Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
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Tu rutina… ¿la gozas alegremente o la sufres amargamente?

Tu rutina…

¿la gozas alegremente

o

la sufres amargamente?

La vida es rutina.

Todo es rutinario.

La rutina es lo acostumbrado, lo habitual, lo usual, lo repetitivo, lo monótono, lo asiduo, lo constante.

La rutina es “la vida” misma o también “la muerte”.

El universo funciona rutinariamente, si no funcionase así, todo sería caos, confusión y desorden. No se podría planificar nada. Todo sería inseguro. No habría estabilidad.

Los seres humanos también funcionamos rutinariamente. Es normal y lógico que así sea, pues, ya hemos visto que el universo mismo se conduce rutinariamente. Nosotros hacemos siempre las mismas cosas. Nuestro vivir está llena de repeticiones.

Nosotros los seres humanos somos los únicos que podemos decidir cómo vivir nuestra rutina. El universo no decide nada. Los cosas inanimadas y las seres vivos no personales como las plantas y los animales tampoco. Solo nosotros los seres humanos decidimos voluntariamente cómo es que vamos a vivir nuestra rutina.

La rutina se puede vivir con gozo, con alegría. Nosotros podemos disfrutar y satisfacernos en todo lo que vivimos repetidamente día tras día. Podemos deleitarnos con todo y con todos en nuestra rutina. Dios nos ha dado el privilegio y el deber de gozarnos (Eclesiastés 5:18).

La rutina también puede vivirse con quejas, con amargura, con resignación y con desesperanza. Nosotros podemos resistir nuestra rutina y frustrarnos con cada cosa que tenemos y que hacemos cada día. Podemos estar enojados contra toda nuestra rutina y también contra todos los que participan de ella.

La rutina puede darte “vida” o puede darte “muerte”, pero no será por ella misma, sino por tu propia responsabilidad, ya que el cómo asumes y vives la rutina y tu propia rutina es tu elección personal. Nadie excepto tú decides personalmente cómo afrontar tu rutina. (Eclesiastés 2:11).

La rutina no va a cambiar.

Ella es así y será siempre así. Imponente. Impasible. Insensible. Su condición es inmutable, excepto una catástrofe, que la cambie, que la mute. Nosotros podemos huir y escapar de nuestra rutina, pero eso no significa que ya no volveremos a tener una; no es ni será así, lo único que ocurrirá es que volveremos a tener otra rutina, es decir, la reemplazaremos por otra.

Siempre tenemos que despertarnos, asearnos, vestirnos, alimentarnos; saludar, trabajar, descansar, dormir, etc.

Siempre hay que relacionarnos con otros. Con nuestros padres, hermanos, cónyuges, suegros, primos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.

El problema nunca es nuestra rutina.

El problema es cómo asumimos la rutina.

Todas nuestras actividades son rutinarias y expresan nuestra estabilidad y seguridad. Debemos gozarnos de esa rutina y de sus beneficios. Y si somos normales, lo disfrutaremos, excepto que estemos presos, esclavos, enfermos, o en tribulación constante.

Pero toda condición rutinaria, por más pesada, dolorosa y sufrida que sea, puede ser asumida con gozo.

Salomón, en su Eclesiastés, analizó lo rutinario de la vida.

Salomón examinó lo trabajoso, lo pesado y lo amargo de la rutina del universo y de la vida humana. En su análisis, él descubrió que quien sufre la rutina de la vida es el hombre (o mujer), pero no cualquier hombre (o mujer), sino el hombre (o mujer) que pierde, que abandona a Dios. El hombre (o mujer) que deja de temer y de honrar a Dios es aquel (o aquella) a quien la rutina frustrará, decepcionará, resentirá y amargará.

Nosotros tenemos que ver a Dios en nuestra rutina. Nosotros tenemos que estar agradecidos a Dios porque tenemos una rutina y podemos vivirla. Nuestra rutina es una bendición de Dios. Nuestra rutina es una expresión de que estamos vivos y de que seguimos vivos.

Cada acto de nuestra rutina tiene que ser optimista y si eres un creyente en Dios por medio de Jesucristo Su Hijo con muchísima mayor razón.

