El árbol de la vida, un árbol ignorado hoy anhelado.

En el huerto que Dios hizo en Edén había gran variedad de árboles frutales. Sus frutos eran deliciosos a la vista y buenos para comer; se veían sabrosos y exquisitos. Y lo mejor, Adán y Eva eran libres de comerlos y alimentarse de ellos.

Adán y Eva veían “se deleitaban” y “se alimentaban” de los frutos de esos árboles. El autor inspirado no nos da ese hecho, lo presumo. No es posible que nuestros primeros padres hayan estado entre tanto árbol frutal sin haberse alimentado de ellos.

El autor inspirado destaca de entre todos estos árboles a dos árboles: El árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. ¿Por qué el escritor los separa, los remarca y los señala claramente?

Estos dos árboles son protagonistas en el relato bíblico.

En esta nota hablaré del primero de los dos árboles.

El árbol de la vida fue ignorado por Adán y Eva. Su fruto estaba a su alcance. Podían comerlo. Debían comerlo. Ese fruto no les estaba prohibido. Dios no les vedó ese árbol. Nuestros padres sí podían alimentarse del árbol de la vida. (Génesis 2:16).

¡El árbol de la vida y su fruto estaban disponibles!

Tristemente, Adán y Eva no comieron del de árbol de la vida. ¿Por qué no lo hicieron? Es probable que no lo hicieron porque estaban llenos de vida y porque tenían mucho para comer.

Después, cuando desobedecieron, cuando ya pecaron, Dios determinó que Adán y Eva no debían tener el árbol de la vida al alcance de su mano, para cogerlo y para comerlo (Génesis 3:22).

De acuerdo al testimonio del propio Dios, si Adán y Eva, ya caídos, comían del árbol de la vida vivirían para siempre. ¿Era malo eso en ese momento para ellos? Sí, seguro. ¿Por qué? Porque ellos hubieran perpetuado irremisiblemente su condición caída y desobediente.

Antes de la desobediencia, sí era bueno comer del fruto del árbol de la vida. Adán y Eva tenían el permiso de Dios y eran buenos, como toda la creación, por eso podían comerlo libremente. Su desobediencia quebrantó su bondad y la bondad de todo lo creado. Dios no quería que ellos perpetuasen su condición caída y por eso los alejó del árbol de la vida. ¿Cómo lo hizo? Los echó del huerto y colocó en su camino querubines y una espada encendida (Génesis 3:24).

El árbol de la vida entonces ya no es mencionado recurrentemente, “desaparece”.

Se menciona en Proverbios 3:13-18; 11:30; 13:12; 15:4, pero como símbolo de virtud o de un estado deseable.

El árbol de la vida aparece históricamente otra vez en el libro de Apocalipsis, el último libro de la Biblia, que narra la victoria definitiva de Jesucristo sobre el malo, los malos y el mal. Este árbol, que estuvo en el medio del huerto en Edén, ahora está en medio del paraíso de Dios (Apocalipsis 2:7), que es la Nueva Jerusalén, la ciudad eterna de Dios (Apocalipsis 22:2), que aparecerá al fin del mundo presente y al inicio del mundo eterno (Apocalipsis 21:1-4).

El árbol de la vida está al alcance de los redimidos y herederos del reino de Dios por la fe en Jesucristo (Apocalipsis 22:14). Dios alimentará a sus hijos con el fruto de ese árbol y dará sanidad con sus hojas a todos aquellos que por Jesucristo hayan llegado a vivir y gozar de él y de todos sus bienes por los siglos de los siglos (Apocalipsis 2:7; 22:2).

¡Qué Dios me ayude, te ayude y nos ayude a creer y a seguir a Jesús mientras estamos vivos para que Dios nos dé de comer del árbol de vida a su lado en la eternidad! Amén.

¡Los seres humanos son seres privilegiados!

El hombre y la mujer son privilegiados. Sus privilegios conllevan gran responsabilidad.

Los privilegios están relacionados con lo que Dios hizo con ellos: los creo a su imagen y semejanza, los formó con sus propias manos, les transmitió su vida, los hizo señores de sus criaturas y toda su creación, les dio un mundo hermoso, productivo y amplio para desarrollarse, y los hizo para tener comunión y compañerismo con él.

La responsabilidad del hombre y la mujer están implicadas en sus privilegios: Reflejan y representan a Dios, la creación depende de su administración, tienen que relacionarse con Dios en comunión perenne, y son responsables ante Dios por cómo viven y administran la creación.

Creo y admiro a los seres humanos porque creo y admiro a Dios, su creador. Los seres humanos y todo lo que han hecho, tanto para bien o para mal, son impresionantes.

La ciencia actual tiene un conocimiento distorsionado e indigno del ser humano. Se asume el desvarío de que la humanidad “proviene de alguna forma menos organizada de vida”, cuyos ancestros inmediatos serían los “homo sapiens” evolucionados al sur del río Zambese, al sur de Africa.

La ciencia actual cree locuras. Yo no. Yo creo que Dios hizo a la humanidad a su imagen y semejanza.

La historia y toda creación humana son evidencias de que el hombre y la mujer son creación de Dios. La humanidad es privilegiada y debe glorificar y agradecer a Dios por su buena voluntad para con ella.

Los cristianos debemos ser los primeros en glorificar y agradecer a Dios. En Jesús, y por la fe en él, nosotros recuperamos la imagen y semejanza de Dios.

¡Dios, ayúdanos a vivir glorificándote y agradeciéndote cada día que vivimos en esta tierra!