Modelados por el Maestro: La teología de mentoreo y restauración de obreros en Bernabé.

Los seres humanos tenemos la tendencia a enfocarnos en los hombres que resaltan y que lideran los procesos transformadores y a pasar por alto a quienes son cruciales en ellos, pero no tan visibles. Nos fijamos en los primeros, pero nos olvidamos de los segundos, terceros, cuartos, etc.

Los cristianos no estamos exentos de esa miopía de la condición humana. Admiramos a Pablo —y a otros como él—, pero obviamos a Bernabé —y a quienes son como él—. Es parte de nuestra humanidad hacer así. Nos fijamos en quien está adelante, pero desatendemos a quienes lo impulsaron y promovieron para llegar hasta allí.

Bernabé es un ejemplo. Él, en el relato bíblico, es un discípulo de segunda línea y hasta de tercera, pero con un carácter y un rol decisivo en el crecimiento del evangelio y de la iglesia de Jesucristo en los diferentes pueblos y ciudades del otrora poderoso Imperio Romano. Su contribución personal fue determinante en la vida de la Iglesia de Jerusalén y la vida de los apóstoles, y en la vida de la Iglesia de Antioquía y de Pablo, y en la vida de Juan Marcos.

1. Un nombre que revela el corazón

Bernabé significa «hijo de consolación» y es un sobrenombre, no un nombre. Su nombre de pila era José, y solo se lo menciona con ese nombre el día en que se le apodó «Bernabé» (Hechos 4:36). Fueron los apóstoles quienes le pusieron ese sobrenombre. Ese detalle no es menor, ya que ellos eran hombres de probada percepción espiritual.

Los apóstoles le apodaron «Hijo de consolación» por la profunda sensibilidad de su corazón. La fe en Cristo potenció su tierno y compasivo corazón. La evidencia concreta de esa potencialización fue la venta de su heredad y la entrega de lo obtenido a los pies de los apóstoles, para que fuese distribuido a los necesitados de la congregación de Jerusalén (Hechos 4:36-37).

¡Bernabé valoraba a la gente, no a las cosas ni al dinero!

¡Las personas le eran más importantes que sus posesiones!

Bernabé nunca más fue llamado por su nombre José. Su sobrenombre, que reflejaba su corazón y su bondadosa personalidad, ocupó el lugar de su nombre.

2. El puente de aceptación para Saulo

Fue gracias a Bernabé que Saulo, el perseguidor de la iglesia, una vez convertido a Jesucristo y bautizado por Ananías, fue aceptado e integrado a la iglesia de Jerusalén. Al principio, los discípulos miraban a Pablo con desconfianza. El propio Ananías, quien lo bautizó en Damasco, hizo patente su temor respecto a Pablo al propio Jesucristo antes de bautizarlo (Hechos 9:13-14).

El pasado de Pablo como Saulo el perseguidor era un lastre que dificultaba a los discípulos creer que él era «verdadero» discípulo (Hechos 9:26). La intervención de Bernabé y el respeto que se le tenía por su carácter fueron determinantes para que los discípulos de Jerusalén lo recibiesen como hijo de Dios (Hechos 9:27). Bernabé no se amilanó por el pasado de Saulo; sino que creyó y se entusiasmó por la obra de Jesucristo en él.

3. Discernimiento y mentoría en Antioquía

Los apóstoles, los ancianos y la iglesia de Jerusalén confiaban en la bondad, la fe, la vista y la sensibilidad espiritual de Bernabé. Es justo por eso que lo enviaron hasta Antioquía para supervisar la obra de los cristianos dispersos entre los gentiles de la ciudad de Antioquía (Hechos 11:22).

Bernabé reconoció que Dios estaba haciendo su obra en Antioquía. Su llegada y sus palabras de ánimo reflejaron su sensibilidad y su carácter espiritual. Hubo muchas conversiones durante su estadía. Él vio de inmediato el potencial de esa naciente iglesia y decidió quedarse allí para ministrar. Pero no se quedó solo, sino que fue hasta Tarso en busca de Saulo —Pablo—, a quien trajo para que trabajase junto a él discipulando a tantos como podían. Bernabé confió en Pablo, ya no solo como un discípulo, sino como un siervo, como un maestro, como un ministro del evangelio de Cristo.

