Tu rutina… ¿la gozas alegremente o la sufres amargamente?

Tu rutina…

¿la gozas alegremente

o

la sufres amargamente?

La vida es rutina.

Todo es rutinario.

La rutina es lo acostumbrado, lo habitual, lo usual, lo repetitivo, lo monótono, lo asiduo, lo constante.

La rutina es “la vida” misma o también “la muerte”.

El universo funciona rutinariamente, si no funcionase así, todo sería caos, confusión y desorden. No se podría planificar nada. Todo sería inseguro. No habría estabilidad.

Los seres humanos también funcionamos rutinariamente. Es normal y lógico que así sea, pues, ya hemos visto que el universo mismo se conduce rutinariamente. Nosotros hacemos siempre las mismas cosas. Nuestro vivir está llena de repeticiones.

Nosotros los seres humanos somos los únicos que podemos decidir cómo vivir nuestra rutina. El universo no decide nada. Los cosas inanimadas y las seres vivos no personales como las plantas y los animales tampoco. Solo nosotros los seres humanos decidimos voluntariamente cómo es que vamos a vivir nuestra rutina.

La rutina se puede vivir con gozo, con alegría. Nosotros podemos disfrutar y satisfacernos en todo lo que vivimos repetidamente día tras día. Podemos deleitarnos con todo y con todos en nuestra rutina. Dios nos ha dado el privilegio y el deber de gozarnos (Eclesiastés 5:18).

La rutina también puede vivirse con quejas, con amargura, con resignación y con desesperanza. Nosotros podemos resistir nuestra rutina y frustrarnos con cada cosa que tenemos y que hacemos cada día. Podemos estar enojados contra toda nuestra rutina y también contra todos los que participan de ella.

La rutina puede darte “vida” o puede darte “muerte”, pero no será por ella misma, sino por tu propia responsabilidad, ya que el cómo asumes y vives la rutina y tu propia rutina es tu elección personal. Nadie excepto tú decides personalmente cómo afrontar tu rutina. (Eclesiastés 2:11).

La rutina no va a cambiar.

Ella es así y será siempre así. Imponente. Impasible. Insensible. Su condición es inmutable, excepto una catástrofe, que la cambie, que la mute. Nosotros podemos huir y escapar de nuestra rutina, pero eso no significa que ya no volveremos a tener una; no es ni será así, lo único que ocurrirá es que volveremos a tener otra rutina, es decir, la reemplazaremos por otra.

Siempre tenemos que despertarnos, asearnos, vestirnos, alimentarnos; saludar, trabajar, descansar, dormir, etc.

Siempre hay que relacionarnos con otros. Con nuestros padres, hermanos, cónyuges, suegros, primos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.

El problema nunca es nuestra rutina.

El problema es cómo asumimos la rutina.

Todas nuestras actividades son rutinarias y expresan nuestra estabilidad y seguridad. Debemos gozarnos de esa rutina y de sus beneficios. Y si somos normales, lo disfrutaremos, excepto que estemos presos, esclavos, enfermos, o en tribulación constante.

Pero toda condición rutinaria, por más pesada, dolorosa y sufrida que sea, puede ser asumida con gozo.

Salomón, en su Eclesiastés, analizó lo rutinario de la vida.

Salomón examinó lo trabajoso, lo pesado y lo amargo de la rutina del universo y de la vida humana. En su análisis, él descubrió que quien sufre la rutina de la vida es el hombre (o mujer), pero no cualquier hombre (o mujer), sino el hombre (o mujer) que pierde, que abandona a Dios. El hombre (o mujer) que deja de temer y de honrar a Dios es aquel (o aquella) a quien la rutina frustrará, decepcionará, resentirá y amargará.

Nosotros tenemos que ver a Dios en nuestra rutina. Nosotros tenemos que estar agradecidos a Dios porque tenemos una rutina y podemos vivirla. Nuestra rutina es una bendición de Dios. Nuestra rutina es una expresión de que estamos vivos y de que seguimos vivos.

Cada acto de nuestra rutina tiene que ser optimista y si eres un creyente en Dios por medio de Jesucristo Su Hijo con muchísima mayor razón.

Para nosotros los cristianos Dios está en nuestra rutina. Dios nos ayuda a vivir nuestra rutina. Dios nos perfecciona con y en nuestra rutina. Dios nos usa y se glorifica con y en nuestra rutina. La Biblia es clarísima al respecto.

Cuando nosotros creemos en Jesús y le seguimos tenemos a Dios en nuestra rutina por él es Emanuel y él trae a Dios a nuestras vidas (Mateo 1.22-23). Nuestra rutina, que es nuestra vida, ya no la vivimos solos, nosotros la vivimos con Dios.

Me he extendido con este asunto de la rutina.

Lo que sucede es que he visto que mi rutina la puedo disfrutar o la puedo sufrir.

Yo quiero disfrutar mi rutina.

Me he propuesto gozarme en todo lo que es repetitivo en mi vida.

La rutina la podemos vivir pensando y rumiando en lo malo de todo y en lo malo de todos y amargadnos así la vida. No es saludable vivir así. No vale la pena vivir así. Es dañino para nosotros mismos y también para quienes nos rodean.

