Aviva Tu Obra, Oh Dios: La Oración de Habacuc y la Urgente Necesidad de Avivamiento Hoy.

La Oración de Habacuc: 4 Pasos para el Avivamiento Hoy.

“Descubre el patrón bíblico en Habacuc 3:2. Analizamos los 4 principios que el profeta usó para clamar a Dios por un despertar espiritual en su nación.”

El avivamiento de la obra de Dios siempre es una necesidad continua en este mundo, y en el mundo de hoy, muchísimo más.

Avivamiento (en el uso cotidiano) es la acción y el efecto de avivar. La palabra “avivar” significa: “volver a vivir”, “revivir”, “cobrar vida”, “entusiasmarse” o “dar vigor o energía” a algo.

En el uso cristiano o evangélico, el avivamiento es el “despertar“, la “consagración“, la “renovación” y la “priorización” de la vida espiritual con Dios por medio de Jesucristo, Su Hijo. Este avivamiento puede ser individual, colectivo o los dos juntos. Como consecuencia del avivamiento, la vida personal de todo cristiano, de la Iglesia y de la sociedad en general, se hace más devota, más arrepentida, más sensible, más obediente y más útil a Dios y a la extensión de Su evangelio.

El Avivamiento no es una reliquia histórica, sino una necesidad continua y, hoy más que nunca, urgente. Ante el enfriamiento espiritual y la secularización, la única solución es un acto soberano de Dios. El profeta Habacuc lo entendió y nos dejó un patrón atemporal en su oración de Habacuc 3:2. En este post, exploraremos los cuatro principios fundamentales que él usó para clamar por un despertar espiritual en su nación y que son indispensables para nuestra vida y nuestra época.

“Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia.” (Habacuc 3:2).

1. Tenemos que ser conscientes de que el avivamiento es necesario.

¿Se adora, alaba, teme, obedece y ama a Dios? ¿Se guarda y se vive en conformidad con las leyes reveladas en la palabra de Dios? ¿Se vive misericordiosamente y fraternalmente entre prójimos? ¿Las familias viven en respeto mutuo y armonía? ¿Las autoridades se preocupan por el bienestar de todos los ciudadanos y les dan seguridad y justicia, o solo viven para sí mismos y sus allegados?

Estas preguntas se respondían negativamente en los días de Habacuc. El profeta era consciente de la situación de su sociedad, tal como lo expresan Sus palabras clarísimas al respecto:

“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia.” (Habacuc 1:2-4).

Él, a la vez, sabía que el juicio de Dios estaba a la puerta de su nación. Es más, Habacuc conocía a quienes usaría Dios para ejecutar Su juicio y eso lo tenía confundido y angustiado.

“Mirad entre las naciones, y ved, y asombraos; porque haré una obra en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis. Porque he aquí, yo levanto a los caldeos, nación cruel y presurosa, que camina por la anchura de la tierra para poseer las moradas ajenas.” (Habacuc 1:5-6).

El contexto religioso, político y social de Judá requería de un avivamiento espiritual y Habacuc estaba al tanto de esa urgente necesidad. Su oración a Dios para que avive Su obra en sus días es un reflejo de su lucidez y de su discernimiento espiritual.

Nuestro tiempo requiere de hijos de Dios que imiten a Habacuc.

Nuestras familias, congregaciones y naciones demandan “Habacucs” modernos, que estén con los ojos despiertos, y que vean la necesidad de un avivamiento obrado por Dios, y que oren por el mismo al Dios todopoderoso. ¡Que Dios levante cristianos diligentes y alertas que vean la necesidad del avivamiento espiritual!

2. Tenemos que estar escuchando la palabra de Dios humilde y reverentemente.

¿Cómo es que Habacuc llegó a ser consciente de la necesidad de un avivamiento? Su testimonio al respecto es poderoso. Él oía atenta y temerosamente la palabra de Dios. Su actitud ante ella era propicia para que el Espíritu Santo avivase su vida para con Dios y para con su prójimo. Fueron las Sagradas Escrituras las que despertaron su entendimiento y lo hicieron ver la necesidad espiritual de su nación. La Escritura decía una cosa y el pueblo judío vivía otra.

