Los cristianos se caracterizan por cantar. El canto a Dios, resaltando sus virtudes, sus verdades, sus obras, su voluntad y sus bendiciones, es parte de sus vidas, tanto cuando están solos, como cuando están en familia, o como cuando están en sus congregaciones.
Todo hijo de Dios por medio de Jesucristo va a cantar, sí o sí, es imposible que no lo haga. La Iglesia de Cristo se distingue por cantar. Sus reuniones están llenas de cánticos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.
El canto a Dios es una evidencia de conocer a Dios y de estar impactados por él. David, quien es conocido como el dulce cantor de Israel, testifica su determinación de cantarle a Dios durante de toda su vida: “A Jehová cantaré en mi vida; a mi Dios cantaré salmos mientras viva” (Salmo 104:33).
¿Jesucristo y sus discípulos cantaban? Claro que sí. No hay muchos detalles, pero Mateo y Marcos testifican que cantaron “el himno”. Ellos cantaron “el himno” antes de emprender el camino al monte de los Olivos, después de cenar por última vez y previo a todos los acontecimientos que terminaron en su apresamiento, juicio, muerte, resurrección y ascensión a los cielos. (Mateo 26:30; Marcos 14:26).
El apóstol Pablo describió lo fundamental del canto y su rol edificador entre los cristianos con estas palabras: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.” (Colosenses 3:16).
Pablo expresó, asimismo, que el discípulo de Cristo debe ser lleno del Espíritu Santo, para que puede expresarse con cánticos en su intimidad personal con Dios y en su interacción con sus hermanos cuando está entre ellos. (Efesios 5:18-20).
Mucho del crecimiento espiritual de la iglesia está determinado por el canto congregacional.
Dios bendice y hacer crecer al hombre nuevo de cada uno de sus hijos por medio de los cantos que se entonan en las reuniones de su pueblo.
La semana pasada me tocó enseñar en la IEB El Buen Pastor de Virú. Allí fui impactado por el canto de mis hermanos. ¡Cantamos nueve himnos en total! Los himnos tenían doctrina bíblica, edificación y desafío para todos nosotros.
Los himnos que cantamos fueron todos estos: Digno de todo honor, A nuestro Padre Dios, ¡Cuán grande es él!, Jesús es mi rey soberano, Cristo mi íntimo amigo, No cambiará, Tierra de Palestina, Mi anhelo eres tú, Necesito tu presencia y Anhelo trabajar para el Señor. (Adjunto dos fotos con la letra de los himnos cantados durante el servicio).
Nuestros pensamientos y emociones fueron afirmados en la fe en Cristo Jesús por medio de estos preciosos himnos.
Mi experiencia en Virú me hizo reflexionar en el valor del tiempo de cánticos en las congregaciones. Necesitamos cantar más, no menos.
Sé que vivimos en un mundo que quiere absorver las veinticuatro horas de cada uno de los días de nuestra semana con sus muchas demandas, pero eso no implica que tengamos que acortar el tiempo que dedicamos a cantar en nuestra vida diaria ni al reunirnos como iglesia.
Nuestro Dios quiere que cantemos.
Él quiere oírnos entonar sus virtudes, sus obras y sus verdades por medio de nuestras alabanzas. Él, asimismo, quiere que nosotros crezcamos y nos edifiquemos mutuamente cada vez que cantamos sobre él y sobre su salvación. Esforcémonos en cantar más y mejor cada vez que nos congregamos. ¡Qué Dios nos ayude en este esfuerzo acrecentador!
El impacto por los nueve himnos que entonamos en la congregación de Virú sigue retumbando en mi mente y mi corazón. Mis hermanos en Cristo cantaron cada himno con entusiasmo y convicción. Dios fortaleció mi fe por medio de los himnos que eligieron para aquella reunión.
Cuando me tocó mi parte, que fue predicar la palabra de Dios, dediqué un momento para felicitar al dirigente y a toda la congregación por edificar y animar mi vida espiritual por medio del tiempo de alabanza.
Cantar junto a mis hermanos de la IEB El Buen Pastor de Virú fue una brisa de grande aliento para mi corazón.
Escribo este testimonio y lo publicó porque he notado una disminución del momento de cánticos en varias de la congregaciones que he visitado. No es bueno que cantemos poco. Necesitamos cantar mucho más al congregarnos. ¡Hagámoslo!