Al vivir la rutina hay que pensar en Dios, y en los bueno de todo y de todos. Entonces, nuestros pensamientos serán guardados en paz y tendremos gozo y gratitud constante al vivir nuestra rutina terrestre. ¡Qué Dios nos ayude a vivir gozosos la rutina terrestre hasta que Dios nos lleve a su reino eterno!

¡Qué Dios nos transforme y se glorifique con nuestra rutina de cada día!

Amén y amén.

¡Sirvamos con gozo a quienes no pueden valerse por sí mismos!

El ser humano normal, que crece, que es adulto, que es capaz y que está sano, sirve, trabaja, es útil y provechoso para otros. Es en esa manera que se sostiene y cubre sus necesidades para sí mismo, y para los suyos, y para los desvalidos y necesitados de este mundo.

Solamente los bebés, y los que crecen y son adultos pero están incapacitados por causa de enfermedad grave y severa, y los ancianos muy, pero muy ancianos, son quienes requieren que se trabaje por ellos y para ellos.

Estoy entendiendo mejor esta acción propia de todo ser humano normal y por eso aprecio mucho más a las personas que sirven, que trabajan, que ayudan y que son provechosos para otros, en especial, para aquellos que no pueden valerse por sí mismos.

Jesucristo es un modelo de este tipo de servicio. Dios, en la Biblia, que es Su Palabra, tiene esta declaración, que fue pronunciada por Jesucristo, quien es el ejemplo supremo del servicio a los desvalidos. “Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10:45 – Reina Valera 1909).

Jesucristo hizo lo que nosotros los pecadores no podíamos hacer para nosotros mismos ni para otros. Nosotros no podiamos morir para pagar nuestros pecados y ser salvos y evitar así la condenación eterna en el lago de fuego. Como no podiamos hacerlo, quien lo hizo fue Jesús.

La Biblia es clara al respecto: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8). ¡Es una gran bendición que él se haya sacrificado por nosotros! ¡Todos aquellos que hemos creído en él y le seguimos de todo corazón estamos muy agradecidos por su salvación!

Los padres normales son también un ejemplo de este tipo de servicio. Nos atendieron e hicieron todo por nosotros sus hijos cuando éramos bebés. Nos dieron de comer, nos limpiaron, nos vistieron, nos curaron, nos educaron, nos consolaron, etc. Ellos nos sirvieron y trabajaron para nosotros constantemente. Se sacrificaron y se sacrifican por nosotros. Es gracias a ellos que somos lo que somos y que hacemos lo que hacemos. (Foto: Mi padre y mi madre son un ejemplo de cómo servir al que lo necesita).

Tanto Jesús como nuestros padres nos han enseñado con su ejemplo a servir y ayudar a quienes no pueden valerse por sí mismos. Empero, nosotros muchas veces no somos concientes de esa enseñanza que nos están dando con sus vidas. Eso me ha ocurrido a mí. Tanto Jesucristo como mis padres me han estado enseñando sobre el servicio al débil, al desvalido, al necesitado y no me daba cuenta.

Todos los cristianos y todos quienes somos hijos estamos siendo enseñados y entrenados para servir a quienes lo necesitan. Se nos entrena porque esa va a ser nuestra vida si somos normales, sanos y adultos. Empezamos a servir así al tener a nuestros hijos. También cuando alguien de nuestra familia se enferma gravemente. Y, por último, cuando nuestros queridos y sacrificados padres envejecen.

Cuando Dios nos da el privilegio de servir, de cuidar, de ayudar y de trabajar por y para quienes no pueden valerse por sí mismos; encontremos ánimo, fuerzas y gozo en el ejemplo de Jesucristo y de nuestros padres. ¡Qué Dios nos ayude a servir de corazón y con gozo a quienes nos necesiten! Amén.

¡Mi mayor gozo hoy!

“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Juan 4).

El apóstol Juan escribió estas palabras refiriéndose al gozo que le generaba el ver a sus hijos espirituales andando fielmente en el camino de seguir a Jesucristo. Entiendo su gozo. Porque también me alegro muchísimo cuando veo que las personas a las que he enseñado el evangelio siguen fielmente a Jesús. Pero ahora estoy disfrutando un gozo muchísimo mayor.

La razón es la siguiente: Estoy viendo como mi hijo mayor está siguiendo a Cristo y sirviéndole. Mi alegría es muy grande. Él y yo estamos en México, sirviendo a Dios juntos. ¡Qué bendición más grande! Deseo de todo corazón que Dios siga obrando en él y haciéndole crecer en su vida para con Jesucristo y su obra de salvación en este mundo.

Les comparto sus palabras y el himno que mi hijo cantó en la IB de Ahuehuepan, en el Estado Guerrero, México. El himno que cantó se titula “Necesito tu presencia”, y sí, es cierto, nosotros necesitamos la presencia de Dios en nuestras vidas.

Gracias a Dios, su presencia es real y permanente, y todos los que creemos en Jesús en base a lo que dice la Biblia, sabemos que esta su presencia en un hecho cierto e innegable.

¡Gloria a Dios por esa Su presencia entre nosotros!