El dinero es un instrumento mediático temporal y “necesario” en la vida presente. Con el dinero se compran y se venden bienes y servicios. Es muy difícil obtener algún bien o servicio sin dinero.
Su utilidad e indispensabilidad en la vida del hombre pueden confundir y desviar al ser humano. El ser humano puede amar, codiciar y buscar incansablemente al dinero.
Este desvío es muy peligroso porque acarrea el extraviarse de la fe; de la fe en Dios; de la fe en Cristo; de la fe en la Biblia, que es la palabra de Dios, etc. Y este desvío, a la vez, al hacernos olvidar el cuidado de nuestra alma y de nuestra vida con Dios, acarrea el ser traspasado de muchos dolores, con el climax del dolor mayor y eterno, que es la condenación sin fin en el lago de fuego (Apocalipsis 20.11-15; 21.8, 27; 22.15).
El dinero está asociado indisolublemente con la riqueza y no es malo en sí mismo; tenerlo y obtenerlo lícitamente es una gran bendición de Dios (Proverbios 10.22). Pongamos al dinero en su lugar y ganémoslo y usémoslo apropiadamente, cumpliendo la voluntad de Dios.
Usamos el dinero conforme a la voluntad de Dios si lo usamos 1) para satisfacer nuestras necesidades personales (2 Tesalonicenses 3.12), 2) para satisfacer las necesidades de nuestra familia (1 Timoteo 5.7-8), 3) para ayudar a satisfacer las necesidades de los desvalidos (Efesios 4.28) y 4) para invertir en extensión del evangelio de Cristo a toda criatura en todo el mundo (Lucas 8.1-3).
No amemos al dinero. No pongamos nuestra esperanza en la riqueza que viene con el dinero (1 Timoteo 6.17).
Obtengamos el dinero trabajando ardua y lícitamente, y disfrutémoslo dándole siempre gracias a Dios por dárnoslo suficientemente.
Amén y amén.