4. El carácter restaurador frente al fracaso: El caso de Juan Marcos

Bernabé y Pablo ministraron juntos desde el inicio de la iglesia en Antioquía hasta el inicio de lo que se conoce como su segundo viaje misionero, que fue cuando se separaron y dejaron de andar y de servir juntos. ¿Por qué? La razón de la separación fue el corazón y el carácter bondadoso y restaurador de Bernabé. Él, a diferencia de Pablo, que se frustraba y perdía la confianza en los que daban muestra de debilidad, confiaba y creía en este tipo de cristianos.

Bernabé y Pablo se separaron por causa de Juan Marcos. Bernabé quería llevarlo en este segundo viaje, pero Pablo no. Juan Marcos los había abandonado en Panfilia en un viaje anterior y Pablo ya no confiaba en él. Bernabé, sin embargo, sí lo quería llevar consigo; él —más allá del parentesco: era su sobrino—, sí lo veía útil. El desacuerdo entre estos dos siervos de Dios fue tan fuerte, que no les quedó más remedio que separarse. Pablo se fue con Silas y Bernabé se la jugó por Juan Marcos y lo llevó con él a la obra (Hechos 15:36-41).

Bernabé confiaba en quienes otros ya no confiaban. Él no desechaba a quienes otros sí desechaban. Su carácter bondadoso y misericordioso, y su sensibilidad espiritual le hacían restaurar y curar a los caídos. Y eso es lo que hizo con Juan Marcos. Él viajó con Juan Marcos y Juan Marcos no volvió a abandonar la obra de Dios nunca más.

Dios no nos ha revelado la labor que realizó Bernabé en la vida de Juan Marcos al viajar con él. No sabemos qué es lo que hizo. Lo que sí sabemos, sin embargo, es el resultado final: Juan Marcos volvió a ser un obrero confiable y es el propio Pablo quien testifica esa confiabilidad en tres de sus cartas (Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11; Filemón 24). Aun Pedro testificó de la fidelidad de Marcos (1 Pedro 5:13).

5. El reflejo del Maestro

El impacto que me ha causado Bernabé en estos días es tremendo. Él es un seguidor e imitador leal de Jesucristo, nuestro Maestro. Él, en el caso específico de Juan Marcos, imitó a Jesucristo. Nuestro Señor sabía de antemano que sus principales discípulos, los doce, lo iban a negar terriblemente. Él se los dijo clara y directamente, pero ellos no se «veían» negándolo.

Jesús vio la negación pecaminosa de sus discípulos, pero no los desechó, ni los descartó para nunca más volverlos a usar. No, él no hizo eso —y Bernabé aprendió de su Señor—. Jesús intercedió por sus discípulos para que no se desalentasen —el momento post caída es terriblemente desalentador para todo verdadero discípulo—. Él también anticipó el arrepentimiento y la aptitud para el servicio en su oración intercesora.

La oración de Jesús por sus discípulos previendo su negación es clarísima y Bernabé la debe haber tenido en su memoria:

«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»

— Lucas 22:31-32 (RVR1960)

Conclusión

Bernabé, como Jesús, no desechaba, restauraba.

Bernabé no fue un hombre de primera plana, pero quienes estaban delante de él lo respetaban y valoraban. Todos veían la utilidad de Bernabé debido a la madurez de su carácter y a su sensibilidad espiritual.

Necesitamos la personalidad espiritual y el carácter de Bernabé. ¡Cultivémoslos con la ayuda de Dios, hermanos en Cristo! Amén.

Cada vez que veamos a un hombre de Dios de primera línea en la obra de Dios, como Pablo o como Juan Marcos, pensemos de inmediato en quienes desde la segunda línea, como Bernabé, los ayudaron a llegar hasta el lugar donde están.

¡Que Dios nos ayude a ser como Bernabé! Amén.