Los cristianos tenemos que estar oyendo y leyendo la Biblia como lo hizo este profeta. “Oh Jehová, he oído Tu palabra, y temí” tiene que ser también nuestro testimonio. Es la palabra escrita de Dios la que nos hace ver si estamos agradando a Dios o yendo en contra de Su buena y bendita voluntad. Es la Escritura la que nos motivará y nos impulsará hacia un avivamiento espiritual. Ella obrará en nosotros primero, y luego, al seguir transformándonos y encaminándonos más y más hacia Dios, nos hará ver que los demás también necesitan la obra de Dios en sus vidas.

3. Tenemos que pedirle a Dios en oración el avivamiento.

Habacuc deja en claro en su oración que el avivamiento espiritual verdadero es obra de Dios, no del hombre. “Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos. En medio de los tiempos hazla conocer”, oró el profeta. La implicancia es trascendental: “Es Dios mismo quien tiene que ejecutar y concretizar el avivamiento.”

Habacuc le pidió a Dios el avivamiento de Su obra en la vida de su pueblo y de toda la humanidad. Su obra tenía que ser visible en su momento histórico. Toda su nación y todas las naciones que la rodeaban tenían que ver la obra de Dios en los judíos. Era Dios mismo quien debía hacer conocer Su labor en la vida cotidiana de los ciudadanos de Judá.

La petición en oración de Habacuc tiene que ser nuestra oración. Nosotros también debemos pedir que Dios “avive Su obra en medio de nuestra época.” Tenemos que pedirle que avive la vida espiritual en cada creyente y discípulo de Cristo. Debemos rogarle que reviva a Su iglesia y que la impulse hacia Él y hacia la misión de predicar el evangelio a toda criatura. En nuestra oración necesitamos pedir que Dios quebrante y mueva los corazones de nuestros conciudadanos hacia Él y hacia Jesucristo, Su Hijo, para la vida presente y la venidera.

4. Tenemos que estar listos a aceptar los resultados propios de la presencia santa y poderosa de Dios.

El avivamiento espiritual es posible porque Dios se revela en poder en quienes son Su pueblo y en quienes no lo son. Su presencia y Su obra serán un hecho tanto en quienes le temen y sirven como en quienes no lo hacen.

Habacuc sabía que Dios obraría en ira contra los pecadores y sus pecados, y en misericordia para con los pecadores que se arrepentían y volvían a Él en fe y conversión genuina. “En la ira acuérdate de la misericordia”, oró el profeta. El profeta quería que la ira de Dios sobre los ciudadanos rebeldes de su pueblo se expresase, pero sin dejar de expresarles también Su misericordia salvífica y redentora.

El avivamiento espiritual que Dios obra revela a nuestro Creador en ira contra los pecadores no arrepentidos y en misericordia para con los pecadores arrepentidos.

¡Tenemos que aceptar con un corazón humilde y reverente lo que hará Dios durante el avivamiento!


En resumen, el avivamiento espiritual es una necesidad urgente y vital en todos los niveles. Cada cristiano debe avivar y estimular su vida con Dios para amarle, obedecerle, adorarle, servirle y glorificarle todo el tiempo. Asimismo, la iglesia de Cristo necesita ser revivida y cobrar ánimo para consagrarse y servir con amor en la extensión del evangelio. Finalmente, el avivamiento es clave para que aquellos que aún no creen en Jesús se salven, vivan una vida nueva y multipliquen el número de personas que sirven y glorifican a Dios.

Oración: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia.” (Habacuc 3:2).


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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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¡Lee, oye, memoriza, … La Biblia!

Leer, oír, memorizar, estudiar, meditar, obedecer, enseñar y afirmarse en la Biblia es una necesidad vital para todo aquel que de todo corazón se ha convertido a Jesucristo para amarle y servirle.

“Desead como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).

“… las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

“Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).

“… y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Efesios 6:17).

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

En este video testifico de cuánto Dios me ha ayudado por dar tiempo para alimentarme de la Biblia, que es la palabra de Dios. Ruego a Dios que use este video para edificación de sus hijos. Amén.