Para nosotros los cristianos Dios está en nuestra rutina. Dios nos ayuda a vivir nuestra rutina. Dios nos perfecciona con y en nuestra rutina. Dios nos usa y se glorifica con y en nuestra rutina. La Biblia es clarísima al respecto.

Cuando nosotros creemos en Jesús y le seguimos tenemos a Dios en nuestra rutina por él es Emanuel y él trae a Dios a nuestras vidas (Mateo 1.22-23). Nuestra rutina, que es nuestra vida, ya no la vivimos solos, nosotros la vivimos con Dios.

Me he extendido con este asunto de la rutina.

Lo que sucede es que he visto que mi rutina la puedo disfrutar o la puedo sufrir.

Yo quiero disfrutar mi rutina.

Me he propuesto gozarme en todo lo que es repetitivo en mi vida.

La rutina la podemos vivir pensando y rumiando en lo malo de todo y en lo malo de todos y amargadnos así la vida. No es saludable vivir así. No vale la pena vivir así. Es dañino para nosotros mismos y también para quienes nos rodean.

Al vivir la rutina hay que pensar en Dios, y en los bueno de todo y de todos. Entonces, nuestros pensamientos serán guardados en paz y tendremos gozo y gratitud constante al vivir nuestra rutina terrestre. ¡Qué Dios nos ayude a vivir gozosos la rutina terrestre hasta que Dios nos lleve a su reino eterno!

¡Qué Dios nos transforme y se glorifique con nuestra rutina de cada día!

Amén y amén.

¡Mi Redentor Vive y después de muerto resucitaré, lo veré y viviré con él!

La muerte llegó a personas que quiero. La tristeza les embarga y el dolor les agobia.

Están tristes y desde donde estoy solamente puedo orar por ellos y darles palabras de aliento.

La persona que murió vivió en esta tierra creyendo en Dios por medio de Jesucristo, Su Hijo. Y Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Romanos 4:25), dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Cree esto?”

Ella creyó en Jesucristo y en lo que él dijo de sí mismo. En consecuencia, su muerte no es definitiva, no ha muerto eternamente, ella resucitará y vivirá eternamente al lado de Dios y de todos los redimidos.

Desde la distancia y desde mi no presencia física pido a Dios que consuele, de fuerzas, ánimo y ayuda a mis amigos y hermanos en Cristo, cuyo familiar a partido a su encuentro espiritual con Dios.

El antónimo de la muerte es la vida. Lo opuesto a morir es resucitar.  La Biblia habla de la muerte y también de la vida. La Biblia presenta el morir y también el resucitar.

Yo no sé de ustedes, pero sí se de mí. Se puede vivir y morir con la esperanza de resucitar de los muertos para salvación y vida eterna al lado de Dios. Si se quiere vivir y morir así, hay que creer y seguir a Jesucristo de todo corazón.

Job, quien es conocido por el sufrimiento atroz que padeció, creía en la resurrección de los muertos y en su propia resurrección. Sus palabras, en Job 19:25-27, son contundentes.

Él sabía que Su Redentor estaba vivo. Él sabía que se iba a morir y que por el proceso de la muerte, su piel iba a ser deshecha. Pero él sabía, también, que iba a resucitar y que en su carne iba a ver a Dios.

Ver a Dios luego de morir y resucitar es una verdad liberadora y alentadora. La muerte no es nuestro final, sino nuestro principio, el principio de nuestra eternidad. En esta nuestra eternidad, veremos a Dios, lo veremos personalmente, seremos nosotros mismos los que experimentaremos ese bendito hecho y Job lo hace patente.

La muerte y el dolor que produce en nosotros que la padecemos, nos agobia, nos abruma. Job no lo niega, él dice que su corazón desfallece dentro del él. Pasa lo mismo con nosotros. Pero, eso sí, nuestra esperanza es mayor, y es por eso que nos sobreponemos al dolor y nos levantamos y nos ponemos en pie, para seguir viviendo con ánimo para Dios por la fe en Jesucristo.

¡Gracias a Dios por darnos esperanza en días de dolor por la muerte! ¡Gracias a Dios por darnos a Jesucristo, que murió y resucitó para salvarnos de la muerte!