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Lo que pasa y lo que permanece: La garantía del reino eterno de Jesucristo.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”

Estaba buscando una foto para un escrito, y me detuve en ésta, que es del año 2013. Estoy en Coletas, Las Lomas, Piura, Perú. Fui para enseñar un curso bíblico a mis hermanos en Jesucristo de esa parte de la sierra de mi país. Cuando vi la foto, mis ojos se enfocaron en el polo que visto, y que fue estampado por una compañía que ya pasó, que ya no existe más.

Pero mis pensamientos no se quedaron solo en la transitoria compañía, sino en lo pasajero y efímero de todo lo que se alcanza a ver en la fotografía: Toda esa ropa y también mis zapatos, que me gustaban muchísimo, por lo práctico, cómodo, y de buena calidad que eran, ya no existen, se deterioraron, se acabaron.

Yo mismo, que en el tiempo de la fotografía tenía menos edad, más fuerza, más lozanía, y que aunque todavía estoy, y soy, ya estoy pasando y en camino a acabar como han acabado muchos otros que fueron antes de mí. Somos transitorios, pasajeros. Nosotros también terminamos en esta vida. No podemos evitar que dejemos de existir a este mundo. El salmista lo reconoció con estas palabras: “El hombre es semejante a la vanidad; Sus días son como la sombra que pasa.” (Salmos 144:4).

Detrás de mí hay viviendas, cercas y sembríos, que aunque muy posiblemente duren más que quienes las hicieron, también pasarán y dejarán de ser, no existirán para siempre y que, aunque no he vuelto a Coletas desde aquella mi visita, es muy posible que ya no existan y que ya no sean como fueron cuando tomé la fotografía.

Por último, en la fotografía se ve una porción de los cielos y de la tierra que, aunque duran mucho más que lo que hay en ellos y que los seres humanos, también pasarán y dejarán de ser. En la escritura, este hecho es clarísimo. Está escrito: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2 Pedro 3:10).

Reitero, “Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero …”. Existe un pero, ese pero me llevó a lo que no pasará, a lo que es permanente y a lo duradero. Existe lo eterno, lo que es para siempre. Mis pensamientos no se quedaron en lo transitorio; mi mente fue a Jesucristo y a su reino.

El profeta Daniel habló de Jesucristo muchos años antes de que él viniese a la tierra. Sus palabras, anticipando lo sempiterno de su reino, fueron: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:14).

Daniel vio lo pasajero de todos los hombres, de todos los grandes reyes, y de los reinos e imperios que edificaron y que ya fueron, que ya pasaron. Es cierto, eso sí, que todavía estamos viviendo en el último reino de los hombres, el cuarto, el cual todavía está presente (Daniel 7:17). Pero luego, cuando llegue el tiempo, este reino también acabará y pasará, para dar lugar ya para siempre al reino de Dios, al reino de eterno de Jesús el Cristo, Dios hecho Hombre.

Esa fotografía suscitó todos estos pensamientos en un instante. He tardado más en escribir lo que pensé, que en pensarlo. Todo ocurrió muy rápido.

“Todo, todo, absolutamente, pasará, acabará, terminará; pero el reino de Jesús, Dios Hijo, Dios hecho Hombre por nuestro bien, es eterno, que nunca pasará, ni será destruido jamás.” Este fue el pensamiento completo que se genero en mi mente a partir de esa vieja foto.

Todo, todo pasará, pero en Jesucristo todo se eternizará gozosamente.

A ese reino eterno y duradero se puede uno asimilar y ser un ciudadano ya desde este mundo pasajero. Lo único que uno tiene que hacer es creer y seguir a Jesucristo de todo corazón. Si lo hacemos, si confiamos en él y nos hacemos sus discípulos, sus seguidores, él nos recibirá y nos aceptará como cuidados de su reino.

Está escrito así de todos aquellos que creen en Jesús y le siguen: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20-21).

El tiempo de ser ciudadanos del reino de Cristo es ahora, aprovechémoslo. Creamos y sigamos a Jesucristo ya. No hay tiempo que perder. Amén.

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Metámonos al mundo, hijos de Dios.

