¡Admiremos y alabemos a Dios por su interés especial por los seres humanos!

Nuestra sentidos siempre tienen que estar alertas para experimentar a Dios en sus obras; para maravillarnos, alabarle, adorarle, temerle y glorificarle.

La obra más impresionante y por la que Dios gana todo nuestro ser y todo lo que tenemos, desde luego, es su obra se salvación de nuestros pecados y de nuestra condenación por medio de Jesucristo Su Hijo. No hay obra más persuasiva, seductora y convincente que esa para nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo desde que lo conocimos por medio de su evangelio.

Pero todas las demás, como la creación, el cuidado providencial del universo y, en especial, su enfoque en el bienestar de nosotros los seres humanos, son sorprendente e impresionantemente admirables. ¡Todos nosotros, sin excepción, somos objeto del amor de Dios y todo lo que hace a nuestro favor desde que existimos es la evidencia ineludible de ello!

El salmista estaba impresionado por cómo Dios se interesaba y privilegiada al ser humano. Dios tiene a los ángeles y al universo entero, que son mucho más hermosos, inmensos y superiores, pero le presta atención y distingue al ser humano, que es infinitamente pequeño y, tengo que escribirlo, el que más problemas y dolor y decepción le causa.

La perplejidad del salmista es también la mía.

Mi asombro y mi admiración por cómo Dios nos trata a nosotros los seres humanos afloró mientras estaba en el vuelo de la fotografía, al mirar desde allí la inmensidad y la belleza silenciosa de los cielos,  y es por eso que coloqué esa porción del Salmo 8 en ella.

Nosotros los seres humanos no tenemos excusa ante Dios.

No amarle, no obedecerle, no servirle, no alabarle, no adorarle, no temerle y no creerle nos pasará factura cuando nos presentemos y nos paremos ante él al terminar el mundo presente. ¿Qué le podremos decir que nos disculpe y justifique si es que no le hemos buscado ni agradado mientras estuvimos en esta tierra?

No hay nada, absolutamente.

Solo el silencio terrorífico y avergonzado nos acompañará en ese supremo y temible instante.

Tal enmudecimiento convicto y culpable será mucho más atroz y sobrecogedor si es que hemos oído de Jesucristo y su salvación y lo hemos rechazado por el motivo que sea mientras Dios nos dio vida.

Pero no tiene que ser así.

Dios tiene amor e interés en cada uno de nosotros. Dios dio a Jesucristo y lo sacrificó en la cruz del Calvario para que nosotros seamos salvos. Ahora es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. ¡Hagámoslo! ¡No demoremos más!

Nosotros los seres humanos somos privilegiados y distinguidos por Dios. Solamente tenemos que tener los ojos abiertos por la fe para mirar a nuestro alrededor y verlo. De tanta belleza y grandeza que Dios ha creado y tiene para cuidar, contemplar y deleitarse; nos prefiere a nosotros, y nos ama, busca, cuidar y atiende diligentemente. ¡Qué bendecidos y aventajados que somos!

¡Creamos, obedezcamos, sirvamos, alabemos, … y glorifiquemos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo todos los días de nuestra vida en este universo temporal que ya pronto será transformado en el universo eterno en el que moraremos con Dios por siempre! Amén.

¡Cantemos mucho más a Dios, no menos!

Los cristianos se caracterizan por cantar. El canto a Dios, resaltando sus virtudes, sus verdades, sus obras, su voluntad y sus bendiciones, es parte de sus vidas, tanto cuando están solos, como cuando están en familia, o como cuando están en sus congregaciones.

Todo hijo de Dios por medio de Jesucristo va a cantar, sí o sí, es imposible que no lo haga. La Iglesia de Cristo se distingue por cantar. Sus reuniones están llenas de cánticos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.

El canto a Dios es una evidencia de conocer a Dios y de estar impactados por él. David, quien es conocido como el dulce cantor de Israel, testifica su determinación de cantarle a Dios durante de toda su vida: “A Jehová cantaré en mi vida; a mi Dios cantaré salmos mientras viva” (Salmo 104:33).

¿Jesucristo y sus discípulos cantaban? Claro que sí. No hay muchos detalles, pero Mateo y Marcos testifican que cantaron “el himno”. Ellos cantaron “el himno” antes de emprender el camino al monte de los Olivos, después de cenar por última vez y previo a todos los acontecimientos que terminaron en su apresamiento, juicio, muerte, resurrección y ascensión a los cielos. (Mateo 26:30; Marcos 14:26).

El apóstol Pablo describió lo fundamental del canto y su rol edificador entre los cristianos con estas palabras: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.” (Colosenses 3:16).

Pablo expresó, asimismo, que el discípulo de Cristo debe ser lleno del Espíritu Santo, para que puede expresarse con cánticos en su intimidad personal con Dios y en su interacción con sus hermanos cuando está entre ellos. (Efesios 5:18-20).

Mucho del crecimiento espiritual de la iglesia está determinado por el canto congregacional.

Dios bendice y hacer crecer al hombre nuevo de cada uno de sus hijos por medio de los cantos que se entonan en las reuniones de su pueblo.

La semana pasada me tocó enseñar en la IEB El Buen Pastor de Virú. Allí fui impactado por el canto de mis hermanos. ¡Cantamos nueve himnos en total! Los himnos tenían doctrina bíblica, edificación y desafío para todos nosotros.

Los himnos que cantamos fueron todos estos: Digno de todo honor, A nuestro Padre Dios, ¡Cuán grande es él!, Jesús es mi rey soberano, Cristo mi íntimo amigo, No cambiará, Tierra de Palestina, Mi anhelo eres tú, Necesito tu presencia y Anhelo trabajar para el Señor. (Adjunto dos fotos con la letra de los himnos cantados durante el servicio).

Nuestros pensamientos y emociones fueron afirmados en la fe en Cristo Jesús por medio de estos preciosos himnos.

Mi experiencia en Virú me hizo reflexionar en el valor del tiempo de cánticos en las congregaciones. Necesitamos cantar más, no menos.

Sé que vivimos en un mundo que quiere absorver las veinticuatro horas de cada uno de los días de nuestra semana con sus muchas demandas, pero eso no implica que tengamos que acortar el tiempo que dedicamos a cantar en nuestra vida diaria ni al reunirnos como iglesia.

Nuestro Dios quiere que cantemos.

Él quiere oírnos entonar sus virtudes, sus obras y sus verdades por medio de nuestras alabanzas. Él, asimismo, quiere que nosotros crezcamos y nos edifiquemos mutuamente cada vez que cantamos sobre él y sobre su salvación. Esforcémonos en cantar más y mejor cada vez que nos congregamos. ¡Qué Dios nos ayude en este esfuerzo acrecentador!

El impacto por los nueve himnos que entonamos en la congregación de Virú sigue retumbando en mi mente y mi corazón. Mis hermanos en Cristo cantaron cada himno con entusiasmo y convicción. Dios fortaleció mi fe por medio de los himnos que eligieron para aquella reunión.

Cuando me tocó mi parte, que fue predicar la palabra de Dios, dediqué un momento para felicitar al dirigente y a toda la congregación por edificar y animar mi vida espiritual por medio del tiempo de alabanza.

Cantar junto a mis hermanos de la IEB El Buen Pastor de Virú fue una brisa de grande aliento para mi corazón.

Escribo este testimonio y lo publicó porque he notado una disminución del momento de cánticos en varias de la congregaciones que he visitado. No es bueno que cantemos poco. Necesitamos cantar mucho más al congregarnos. ¡Hagámoslo!