¿Qué debemos hacer cuando pecamos contra Dios?

Todos los seres humanos somos pecadores y pecamos siempre. Nuestra naturaleza y nuestros actos pecaminosos son nuestros perennes compañeros en toda nuestra existencia en esta tierra. El pecado es nuestra tragedia y la causa de todos nuestros males y sinsabores en esta vida.

Pecar es ir contra Dios y contra su buena voluntad para con nosotros. Cuando pecamos obramos mal contra quienes nos rodean. Al obrar pecaminosamente vamos también contra nosotros mismos.

El pecado empezó en el huerto en Edén. Adán y Eva fueron los primeros seres humanos que pecaron contra Dios. Ellos no fueron creados pecadores, ellos mismos se hicieron pecadores. Se hicieron pecadores cuando desobedecieron a Dios y comieron el fruto que él ordenó que no comiesen. (Génesis 2:16-3:6).

Adán y Eva pecaron. Es un hecho.

Su acto pecaminoso trastocó toda su vida, y también la de sus descendientes. Así de grave fue su pecado y así de grave es también nuestro pecado. El pecado cambiará nuestra vida para mal, nunca para bien, excepto que nos arrepintamos y nos corrijamos pronto, pronto.

En esta nota me enfocaré en lo que Adán y Eva hicieron tan pronto como desobedecieron a Dios. Lo que hicieron no es lo que nosotros debemos hacer. Lo que nosotros debemos hacer es lo opuesto a lo que ellos hicieron.

¿Qué es lo que hicieron Adán y Eva tan pronto como pecaron contra Dios? Sus acciones inmediatas fueron: 1) Cubrirse con hojas de higuera, 2) Esconderse de la presencia de Dios, 3) Responder lo que no se le preguntó y 4) Culpar de su pecado a otros.

En terminología actual: 1) Cubrieron la consecuencia de su pecado, 2) Evitaron a Dios y no disfrutaron oír su palabra, 3) No quisieron que Dios los “viese” en su escondite y 4) No asumieron la responsabilidad de su pecado.

Estas acciones son propias e inmediatas al pecado en todo pecador, pero son las acciones que no nos ayudan a remediar nuestro pecado ni sus consecuencias. Lo que tenemos que hacer tan pronto pecamos es lo opuesto a lo que Adán y Eva hicieron.

Pienso en mí como pecador al escribir esta nota. Pienso también en los pecadores que quieren salir y levantarse de su pecado. Pienso, asimismo, en forma específica, en un hijo de Dios que ha tropezado y ha caído en pecado.

Los verdaderos hijos de Dios no nos deleitamos en el pecado. El “gozo” de la concupiscencia previa al acto pecaminoso y el “gozo” de la concupiscencia en acto mismo del pecado es muy fugaz y efímero. Ese “gozo” se disipa pronto, de inmediato. Lo único que es permanente es la vergüenza, la frustración, la culpa, la decepción, las consecuencias, etc. Para los hijos de Dios, caer en pecado es horrible.

Los hijos de Dios que pecan por hacer caso de su concupiscencia pueden ser presos por el engaño del pecado para endurecerse, para no arrepentirse, para permanecer en esa condición caída. La carne pecaminosa puede llevar al pecador creyente al punto de desalentarlo para que pierda toda esperanza de enmienda.

El diablo trabaja durísimo en la mente y en el corazón del pecador caído. Su intención y su propósito es esclavizarlo por medio de sumirlo en la desesperanza para que no se arrepienta ni se vuelva a Dios.

El pecador caído está en peligro y necesita de la intercesión de los hijos de Dios pues corre el riesgo el acostumbrarse a vivir caído.

Dios que es bueno y misericordioso no quiere que los pecadores vivan en esa triste condición. Es por eso que los busca, los llama, los escucha, los confronta y les da la oportunidad de reivindicarse por medio del arrepentimiento, la confesión y la conversión.

Por eso, y mirando el relato del cómo reaccionaron Adán y Eva al caer en pecado, quiero alistar lo que debemos hacer tan pronto como caemos en pecado:

1. Debemos reconocer que hemos pecado y no tratar de arreglar nuestro pecado sin tomar en cuenta a Dios. Adán y Eva no dijeron hemos pecado, busquemos a Dios y digámosle que lo hemos desobedecido y no sabemos qué hacer para remediar lo hecho. Ellos se cubrieron por sí mismos. Eso no solucionó su pecado. Ellos necesitaban ir a Dios para que él los dirigiese en el cómo levantarse y enmendar su pecado. Los pecadores no debemos tratar de arreglar nuestros pecados por nosotros mismos. Reconozcamos nuestros pecados y pidamos a Dios ayuda para remediarlos. ¡Dios va a ayudarnos!

2. Debemos escuchar a Dios y acercarnos a él de corazón. Dios nos dará dirección por medio de Su Palabra. Su presencia misericordiosa nos dará ánimo. Por eso no debemos tener miedo de su voz ni de su presencia. Al contrario, escuchemos su palabra y acerquémonos a él confiadamente.

3. Digámosle a Dios dónde estamos en relación a él. Seamos honestos. No ocultemos nada de lo que hemos hecho. Él sabe todo y es inútil u ocultarle de nuestra condición. Describirle nuestra condición a Dios es vital para ser ayudados por él.

4. Asumamos nuestra responsabilidad en nuestro pecado. El pecado es un asunto nuestro. Ninguno de nosotros peca forzado. Adán no fue forzado a pecar; tampoco Eva. Empero, ambos no asumieron su responsabilidad, culparon a otros. Adán culpó a Eva y a Dios. Eva culpó a la serpiente. Ninguno dijo: “Te desobedecí. Quebranté tu palabra. Fui contra tu voluntad.” No tenemos que imitar a Adán y Eva en cómo actuaron luego de su pecado. No debemos echarle la culpa a otros por nuestro pecado. Asumamos nuestra responsabilidad. ¡Qué Dios nos ayude!

El pecado tiene remedio.

Hay solución para los pecadores.

Los pecadores no estamos obligados a vivir en pecado toda nuestra vida.

En el tiempo presente Dios soluciona el problema del pecado por medio de Jesucristo. Dios envío a Jesucristo a esta tierra como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él murió por nuestros pecados, para redimirnos y liberarnos de ellos y de su condenación.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

¡Dios bueno y misericordioso y Padre de Jesucristo ayúdanos a nosotros tus hijos a tratar con nuestro pecado como tú ordenas en tu palabra escrita que está en la Biblia! Amén.