por nuestro bien, es eterno, que nunca pasará, ni será destruido jamás.” Este fue el pensamiento completo que se genero en mi mente a partir de esa vieja foto.

Todo, todo pasará, pero en Jesucristo todo se eternizará gozosamente.

A ese reino eterno y duradero se puede uno asimilar y ser un ciudadano ya desde este mundo pasajero. Lo único que uno tiene que hacer es creer y seguir a Jesucristo de todo corazón. Si lo hacemos, si confiamos en él y nos hacemos sus discípulos, sus seguidores, él nos recibirá y nos aceptará como cuidados de su reino.

Está escrito así de todos aquellos que creen en Jesús y le siguen: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20-21).

El tiempo de ser ciudadanos del reino de Cristo es ahora, aprovechémoslo. Creamos y sigamos a Jesucristo ya. No hay tiempo que perder. Amén.

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29 de junio de 1987 y mi vida nueva en Jesucristo: A 39 años de una decisión crucial y transformadora.

El 29 de junio de 1987 empezó para mí de madrugada. Abrí mis ojos entre las 4 o 5 de la mañana. Estaba rodeado de tinieblas -como toda mi vida-.

La oscuridad era negra, negra. No veía nada, nada. Mi mente, entonces, preguntó … y recordó … el tiempo de juego, los amigos, el licor, el lugar, la inconsciencia, el quedarme dormido.

Luego, y de inmediato, vinieron a mi mente estas preguntas: ¿Estoy muerto? No. ¿Así vas a vivir toda tu vida? No, no quiero. ¿Para vivir así te creo Dios? No, obviamente que no. ¿No existe una vida mejor que la que tengo? Estoy cansado de vivir así

Mi frustración y mi vacío existencial habían llegado a su colmo.

“Jesucristo puede cambiar tu vida”. Este pensamiento apareció así, de repente, en mi mente. Yo estaba solo. Fue una frase interna. Seguro que fue una síntesis de lo aprendí de niño y de los cuatro o cinco momentos en los que me presentaron el evangelio siendo joven.

“Voy a entregar mi vida a Jesucristo”, me dije. “Ya no quiero vivir como estoy viviendo.” Esa determinación vino acompañada de tres preguntas: ¿Vas a dejar tus vicios y tus malas costumbres? Ya lo has intentado muchas veces, y has fracasado. ¿Qué van a decir tus amigos? En mi barrio, las burlas y las bromas eran realmente pesadas, muy pesadas. ¿Vas a cumplir realmente con los mandamientos de Dios? …

Todo estaba ocurriendo en mi interior.

La claridad del día llegó y la tensión dentro de mí era cada vez más fuerte.

Desayuné, fui al trabajo y empecé a trabajar, pero la presión espiritual no menguó, se acrecentó.

Hasta que llegó la determinación: “Entregaré mi vida a Jesucristo ahora mismo.” Era 29 de junio de 1987. Era feriado desde el mediodía.

Al salir del trabajo busqué ayuda. Fui a ver al misionero dueño de la casa en la que trabajaba. Ese siervo de Dios me explicó el evangelio de Cristo. Él me ayudó y me asistió en mi decisión.

Mi oración fue sencilla: “Señor Jesucristo, estoy cansado de vivir como vivo, si puedes darme una vida mejor que la que tengo, yo te entrego mi vida.”

Allí empezó el nuevo Segundo Rodríguez, todavía imperfecto y pecador, pero nuevo.

El misionero me dio uno que otro consejo, y oró por mí, y terminó su crucial ayuda.

Al salir de mi lugar de trabajo, y sin entender todo lo que me había ocurrido, miré al cielo, abrí mi boca, y dije: “Dios, ahora vive tú en mi vida.” Ese día cambió mi vida.

El 29 de junio de 1987 no es cualquier día para mí. Es el día de mi nacimiento espiritual. Nunca lo olvido y nunca voy a dejar de contarlo.

Jesucristo transformó mi vida aquel día.

Hoy también es 29 de junio y recordar y narrar lo que me aconteció es mi manera de testificar de Jesús y su obra de salvación y transformación a favor de los pecadores como yo.

Todo pecador que cree en Jesús y lo sigue encontrará perdón de pecados, vida eterna y vida nueva en él, con toda seguridad. Soy una evidencia de ese hecho.

Muchas gracias, oh Dios, por Jesucristo y por tu salvación a favor de los pecadores a través de él.

Cree y sigue a Jesucristo, pecador, nunca te arrepentirás de hacerlo. Amén.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
Gálatas 2:20

Foto: Las fotos de la izquierda fueron tomadas previo a mi conversión a Jesucristo. Gálatas 2:20 expresa lo que quiero vivir con la ayuda de Dios a partir de ese bendito y crucial 29 de junio de 1987.