¡Qué Dios nos ayude a vivir creyendo en Jesucristo mientras vivimos como extranjeros y peregrinos hasta irnos a vivir con él por la eternidad!

Amén y amén.

El árbol de la ciencia del bien y del mal – El bocado bueno, protector, prohibido y mortal.

El árbol de la ciencia del bien y del mal es el segundo árbol que Dios destaca en la narración bíblica. El primero es el árbol de vida (Génesis 2:9).

El árbol de la ciencia del bien y del mal era un árbol bueno, como todo lo que Dios hizo. El árbol está incluido en la declaración que clausuró la obra creativa de Dios (Génesis 1:31).

Pero el árbol de la ciencia del bien y del mal, que era bueno, le fue prohibido clara y específicamente a Adán; y también a Eva, que recibió la prohibición de boca de Adán.

¿Por qué Dios les prohibió ese crucial árbol? Es difícil responder por Dios. Con todo, me aventuraré a dar algunos motivos implícitos en el relato y la prohibición.

1. Ellos tenían mucho que comer y no necesitaban comer el fruto de ese árbol. Génesis 2:9 muestra la abundancia que había en el huerto. Dios autorizó a Adán a comer todo árbol del huerto,  incluyendo al árbol de Vida (Génesis 2:16).

2. Dios los hizo capaces de conocer el bien y el mal sin necesidad de desobedecerle. El bien era obedecer a Dios y el mal era desobedecerle. Adán mostró su capacidad de conocer el bien y de expresar ese conocimiento al obedecer a Dios nombrando a todos los animales. Adán y Eva mostraron su capacidad de conocer el mal al obedecer a Dios no comiendo del árbol por un breve tiempo entre el final del capítulo 2 y el inicio del capítulo 3 de Génesis.

3. Adán y Eva tenían a Dios como Maestro personal directo. Dios los hizo a su imagen y semejanza, es decir, tenían las capacidades de Dios en expresión humana. Dios les hizo conocer cuál era su posición, su rol y sus deberes en toda su creación (Génesis 1:28). Dios le hizo conocer también qué debían comer ellos y también las otras criaturas (Génesis 1:29-30). Dios les hizo conocer también cuán amplia y plural era su libertad cómo cuán mínima y singular era su prohibición (Génesis 2:16-17). Dios era su maestro. Adán y Eva podían conocer lo que quisiesen directamente de Dios.

4. Dios dio a Adán y Eva la prohibición para protegerlos de la muerte y del enemigo qué ellos “no sabían” que ya existía. Para este momento del relato, y habiendo pasado la semana de creación, Lucifer ya se había convertido en diablo y Satanás, y era adversario de Dios y de ellos (Apocalipsis 12:9), pero Adán y Eva no lo sabían. Obedecer Genesis 2:16-17 protegía a Adán y Eva de ese enemigo y su engaño. También, obedecer ese mandato los protegía de la muerte, que les era potencial, pero experimental al desobedecer.

5. Dios probó la lealtad voluntaria de Adán y Eva con la prohibición de Génesis 2:16-17. Dios hizo personas a su imagen y semejanza. Dios hizo individuos libres. Dios hizo de los seres humanos entes con voluntad propia, ya para obedecer o “desobedecer”. Dios quería y esperaba que Adán y Eva decidiesen serle leales y que mostrasen esa su lealtad obedeciendo su mandato libre y voluntariamente. ¿Era un riesgo? Sí, y Dios asumió ese riesgo porque era lo mejor para nosotros.

Estos son los motivos implícitos en árbol de la ciencia del bien y del mal que veo en la narración y en la prohibición de Génesis 2:17. Si ustedes ven algún otro motivo, háganmelo saber.

Dios siempre buscó, busca y buscará el bien del ser humano.

Adán y Eva vieron esa bondad por un breve tiempo en el árbol de la ciencia del bien y del mal y en la orden de no comerlo. Cuando vieron esa bondad fueron obedientes a Dios y estuvieron en comunión con él y disfrutaron de todo lo que él dispuso para ellos.

Así es también hoy.

Dios es bueno y quiere lo mejor para con nosotros. Por eso nos ha dado a Jesucristo, Su Hijo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Romanos 4:24-25). Si vemos la bondad de Dios en Jesucristo y creemos en él y le seguimos, tendremos perdón de pecados y salvación eterna, y disfrutaremos de Dios y de todos sus bienes.