“El cristiano, el hijo de Dios, tiene que vivir entre los seres humanos, es Dios quien así lo ha dispuesto. Es allí donde cada cristiano y la iglesia toda cumple su misión.”

La Inmersión de los cristianos en el mundo es el propósito de Dios para su iglesia. La voluntad de Dios es la movilización y la dispersión evangelizadora, discipuladora y alumbradora de sus hijos, de todos y cada uno de ellos. Él quiere a la iglesia de Cristo en el mundo, entre la gente, entre los ciudadanos del reino de las tinieblas, alumbrándolos con la luz de Cristo y mostrándoles el camino que Él es, para que crean, lo sigan y lleguen así hasta Dios.

La voluntad de Jesús para todos los que le seguimos está claramente expresada en Sus palabras: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. … Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (San Juan 17:15, 18). Jesús quiere a sus discípulos en el mundo. Es incuestionable.

La inmersión diferenciada y luminosa de los discípulos de Jesucristo en la oscuridad de los hombres es el propósito de Dios para ellos mientras estén en esta tierra. Tiene que haber hijos de Dios en todas las áreas donde hay seres humanos. Los cristianos tenemos que resplandecer en medio del mundo (Filipenses 2:14-16).

El cristiano tiene que estar entre su familia que todavía no sigue a Jesús. No debe aislarse ni apartarse de sus vecinos. Sus conciudadanos tienen que verlo brillar con la luz de Jesucristo dondequiera que vaya. Sus buenas obras deben llevar a la gente a glorificar a nuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:14-16).

Toda la gente de este mundo necesita a Jesucristo. Dios ha escogido que seamos nosotros quienes le mostremos su salvación. Nuestras vidas, transformadas por Jesús, deben permanecer abiertas y cercanas a las personas: en el hogar, el trabajo, los estudios, los negocios y los lugares de recreación.

Si tú sigues a Jesucristo y quieres cumplir esta voluntad de Dios, te sugiero:

  1. No tengas miedo de vivir entre quienes aún no son hijos de luz. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo están contigo, te protegen y obran en ti por medio de la palabra escrita.
  2. Ama a la gente como Cristo la ama y da tu vida por su salvación. Tu presencia es vital. Ellos deben ver a Cristo en ti. Muere a tu viejo hombre y no cedas a sus deseos ni reacciones. Sé un canal de su gracia y vida eterna, no un tropiezo.
  3. Fortalece tu fe cada día en la Palabra de Dios, interpretada evangélica y Jesus-céntricamente. La luz de Cristo es superior a las tinieblas de este mundo y la Biblia así lo declara. La verdad de Dios tiene que estar implantada en tu mente y corazón. 
  4. Ora continuamente. Que la oración sea tu respiración. Ora por lo fácil y por lo difícil. Habla con Dios ya por lo pequeño como por lo muy grande. Necesitas a Dios en oración en todo instante.
  5. No ames ni codicies los valores de este mundo. Todo ellos son opuestos a Dios. Tú caminas hacia la eternidad. Lo pasajero no debe seducirte en ningún momento. Tu vida en Jesús y sus valores son superiores a los mejores ideales del mundo pasajero.
  6. Vive la victoria de Cristo sobre el pecado, el mundo y el diablo. Esta triología malévola ya no tiene poder sobre ti. Jesucristo ya la venció y su victoria es también tuya (1 Juan 5:4-5). Vive esa victoria valientemente entre la gente de este mundo para estimular a la gente a salir de él creyendo en Jesús.

Nuestra inmersión en el mundo no entra en conflicto con congregarnos como iglesia. Al contrario, la Biblia nos exhorta a no dejar de congregarnos, sino a animarnos y estimularnos unos a otros (Hebreos 10:24-25). Nos reunimos precisamente porque la mayor parte de nuestra vida la pasamos dispersos entre las personas de este mundo, cumpliendo el mandato de nuestro Señor.

Metámonos al mundo, hijos de Dios. Mostremos a Jesucristo viviendo y trabajando entre la gente. Visibilicemos al Dios invisible por medio de nuestras vidas transformadas. No tengamos miedo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen guardada nuestra vida siempre por su gracia y su buena voluntad. Amén.

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El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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