Aprovechemos la bondad de Dios y pongamos nuestra fe en Jesús para seguirle y servirle. Amén.

El bocado bueno, protector, prohibido y mortal que fue el árbol de la ciencia del bien y del mal no fue comido por un breve lapso de tiempo, pero después …

El árbol de la vida, un árbol ignorado hoy anhelado.

En el huerto que Dios hizo en Edén había gran variedad de árboles frutales. Sus frutos eran deliciosos a la vista y buenos para comer; se veían sabrosos y exquisitos. Y lo mejor, Adán y Eva eran libres de comerlos y alimentarse de ellos.

Adán y Eva veían “se deleitaban” y “se alimentaban” de los frutos de esos árboles. El autor inspirado no nos da ese hecho, lo presumo. No es posible que nuestros primeros padres hayan estado entre tanto árbol frutal sin haberse alimentado de ellos.

El autor inspirado destaca de entre todos estos árboles a dos árboles: El árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. ¿Por qué el escritor los separa, los remarca y los señala claramente?

Estos dos árboles son protagonistas en el relato bíblico.

En esta nota hablaré del primero de los dos árboles.

El árbol de la vida fue ignorado por Adán y Eva. Su fruto estaba a su alcance. Podían comerlo. Debían comerlo. Ese fruto no les estaba prohibido. Dios no les vedó ese árbol. Nuestros padres sí podían alimentarse del árbol de la vida. (Génesis 2:16).

¡El árbol de la vida y su fruto estaban disponibles!

Tristemente, Adán y Eva no comieron del de árbol de la vida. ¿Por qué no lo hicieron? Es probable que no lo hicieron porque estaban llenos de vida y porque tenían mucho para comer.

Después, cuando desobedecieron, cuando ya pecaron, Dios determinó que Adán y Eva no debían tener el árbol de la vida al alcance de su mano, para cogerlo y para comerlo (Génesis 3:22).

De acuerdo al testimonio del propio Dios, si Adán y Eva, ya caídos, comían del árbol de la vida vivirían para siempre. ¿Era malo eso en ese momento para ellos? Sí, seguro. ¿Por qué? Porque ellos hubieran perpetuado irremisiblemente su condición caída y desobediente.

Antes de la desobediencia, sí era bueno comer del fruto del árbol de la vida. Adán y Eva tenían el permiso de Dios y eran buenos, como toda la creación, por eso podían comerlo libremente. Su desobediencia quebrantó su bondad y la bondad de todo lo creado. Dios no quería que ellos perpetuasen su condición caída y por eso los alejó del árbol de la vida. ¿Cómo lo hizo? Los echó del huerto y colocó en su camino querubines y una espada encendida (Génesis 3:24).

El árbol de la vida entonces ya no es mencionado recurrentemente, “desaparece”.

Se menciona en Proverbios 3:13-18; 11:30; 13:12; 15:4, pero como símbolo de virtud o de un estado deseable.

El árbol de la vida aparece históricamente otra vez en el libro de Apocalipsis, el último libro de la Biblia, que narra la victoria definitiva de Jesucristo sobre el malo, los malos y el mal. Este árbol, que estuvo en el medio del huerto en Edén, ahora está en medio del paraíso de Dios (Apocalipsis 2:7), que es la Nueva Jerusalén, la ciudad eterna de Dios (Apocalipsis 22:2), que aparecerá al fin del mundo presente y al inicio del mundo eterno (Apocalipsis 21:1-4).

El árbol de la vida está al alcance de los redimidos y herederos del reino de Dios por la fe en Jesucristo (Apocalipsis 22:14). Dios alimentará a sus hijos con el fruto de ese árbol y dará sanidad con sus hojas a todos aquellos que por Jesucristo hayan llegado a vivir y gozar de él y de todos sus bienes por los siglos de los siglos (Apocalipsis 2:7; 22:2).

¡Qué Dios me ayude, te ayude y nos ayude a creer y a seguir a Jesús mientras estamos vivos para que Dios nos dé de comer del árbol de vida a su lado en la eternidad! Amén.